Julián Fuentes Reta se pone al frente de este drama de Sam Holcroft que se dirime entre lo humano y lo animal
La pregunta con la que intentan captar nuestra atención («¿la educación puede salvarnos pase lo que pase?») tiene una fácil respuesta: no. La educación no es la panacea y únicamente los ingenuos contestarían que sí. Si el objetivo de la educación es el desarrollo de la libertad de cada alumno, entonces dependerá de las elecciones de esos discentes en su madurez salvarse más o menos (entiendo que de una existencia profundamente insatisfactoria o de provocar un mal irreversible). Verdaderamente, el planteamiento de esta obra sigue los cauces estrechos de la mayoría de las distopías que pueblan la literatura y el cine. Las premisas angostan las resoluciones y obvian factores que después brotan en la realidad. Sam Holcroft presentó este texto en 2008 y creo que, según lo vamos observando en la representación, descubrimos que le falta hondura.
El ambiente del aula que contemplamos al principio contiene el grado de violencia extrema que choca con lo verosímil. Es decir, se produce una disonancia, pues sería inconcebible hasta en un reformatorio que no existiera una seguridad más acendrada. Los adolescentes irrumpen con mucha furia, pegando patadas a los pupitres y aprovechando sillas que no tengan el respaldo destrozado. Resulta atractivo que parezcan en alguna medida jóvenes corrientes de hoy en día, pero que se hayan embrutecido por alguna circunstancia (¿o siempre han sido así?). Al fin y al cabo, no dejan de hallarse en una situación de conflagración y expuestos al reclutamiento de los varones. También veremos cómo empiezan a escasear en las clases y cómo las féminas se quedan sin la posibilidad de tener un ligue. Este hecho las presiona para quitárselo unas a otras.
Cuando llega la profesora, Beth, interpretada por una Esther Acebo consistente en los primeros embates, no obstante, se deshilacha hacia la mitad, una vez que se sume en la melancolía al aceptar que su prometido se marcha a la Gran Guerra, todo cambia. El gesto de cambiarse, a diario, según termina su trabajo, las botas de estilo militar ─como el vestuario general que portan los alumnos y que nos induce a comprender el estado prebélico─ por unos zapatos de tacón es otra manera de insistir en la dicotomía tajante del montaje: humano-animal. Es un personaje que cede protagonismo excesivamente a los chavales. No resulta demasiado creíble que se enfrente físicamente a ellos ─la actriz es alta y atlética─. Tampoco se sostiene que no reciba más cobertura que comunicándose a través de un walkie talkie, máxime cuando nada parece frenarlos. Con ella asistimos a unas lecciones de Biología: rasgos sobre las teorías de Darwin, expresadas de un modo un tanto anticuado y básico, con las que se pretende establecer un paralelo con el contexto que están viviendo. O sea, cómo ellos deberán adaptarse al medio, cómo tendrán que convertirse, por ejemplo, en cucarachas para sobrevivir. La cultura no parece tener un papel preponderante en sus vidas, aunque estén en un centro de enseñanza.
Como suele ocurrir, además, en obras donde aparece un grupo de adolescentes en un instituto, las individualidades quedan matizadas por la energía del conjunto. Aquí apenas tenemos una muestra de seis muchachos. Durante una gran parte de la función se dedican a comportarse como salvajes, entre golpes e insultos, con disputas y actitudes propias de gente sin la más mínima asunción de las reglas. Inicialmente, es Lee quien pone en acción su rabia. Javier Amann logra demostrar control incluso en el desbarajuste. Porque una faceta que ha cuidado muy bien Julián Fuentes Reta es el enfrentamiento corporal, las inmovilizaciones, las estrangulaciones… Por otra parte, resulta sofocante la atmósfera tan macilenta que ha propiciado con la iluminación Ciru Cerdeiriña. También bestial se manifiesta Lucía Díez en el rol de Leah. Su agilidad, su rostro y ese empeño hiperactivo consiguen que destaque. Ambos forman una de esas parejas sometidas por el ritmo de la pasión desenfrenada y el odio repleto de celos. Estudiantes inseguros que requieren marcar territorio constantemente. La otra pareja la van configurando lentamente Danielle y Davey. Muchachos más apocados, inexpertos en ciertas lides sexuales. Nakarey toma su carácter con prudencia, escondiéndose tras una lámina de papel de plata; mientras que Julio Peña va ganando en confianza hasta que es llamado a filas. Más persuasiva parece Mmoma, la única que da la impresión de tomarse las clases con algo más de interés. Ella sufre puesto que sabe que tiene muy difícil encontrar novio entre tan pocos chicos. La interpreta Miriam Queba con una extrañeza creciente en su rictus. Cuando se pone a cantar como Shirley Bassey (dos veces es un exceso), nos habilita una escena donde la humanidad resurge en ese entorno de animalismo pertinaz.
La autora lleva tan al extremo su enfoque que apenas nos deja asidero para discurrir sobre aspectos políticos o sobre la identidad, aunque sea un esbozo, de esos chavales. Si nos fijamos, por ejemplo, en Escuadra hacia la muerte, de Alfonso Sastre, hallamos un aliento de humanismo que aquí nos falta.
Dirección: Julián Fuentes Reta
Dramaturgia: Sam Holcroft
Reparto: Esther Acebo / Hiba Abouk, Julio Peña, Lucía Díez, Míriam Queba, Nakarey y Javier Amann
Producción: Producciones En Crudo y La Manjoya Producciones
Producción asociada: Número Cero y Álvaro de Blas
Adaptación: Javier Amann
Ayudante de dirección: Álvaro de Blas
Diseño de escenografía: Ciru Cerdeiriña y Julián Fuentes Reta
Diseño de iluminación: Ciru Cerdeiriña
Diseño de vestuario: Sofía Nieto (Carmen17)
Diseño de espacio sonoro: Apolo Ruiz de la Hermosa
Canción Mmoma: (Where Do I Begin) Love Story de Shirley Bassey
Canción final: Spitting Off the Edge of the World de Yeah Yeah Yeahs
Diseño de imagen y cartel: Geraldine Leloutre
Comunicación y prensa: Adriana Lerena
Coordinación de producción: Tania Noriega
Diseñadora accesibilidad: Elena SV Flys
Proveedores accesibilidad: Teatro Accesible
Creación audiovisual: Álvaro Tierno y Gisela Benaiges
RRSS: Daria Yurchenko
Voz de Karen: Claudia Suárez
Ayudantes de producción: África Gamero, Romina Baldi y Lucía Canas
Construcción escenografía: La Caverna del Érebo y Juanjo Diaz Polo
Ambientación de vestuario: Carmen17 Ayudantes de vestuario: Fabiana Woolrich, Nora Kalovits, Patricia Lozano
Ayudante composición musical: Alan Almazán
Calzado del personaje de Beth cedido por cortesía de Chie Mihara
Con el apoyo del Área de Gobierno de Cultura, Turismo y Deporte del Ayuntamiento de Madrid
Con la colaboración especial de la Escuela Universitaria de Artes TAI
Con la participación de CreaSGR
Teatros del Canal (Madrid)
Hasta el 28 de junio de 2026
Calificación: ⭐⭐
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