Mundo obrero

Un viaje irónico para resituar en el tiempo a los trabajadores españoles desde la industrialización hasta el presente

Foto de Sergio Parra

A nadie puede llevar a engaño que Alberto San Juan haya escrito un itinerario muy particular, lógicamente sesgado y tendente a destacar ciertos acontecimientos de la lucha obrera y a obviar otros. Se dicen verdades como puños, y se encubren otras verdades dolorosas y contraproducentes a la causa. Pero el conocido actor posee una marcada y notoria ideología de izquierdas que es para él una ética y una estética. Y por eso, junto a otros en cooperativa, saca adelante el Teatro del Barrio; para ser altavoz, desde las tablas, de una visión política que hoy se empacha en la teoría y se ahoga en la práctica. Por lo tanto, aquí asistimos a un espectáculo coherente con unos presupuestos bien definidos desde hace tiempo. Un teatro-testimonio, propio del documental, donde cada personaje se presenta y nos orienta en la fecha; o sea que no es el contexto o la escenografía (bastante escueta y mínima; pero suficiente. Su responsable es Beatriz San Juan) la que nos pistas sobre el suceso. El hilo conductor de este montaje musical y cabaretero es la pareja conformada por Pilar y por Luis. Sus descendientes irán conformando una saga también de Pilares y de Luises. Al son del folclore se presentan, como los parias, como los «hijos de puta», un chico y una chica de diez años, procedentes de Extremadura y de Andalucía respectivamente, y que han ido a caer en la Escuela Libre de Barcelona que fundó Ferrer i Guardia. Iniciamos el viaje en 1909, año en el que fusilaron a este pedagogo. Un aspecto muy interesante de la función es que, al menos, en los primeros compases, toma la perspectiva de los anarquistas. De ahí la insistencia en la educación y en el desarrollo del pensamiento, en el coraje individual y en la solidaridad sin perder el estatus personal. Asimismo, por supuesto, la mujer, tan dueña de sí misma que es capaz de llevar la voz cantante con una integridad genuina y digna. Por eso, Pilar Gómez, quien ha tenido éxito fenomenal con su interpretación de Emilia Pardo Bazán, exprime aquí todo su gracejo, su agilidad primorosa, tan parajismera que solo hace que infundir entusiasmo. Su compañero, Luis Bermejo, vuelve a demostrar su vis cómica, en una plétora de papeles que imprimen matices cazurros, ingenuos, pánfilos e, incluso, bonachones. Luchadores ambos en un fulgurante recorrido por el siglo XX con parada en el presente, conversando con Durruti, escuchando de fondo las proclamas de José Antonio Primo de Rivera o las alocuciones por Radio Pirenaica de María Teresa León. Aparece un vídeo donde se patentizan los procederes de Fraga frente a la violencia policial. Ciertamente, por el periodo franquista se pasa raudo ―aunque se le quiere dar continuidad a toda la trama, lo cierto es que los saltos entre los diferentes escenarios históricos son un algo abruptos; por eso se echa en falta una cohesión mayor―. Así que es mejor concentrarse en cómo las luchas obreras de principio de siglo, cruentas muchas veces, se han transformado ―gracias a la magia de los poderes fácticos―, en una disolución. El trabajador, desintegrado, autónomo o asalariado, vive en soledad su penuria, afanándose por adaptarse al sistema. Con el paradójico estilo burgués y pijo de los que aparentan ser aquello que nunca serán. Y ese es el gran mérito del texto, enfrentarnos a un pasado de probidad, de rebeldía y de pundonor; mientras nos miramos en el espejo del hoy, con los ojos del estrés y las palpitaciones de ansiedad, con la lengua fuera e inermes, en una «sociedad líquida» que se nos escapa entre los dedos. La derrota del mundo obrero está siendo descomunal y aún queda la puntilla robótica. Por lo tanto, la obra contiene un meollo muy apreciable. Además, para regodearnos en el tema, Marta Calvó se inmiscuye en multitud de personajes, ya sea de cabaretera del Barrio Chino; ya sea como Simone Weil; ya sea de vecina farruca en una comunidad de vecinos. Por su parte, Alberto San Juan también se multiplica y lo hace con roles muy distintos, todos ellos interpretados con empaque; a veces con altivez y otras con esa sonrisa entre franca y embaucadora. Además, pone voz a las canciones escritas para la ocasión por Santiago Auserón ―otro de los detalles que apuntalan la propuesta―. Coplillas que narran el estado de la cuestión de forma bien sencilla y elocuente. El otro aspecto que imprime carácter a toda la historia es la ironía, que es la mejor forma de evidenciar el absurdo al que hemos llegado. Desde luego, las escenas finales son magníficas por su naturalidad; precisamente porque en las conversaciones corrientes nuestra última hecatombe bursátil se ha deglutido: la alienación es todo un rasgo definitorio. Todos ya urbanitas, modernos. Atrás, los años en que eran devueltos los «pueblerinos», cuando llegaban en tren a la capital. Atrás, el hambre y los edificios sin inodoro preparados para el derrumbe. Atrás, la construcción del barrio de Orcasitas a golpe de carreteras cortadas. Hoy, a la espera de que la chispa de la indignación vuelva a prender en los choznos de aquellos que no tuvieron más remedio que jugársela para ganar el necesario pan.

Mundo obrero

Texto y dirección: Alberto San Juan

Reparto: Luis Bermejo, Marta Calvó, Pilar Gómez y Alberto San Juan

Música: Santiago Auserón

Escenografía y vestuario: Beatriz San Juan

Iluminación: Raúl Baena

Composición musical: Santiago Auserón

Espacio sonoro: Adrián Foulkes

Movimiento escénico: Paloma Díaz

Fotografía: Sergio Parra

Ayudante de dirección: Ana Belén Santiago

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 4 de noviembre de 2018

Calificación: ♦♦♦

La pechuga de la sardina

Recuperan un texto coral de Lauro Olmo sobre las vivencias de unas mujeres en una casa de huéspedes

Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Nos adentramos en una pensión regentada por la señora Juana, una de aquellas casas de huéspedes con paredes de papel y oídos atentos en aquellos años sesenta españoles. El autor, Lauro Olmo, se centra pertinazmente en recrear un espacio que él mismo define como «asfixiante»; de hecho, no permite la entrada de elementos disuasorios o esperanzadores que permitan vislumbrar otras perspectivas más optimistas de esa España.

La pechuga de la sardina ofrece todo un catálogo de personajes, la mayoría de ellos estereotipados y faltos de recorrido. Una obra de apenas hora y media con tal cantidad de vidas en juego, no da para más que presentarlos; y estamos hablando del acontecer de las experiencias lentas de unas mujeres en un país retrasado. No se puede afirmar que haya una protagonista única, Juana, podría ser como aquella doña Rosa de La colmena, alguien que reparte juego y que regenta su pensión como una buena madre. María Garralón destaca en su interpretación, tan natural, tan vivaz y, a la sazón, tan profundamente sentida imponiendo un tono y un ritmo que no es continuado por el resto. Junto a ella, su sirvienta, la Cándida, que también coge el paso de María Garralón y que se expresa con el gracejo pertinente demostrando que es una actriz con arrestos. Su compañero de flirteo es un pillo vendedor de periódicos con el que Víctor Elías se luce. Sigue leyendo