La comedia de maravillas

Un homenaje a los sainetes de Ramón de la Cruz que los jóvenes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico alientan con gracia

Foto de Sergio Parra

Parece que la realidad cultural en esta hecatombe que estamos viviendo y que tanta zozobra sobre el futuro produce, no evita que los vasos comunicantes sigan estableciendo lazos fértiles. Lo digo, porque el exitoso y pertinente libro de Andrés Trapiello, Madrid, conjuga excelentemente con La comedia de maravillas. El casticismo se resiste a la impostura y al artificio de las franquicias fast food y la ciudad rezuma consistencia popular todavía. Bullanguero, zarzuelero y embarullado, en muchos momentos, demasiado. Si ya de por sí un sainete es un pim pam pum, un clamor de voces callejeras, unas zarandajas de germanías, unas imposturas aviesas y un espolón para el paseo de tipos enterruñados, manolos unos, chulapas otras, entre el mogollón y la Movida madrileña, las costumbres se amalgaman en una verbena de quita y pon. ¡Jo, macho! Cómo entran y salen las majas y los petimetres, los majos y las señoras de postín. Feria de unas vanidades ramplonas que no dan ni para un café de recuelo. Con el lenguaje arrastrado en la boca: «tunerías y gatadas», «pepla»,… Ha hilado con mucha habilidad Llüisa Cunillé varios sainetes, como El entierro de la compañía, La competencia de graciosos, El teatro por dentro y La comedia de maravillas, que da título al montaje completo. Identificar unos y otros es harto difícil, descubrir un argumento sostenible tampoco parece empresa fácil; porque la cuestión radica más en el diálogo vivaracho de esas gentes que nos parecen disfrazadas: deambulan ante nosotros con un vestuario diseñado con mucho ingenio por Elisa Sanz y Pier Paolo Álvaro. Individuos que se cuelgan faldas entalladas, mantones de Manila, gorras, camisas con chorreras; pero también indumentarias que nos hacen pensar en canis de extrarradio actuales. O, incluso, el minimalismo de unos abrigos negros para el luto (véase la elegancia que destila, por ejemplo, Ariana Martínez). Una mezcla sagaz que funde caracteres de varios siglos para unas calles matritenses que aún mantienen cierto espíritu de antaño, como ocurre en La Latina, en El Rastro, y en otros lugares donde el madrileñanismo despliega su idiosincrasia, confluencia de las gentes de todos los lugares. Toma este espectáculo la temática del teatro en sí, que no es propiamente la más habitual en don Ramón; pero que vale igual para propiciar los encuentros antagónicos y furtivos. En la oscuridad de las callejuelas, varios muchachos pretenden a Polonia, unos cantan y otros descuellan con sus ínfulas. Hasta que tenemos noticia de que se «ha muerto» una compañía de teatro, la de Eusebio Ribera. Así se procede al «entierro» metafórico de ese grupo teatral caído en desgracia. De la sátira se pasa de nuevo al jolgorio; pues parece que «renace» la compañía, y, por lo tanto, el teatro. Nuevas ilusiones, nuevas andanzas; porque la creatividad sigue viva. Es entonces cuando se prepara la obra dentro de la obra. Puesto que Mike Arostegui, encarnando a Chinica, como inspirado fulgurantemente por la Musa o el Duende, afirma con arrojo y donosura: «Voy a componer un aria». Carlos Pérez Claudio, sentado al piano, va interpretando diferentes temas cuando se cantan las tonadillas que trufan la función. La atmósfera de improvisación está realmente lograda y se compacta con el movimiento del elenco. Ciertamente, unos diez minutos antes de que finalice el espectáculo, se alcanza un punto de leve sosiego que resulta de lo mejor hilvanado, cuando va a llegar la susodicha obra que reviva al teatro. Diálogos que plasman batallas de clases sociales en las sillas, representación inequívoca de cómo era en el siglo XVIII una platea, con sus mezclas improvisadas de paisanos y de paisanas. Es el momento en el que Pablo Béjar, uno de los actores más sobresalientes del reparto, más chulo que un ocho, con sonrisa de medio lao y que esputa: «Síentate, no gastes flema / que embarazamos medio». Laura Romero, que es la maja, saca genio barriobajero, para hacerse notar. Allí, están acodados con ellos, la Marquesa, una Georgina de Yebra que sabe remarcar las frases. Ronda por allá Alonso, con Samuel Viyuela González atizando con la caricatura grotesca. Todos esperan para ver la «comedia casera» que ponen en casa de la Tía Pepa. Y esta es Carolina Rubio (antes se había metido en el papel de Polonia), otra de las actrices destacadas, que saben caricaturizar con gracia natural, tanto por esa voz tan característica como por esos aires conjugación de Gracita Morales con Lina Morgan. En conjunto, se aprecia un enorme esfuerzo por parte de Xavier Albertí para dotar a la propuesta de empaque suficiente como para que tenga entidad y supere el consabido estereotipo del sainete. La dirección de Lluís Homar es precisa, en cuando que logra coordinar con dominio del tempo la cantidad de salidas y de entradas de los distintos personajes.

La comedia de maravillas

Autores: Ramón de la Cruz y Lluïsa Cunillé

Director: Lluís Homar

Dramaturgista: Xavier Albertí

Reparto: David Soto Giganto, Pablo Béjar, María Besant, Ariana Martínez, Mikel Arostegui, Ignacio Jiménez, Georgina de Yebra, Samuel Viyuela González, Laura Romero, Miguel Ángel Amor, Carolina Rubio, Raquel Varela y Carlos Pérez Claudio

Dirección adjunta: Óscar Valsecchi

Escenografía: Elisa Sanz

Iluminación: Pedro Yagüe

Vestuario: Elisa Sanz, Pier Paolo Álvaro

Maestro de la palabra: Vicente Fuentes

Selección musical y arreglos: Xavier Albertí

Teatro de la Comedia (Madrid)

Hasta el 14 de febrero de 2021

Calificación: ♦♦♦

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