Nando López humaniza la figura del héroe para elaborar una tragedia compleja en un espectáculo protagonizado por José Vicente Moirón

Con el planteamiento de Declan Donnellan a la hora de trasladar Medea al espacio vacío hace unos meses en los Teatros del Canal, volvimos a replantearnos el mito de la hechicera. Todo el foco estaba en ella, sin embargo, Nando López ha tenido el acierto y la originalidad de profundizar en Jasón. Y lo ha ejecutado desde un punto de vista tanto sicológico como experiencial, como una forma de situarse frente al espejo y detallar cómo el destino determinó su desenlace agónico. De esta manera, alcanzamos la parte en la que aquellos pobres niños ya han sido asesinados por su madre. El descenso al Hades de nuestro héroe es el acontecimiento más persuasivo conceptualmente, precisamente porque su vulnerabilidad y su desesperación se imbrican para mostrarnos a un padre que ansía recuperar a sus vástagos recurriendo al procedimiento fallido que habían utilizado Orfeo ─interpretado con espontaneidad por José F. Ramos─ y Pólux, con un Alberto Lucero enérgico.
Hasta llegar a ese momento hemos tenido la oportunidad de «repasar» el argumento consabido que hallamos esencialmente en las tragedias de Eurípides y de Séneca. Carmen Mayordomo encarna a la vengadora maga con soberana intensidad, mientras despliega su insolencia entre quejas por los agravios que ha cometido contra ella su pareja. La discusión entre ellos permite a Jasón ofrecernos una modulación generosa, pues es capaz de rebajar su fuerza con tal de convencer a la nieta de Helios de que, si va a contraer matrimonio con Creúsa, la hija de Creonte ─tomada con demasiada candidez por Lucía Fuengallego─ es por una cuestión estratégica: medrar en Corinto, donde viven hace diez años. El retrato del rey es, quizás, el que menos me encaja. Gabriel Moreno desarrolla estereotípicamente su papel y, además, su vestimenta, tan actualizada, desentona respecto de los ropajes del resto, los cuales, según ha elegido Rafael Garrigós, brindan un colorido diverso, con azules y con granates, que posibilitan un trabajo lumínico de Carlos Cremades muy destacable.
Por otra parte, la presencia de las Furias, o Erinias (término más adecuado en la mitología griega), no termina de funcionar. Antonio C. Guijosa ha realizado una labor muy consistente en el aprovechamiento del espacio y del ritmo que le imprime al proyecto, pero cuando aparecen ─y lo hacen mucho─ estas divinidades justicieras, ataviadas con máscaras que remiten al carnero, es decir, al Vellocino de Oro, sobre el que volveremos a tener noticia, resultan poco significativas. Creo que es un coro al que le falta potencia tanto en lo físico como en el discurso. No se percibe bastante la insidia pavorosa que deberían manifestar. Sería necesario, en este sentido, propiciar un terror, una angustia superior. Asimismo, los recovecos que va habilitando la atractiva escenografía de Mónica Teijeiro, cuando se desplazan algunas de las piezas del barco, del Argo, podrían definir un movimiento más sorpresivo y escurridizo.
De todas formas, quien lleva el peso del espectáculo con gran poderío del espectáculo es José Vicente Morión. Ya demostró su entrega en Tito Andrónico, el anterior montaje que presentó Teatro del Noctámbulo en el Festival de Mérida en 2021. Aquí el actor pergeña un itinerario personal repleto de trampas y de cargos de conciencia. El héroe es capaz de destilar su egoísmo y plasmar un esfuerzo inane por sus hijos. Al final, el dramaturgo consigue redondear su figura a través de una combinación sutil de virtudes y de vicios, que lo hacen muy moderno, y, por lo tanto, más apreciado por el espectador contemporáneo. Y es que, si nos fijamos en Las argonáuticas de Apolonio de Rodas, el personaje no llega a redondearse del todo. Por lo tanto, la violencia que surge frente a Medea, con esas ganas de asfixiarla, se contrapone a la tristeza que genera la impotencia de no volver a disfrutar de la compañía de esos chiquillos aniquilados.
Puede que, entre los saltos temporales, con las prolepsis y las analepsis, algunos temas y eventos se repitan; aunque otros aspectos, como el diálogo entre la madre, Alcímede (con una Camila Almeda muy seria), y el aventurero, cuando tuvo que enviar al muchacho con el centauro Quirón para que lo educara y lo protegiera del aciago vaticinio, resultan convincentes. En cualquier caso, la trama está lo suficientemente cohesionada como para que el relato posea gran interés.
Autor: Nando López
Dirección: Antonio C. Guijosa
Reparto: José Vicente Moirón, Carmen Mayordomo, Gabriel Moreno, José F. Ramos, Alberto Lucero, Lucía Fuengallego y Camila Almeda
Ayudante de dirección: Manuel De Durán
Diseño de escenografía: Mónica Teijeiro
Diseño de iluminación: Carlos Cremades
Diseño de vestuario: Rafael Garrigós
Diseño de caracterización: Juan Gragera
Diseño de espacio sonoro: Antonio C. Guijosa y Manuel de Durán
Audiovisuales: Manuel de Durán
Realización de escenografía: Carpintería El Molino
Realización de vestuario: Isabel Trinidad Galán
Realización de máscaras: Javier Herrera
Realización de marionetas: Luisa Santos
Técnico de iluminación: Jorge Rubio
Técnico de sonido: Andrés Rodríguez Serrano / Rubén Hormigo
Fotografía: Diego J. Casillas
Distribución: MBdISTRIBUCIÓN
Ayudantes de producción: Lucía Rodrigues y Laura Solís
Producción ejecutiva: Isabel Montesinos
Una producción del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Teatro del Noctámbulo
Teatro Bellas Artes (Madrid)
Hasta el 5 de julio de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐
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