El Teatro Romano de Mérida acoge a Lydia Bosch en su regreso a los escenarios para protagonizar esta obra de José María del Castillo
Lleva encadenando el director y dramaturgo José María del Castillo obras protagonizadas por mujeres que, según la mitología, cayeron en desgracia y, sobre todo, que la historia las «trató» inconvenientemente. Detecta el autor agravios insoportables y, por eso, con su pluma, es capaz de enmendar tales desafueros. De hecho, puede que ya estén en su cabeza los próximos episodios de una larguísima lista, pues en sus textos se nombra a otras como Hécuba, Andrómaca o Briseida, por ejemplo, que deben ser resarcidas. Si en otros veranos pasaron por el Teatro Romano de Mérida Clitemnestra y Medusa, ahora le toca a Fedra. Sigue leyendo
La pregunta con la que intentan captar nuestra atención («¿la educación puede salvarnos pase lo que pase?») tiene una fácil respuesta: no. La educación no es la panacea y únicamente los ingenuos contestarían que sí. Si el objetivo de la educación es el desarrollo de la libertad de cada alumno, entonces dependerá de las elecciones de esos discentes en su madurez salvarse más o menos (entiendo que de una existencia profundamente insatisfactoria o de provocar un mal irreversible). Verdaderamente, el planteamiento de esta obra sigue los cauces estrechos de la mayoría de las distopías que pueblan la literatura y el cine. Las premisas angostan las resoluciones y obvian factores que después brotan en la realidad. Sam Holcroft presentó este texto en 2008 y creo que, según lo vamos observando en la representación, descubrimos que le falta hondura.