Nao d’amores convierte esta pieza de Valle-Inclán en todo un artilugio satírico representado con virtuosismo

Las ilustraciones que mejor favorecen el imaginario de nuestra Reina de los Tristes Destinos se plasman en el álbum Los Borbones en pelota, que falsamente se les adjudicó a los hermanos Bécquer. Cuando en el tapiz observamos cómo vienen elaborados a través de la papiroflexia y el ingenio unos gorros a partir de periódicos satíricos, entre ellos Gil Blas, conectamos con el ambiente de putrefacción antes de la revolución de 1868. El mismo Valle, en 1920, cuando publicó esta Farsa en La Pluma contemplaba cómo se las gastaba Alfonso XIII (recordemos la parodia que nos entregó el Club Caníbal en el Teatro María Guerrero). Sigue leyendo

La garantía que tenemos los acérrimos espectadores de Nao d´amores es que cualquier montaje ofrecerá una factura impecable; aunque el contenido no llegué a satisfacer del todo, como ocurre en este caso, con un Calderón poco sondeado y que brinda un lenguaje tímidamente más claro, menos sentencioso. El castillo de Lindabridis se debió de estrenar en torno a 1661, estaba escrita para la familia real. Es una de esas comedias novelescas que escribió el autor español. En este caso se apoyó en la obra El espejo de príncipes y caballeros, de Diego Ortúñez de Calahorra. Lo cierto es que, más allá de admirar el genio y la apostura de su heroína, poco se saca de un enredo trillado en el asunto de caballería. 
Apenas se ha representado esta tragedia histórica de Calderón de la Barca —una propuesta de la RESAD, donde participó David Boceta, y nada más que se sepa—, que la Compañía Nacional de Teatro Clásico, con esta hornada de jóvenes repescados de diferentes de distintas promociones —reconozcamos que la coyuntura hace de esta idea algo muy conveniente y con sentido—, pretende entroncar el tema romano que vertebra, de algún modo, la temporada (


