La culpa

El último texto del norteamericano David Mamet es un breve ejercicio dramático con tintes religiosos y poco fuste

Foto de Sergio Parra

Debemos recordarnos permanentemente que el autor firmante de esta obra es el mismo que, entre las más recientes en nuestra escena, ha escrito Oleanna o Muñeca de porcelana. ¿Cómo es posible que un experto en trabar conflictos morales a través de diálogos absolutamente medidos en forma, fondo y ritmo haya cometido este desatino? La culpa, en inglés The Penitent (si se hubiera traducido literalmente, probablemente se hubiera afinado más con la intención; pero hubiera perdido gancho comercial. Acierto de Bernabé Rico. Buena versión, en general), apenas se resuelve en una hora y cinco minutos; un visto y no visto. Y precisamente, su brevedad es un lastre; porque las elipsis son excesivas y luego no queda más remedio que explicar lo que debería resultar patente en un desarrollo teatral lógico, donde se muestre la vivencia de esos personajes. David Mamet pretende unir, por un lado, el drama psicológico con el atisbo del thriller; y, por otra parte, interrelacionarlo con cuitas religiosas que se esbozan tan tímidamente, que no es posible considerarlo como un verdadero leitmotiv de la trama. Además, de ello, se intenta aderezar con ínfulas de proceso kafkiano y con acusaciones de homofobia. Entonces, con estos ingredientes, ¿qué falla? Insisto, falla el oxígeno, el vuelo del argumento y ese punto de desvelamiento casi palmario que nos evite la explicación de lo casi evidente. Sigue leyendo

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Addio del passato

Margarita Gautier se convierte en la cantante de su propia vida en esta versión teatral de La Traviata

Addio del passatoJulio Bravo ha acometido un valioso cambio de perspectiva y ha reconfigurado el papel de Margarita Gautier, aquella famosa cortesana protagonista de La dama de las camelias de Alejandro Dumas que después inspiraría a Francesco Maria Piave para escribir el libreto de La Traviata. Addio del passato recoge el espíritu del aria del mismo nombre de la susodicha ópera. Al igual que esta, se compone de tres actos más ese epílogo en el que se consuma el anunciado desenlace. No deja de ser un melodrama donde el amor de tintes románticos transcurre en la eufórica endeblez de un imposible. Margarita, encarnada por Lola Baldrich, con un punto persuasivo entre el encantamiento y el divismo, cae enamorada de Alfredo Duval de una forma un tanto inverosímil, quizás más motivada por el repudio hacia su amante Raúl que por las habilidades de ese timorato fan al que da vida Fran Calvo, quien en verdad se va creciendo interpretativamente hasta llegar a cierto tenebrismo una vez ha pasado por la patética desesperación del beodo. Que sepamos que la Gautier padece una enfermedad incurable ─quizás habría que retocar el texto en el momento en el que el médico revela el fatídico dictamen, se llega a escuchar algo así como… «¿son buenas noticias?», «me temo que no», «entonces son malas»─ no hace más que ver ese amor improbable como una situación agónica en la que los espectadores poseemos esa información privilegiada y nos compadecemos del pobre desdichado. Sigue leyendo

La fundación

Una de las obras más modernas del dramaturgo recreada en La Pensión de las Pulgas

La fundación - FotoUna de las obras que mejor ha resistido el paso de los años dentro de la bibliografía de Antonio Buero Vallejo es La fundación. Es un texto doble, una propuesta que posee dos grandes puntos de interés. Por un lado, la evasión mental como procedimiento interno para lograr la supervivencia en un caso extremo; y, por otro lado, la evasión física a través del ingenio, es decir, no perder la esperanza de alcanzar la libertad cuando las posibilidades son mínimas. La fundación es un envoltorio de casi ciencia-ficción creada por la imaginación de Tomás, un recluso condenado a muerte. Sus compañeros de celda lo acompañan en su paranoia con el fin de que no sufra ante la verdad. Ese juego de realidad-ficción dentro de la propia ficción es el mayor acierto del autor, gracias al uso de la elipsis, del encubrimiento. Y, por la misma razón, la pega más acusada es la concatenación de anagnórisis que se exponen al final de la primera parte. Tanta explicación rompe la magia del teatro. Quizás, Ruth Rubio debería haber enmendado al dramaturgo. Por qué descubrirle al protagonista y, a la sazón, a todo el público, la historia que le ha llevado hasta allí si él mismo va a ir recordando y asumiendo la situación. Cierto es que la tensión dramática vuelve a surgir en la segunda parte, desde una perspectiva más realista, cuando los prisioneros se afanan por buscar una solución. Todo ello nos recuerda inevitablemente a todos esos filmes carcelarios como La gran evasión o, la obra maestra, Un condenado a muerte se ha escapado, de Bresson. Sigue leyendo