Fedra, en los infiernos

El Teatro Romano de Mérida acoge a Lydia Bosch en su regreso a los escenarios para protagonizar esta obra de José María del Castillo

Foto de Jero MoralesLleva encadenando el director y dramaturgo José María del Castillo obras protagonizadas por mujeres que, según la mitología, cayeron en desgracia y, sobre todo, que la historia las «trató» inconvenientemente. Detecta el autor agravios insoportables y, por eso, con su pluma, es capaz de enmendar tales desafueros. De hecho, puede que ya estén en su cabeza los próximos episodios de una larguísima lista, pues en sus textos se nombra a otras como Hécuba, Andrómaca o Briseida, por ejemplo, que deben ser resarcidas. Si en otros veranos pasaron por el Teatro Romano de Mérida Clitemnestra y Medusa, ahora le toca a Fedra.

Ya tuvimos una Fedra no hace mucho tiempo ideada por Paco Bezerra y comandada por Lolita. En aquella, los personajes todavía tenían una entidad, y el argumento, aunque modesto en su envergadura, poseía coherencia. Estos aspectos, sin embargo, no solo se deshilachan en la propuesta de Castillo, sino que, incluso, son torpedeados por escenas metateatrales, reiterativas y hasta humorísticas. Todo en pos de suavizar la tragedia, tal y como nos la transmitió la tradición a través, verbigracia, de Eurípides y, esencialmente, de Séneca.

El creador le ha concedido una segunda oportunidad a nuestra desdichada. Así ella lo reclama desde el inicio, cuando suplica a las Moiras que le permitan regresar al mundo de los vivos para resarcirse de su pecado. Un nuevo comienzo con el propósito de asirse a la templanza como sea. Cloto, Láquesis y Átropos surgen tras el árbol esquelético, que ha plantado Anna Tussell en su sencilla escenografía, encarnadas por Marta Calvó, Antonio Albella y Eva Diago, quienes proceden como el coro que resume el contexto. Bosquejan una atmósfera propicia para recrear esos infiernos, ese Hades, que se reparte por todo el espacio gracias a la iluminación repleta de tonos carmesíes diseñada por Florencio Ortiz. Asimismo, se refuerza el vestuario de Pier Paolo Álvaro y Roger Portal. Los diversos trajes que luce la protagonista la embellecen. Se percibe la influencia oriental, entendida esta en toda su amplitud, desde los cortes japoneses hasta los brillos bizantinos. Todo ello configura una mezcolanza histórica y una gama de colores ─desde el mostaza al azul, pasando por el imperante rojo─.

Podríamos pensar que a partir de ahí todo vuelve al principio; no obstante, no pasan ni quince minutos y ya la heroína se derrite ridículamente por los pectorales de su hijastro. Julio Peña, a quien hace poco observábamos en Cucaracha, aparece por las dependencias de palacio después de un entrenamiento con el torso descubierto. El actor se ajusta con inocencia a ese carácter inmaduro, de muchacho que disfruta cazando en el bosque mientras se enamora de Aricia, la princesa que Yaiza Marcos intenta desarrollar cuando recibe las pullas de esa madrastra. A pesar de pertenecer a una familia rival de Teseo, que este ha destrozado, ella está tan fascinada que su furia se ha difuminado. Y es que, claramente, como suele ocurrir con este tipo de espectáculos, ningún personaje puede ensombrecer a la gran protagonista, y menos si está interpretada por un rostro conocido, como el de Lydia Bosch, quien retorna a los escenarios tras varias décadas apartada de ellos. La artista encuentra momentos de gran enloquecimiento bastante verosímiles; aunque el cometido de este montaje sea demostrar que ella no estaba «loca», sino que «sentía demasiado». Exacerbación que, lo justifique el público o no, hemos de admitir como algo bueno e, incluso, excelente. Insisto, estas mujeres son para nuestro escritor magníficas, más allá de todo comportamiento. Siempre libres. Si bien, paradójicamente, el destino ─marcado por esas divinidades─ sea el responsable. Luego, la actriz se ve más dubitativa. Por un lado, cuando ansía defender su infidelidad ante su marido y, anteriormente, mientras baila, pues la coreografía bollywoodiense de Benjamín Leiva no le deja brillar. Es el momento de la fiesta, del banquete, donde Calvó, haciendo de Enone, la nodriza, tiene la posibilidad de manifestar mayor expresividad y consistencia dentro del plantel. Igualmente, Diago, como Anaxandra, una amiga, aporta un toque cómico cargado de afabilidad, además de cantar en las composiciones musicales de Alejandro Cruz Benavides, quien también le da ritmos mediterráneos e hindúes con la percusión.

Otro aspecto de peor encaje es que la hija de Minos muestre tan rápido su excitación que nos quedemos sin posible fábula. No tenemos que esperar a la seducción ni al equívoco. Así que hallamos en la función situaciones de relleno que trastocan la cadencia general. Por una parte, con distintas rupturas de la cuarta pared. Bosch, casi como ella misma, como una estrella de las pantallas que se acerca al respetable de la noche emeritense para solicitar un juicio menos severo por sus conductas. «¿Qué haría usted, señora, ante tamaño efebo?», afirma, de algún modo. Desde ahí es harto complicado asimilar un desgarro profundo y erotismo aceptable en esa pareja. Otra manera de alargar el asunto sin remisión sucede en el último acto, cuando la escena clave se repite en cuatro ocasiones, con variaciones mínimas, como en un juego de saltos temporales que termina por ser lioso y poco efectivo.

No olvidemos que aún nos queda fijarnos en Teseo. El gran militar, padre de Hipólito, el héroe fundador de Atenas, que, tras vencer al Minotauro, se casó con Fedra, con quien tuvo otros dos hijos. Debemos, entonces, cuestionar si el aún joven Alejandro Albarracín, atractivo, musculoso y encantador es la persona adecuada para asumir este rol. Creo, definitivamente, que no, si esperamos un contraste en este triángulo pasional. El amor maduro frente al arrebato juvenil. La falta de contrapesos dramáticos impide una elaboración convincente en esta tragedia.

Fedra, en los infiernos

Autoría: José María del Castillo

Dirección: José María del Castillo

Reparto: Lydia Bosch, Julio Peña, Alejandro Albarracín, Marta Calvó, Antonio Albella, Eva Diago y Yaiza Marcos

Ayudante de dirección: Aitana Chamorro

Diseño de escenografía: Anna Tusell

Diseño de vestuario: Pier Paolo Álvaro y Roger Portal

Diseño iluminación: Florencio Ortiz

Diseño de coreografías: Benjamín Leiva

Composición musical: Alejandro Cruz Benavides

Diseño de maquillaje y peluquería: Roberto Siguero

Coordinador técnico: Enrique Chueca

Imagen gráfica: María La Cartelera

Director de producción: Antonio Rincón-Cano

Jefatura de producción: Celia Faba Campomanes

Equipo de producción: Alba Martínez, Minerva Ríos Rojas, Josie Mendoza y Carlos Bravo

Producción ejecutiva: Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, La Raíz Producciones y Coribante Producciones

Agradecimiento a la Semana Santa de Lorca

Una coproducción del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, La Raíz Producciones y Coribante Producciones

Teatro Romano de Mérida

Hasta el 16 de agosto de 2026

Calificación: ⭐⭐

Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:

donar-con-paypal

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.