La película de Berlanga se traslada al Teatro Español atravesada por la astracanada con una dirección de Juan Echanove magnífica

Juan Echanove se ha enfrascado en diversos proyectos teatrales en los últimos tiempos, y algunos de ellos poseían una carga política evidente. Desde una parte más seria y trágica podemos recordar La fiesta del chivo, pero desde un lado más cómico también tenemos Ser o no ser. Ahora contaba con la oportunidad de que las tropelías de los mandamases de antaño reverberasen con la insoportable actualidad de nuestros dueños y señores. No obstante, ha optado por conceder a Bernardo Sánchez Salas la autoría de la adaptación. Este es un conocedor y estudioso de Rafael Azcona y yo pienso que, en gran medida, lo ha traicionado. Aquí se ha impuesto la lupa de la astracanada y varios de los personajes que en la película ofrecían un hálito de sensatez aquí se lanzan por el desvarío. Es decir, apenas contamos con individuos que sostengan con su «normalidad» a esos otros que están para que la sátira ejerza su poder caricaturizador. La escopeta nacional, a diferencia, por ejemplo, de Amanece, que no es poco, que nos destina a un espacio de fantasía e invención absurda, trabaja a partir de la circunstancia de que durante siglos las cacerías han supuesto el evento idóneo para trabar complicidades, realizar negocios y profundizar en ese compadreo que, a la postre, termina en el endiosamiento de algunos y en las corrupciones demostradas de los perdedores. Hoy uno sospecha que esto ocurre en el palco del Bernabéu, aunque igualmente pasa en otros lares.
En cualquier caso, si perdemos mucho con las posibles derivaciones y paralelos con nuestro presente, desde luego ganamos en espectacularidad, pues el ritmo es absolutamente extraordinario y no deja ni un solo cabo sin enhebrar. La producción es grandiosa y se ha puesto mucha carne en el asador para arrastrarnos durante dos horas a través de situaciones estrafalarias con seres que descuellan con insensateces más desopilantes a cada paso. Verdaderamente poco campo para una cacería observaremos, ya que se ha recluido a estos «cazadores» en una mansión que ha ideado con fuerte impronta aristocratizante Isi Ponce. Este hecho, más allá de que sea atractiva la verticalidad que le ha imprimido, tanto con la sugerente vitrina con los botecitos, como con el gran ventanal que nos destina al chamizo del heredero, supone restar apariencia campestre y dotarle de una pátina más estilizada al panorama general. Esto también lo observamos en el vestuario de Tania Tajadura, quien otorga más limpieza y elegancia a los distintos intervinientes. Además de que potencia el erotismo en prendas mucho más arriesgadas como la que porta esa aspirante a estrella de cine patria, Vera del Bosque, con quien Elisa Matilla tiene la ocasión de infundir libidinosidad al montaje. Nos recuerda aquellos años del destape que parecen tan olvidados. Porque, de hecho, en esta adaptación, la parte del entramado propiamente político difumina a personajes como el de don Álvaro, el ministro, encarnado por un Patxi Freytez un tanto descafeinado, quien está enamorado de la artista. Tampoco destaca demasiado el Cerrillo de David Pinilla, quien debiera tener más impulso para conducir a nuestro máximo protagonista. Parecido sucede con el ganador de una cartera ministerial, López Carrión, que Javier Mora brinda su apostura, pero sin fuste. Mientras que la veta sexual, en esa demostración de la hipocresía tan acendrada en la estela de la moral nacionalcatólica, queda estupendamente escenificada no solo por las grandes fotografías de mujeres desnudas que trufan el decorado, sino por uno de los aspectos más originales de esta obra. Hemos de suponer que los estragos de la represión se trasladan a los hijos para que estos respondan con neurosis. Bajo esta premisa conocemos al marqués de Leguineche, que interpreta con irritante rictus Enrique Viana y que, aunque está avejentado, resulta bastante caricaturesco (el cineasta, el príncipe Korchovsky que toma Ángel Burgos, le da réplica en propulsión estrafalaria y amanerada). Uno de esos nobles venidos a menos que auspician estas actividades cinegéticas que ellos no sufragan. Lo interesante es saber de su fetichista afición, que consiste en coleccionar vello púbico de todas las damas y damiselas que accedan al recorte. Por su lado, el vástago, el tal Luis José, es un hombre consumido por su lubricidad y ansía acostarse eternamente con esa actriz en ciernes. Creo que no se terminan de exprimir las habilidades cómicas de Javi Coll y este se presenta algo timorato.
Desde luego, quienes aportan un histrionismo fenomenal son Luisa Martín y Pedro Mari Sánchez. Ella como Chus, la mujer del lúbrico delfín, quien grita con la escopeta entre los brazos y con su parche en el ojo (producto de un perdigonazo), como un Millán Astray en femenino perdiendo a cada paso los papeles ante tanta estulticia. Él como padre Calvo, auténtico ejemplo de esos curas anticonciliares con la espuma en la boca y el cinismo por bandera. En otro extremo, me parece que ofrece un equilibrio y un contraste estupendos el rol que desempeña Chema Ruiz con Alsina, ese constructor que expone todo un discurso definitorio en la cena, cuando plantea recalificar la Casa de Campo.
No obstante, quien cautiva nuestra atención y quien nos arrastra a través de una jornada repleta de absurdo es Jaume Canivell, el empresario catalán responsable de la modernización de España a través del portero automático, un señor algo provinciano y sin demasiado mundo, que Pere Ponce encarna con las dosis justas de ingenuidad, mientras acepta que lo están toreando como si fuera un personaje de Mihura o de Jardiel Poncela. Junto a él está su secretaria-amante, Mercè, la mejor creación del adaptador y el carácter que encaja formidablemente en la estética renovada que se intenta representar. Marta Ribera engola su voz y canta primorosamente en el desenlace para cerrar el vodevil. La actriz se maneja con versatilidad y una ágil disposición. Inteligente, sagaz y hasta abierta de mente para la época, pues admite que le tomen una muestra de su boscosa intimidad.
Si a todo esto le ponemos una música espléndida compuesta por Ángel Galán (pianista), con toques de jazz y de rock and roll, con unos intérpretes vivaces (Salva Duyat y José Ramón Arredondo) como está ocurriendo últimamente con los montajes en el Español, entonces realmente tenemos una propuesta de gran nivel espectacular, pero que lamina el sarcasmo que se intuye en el film de Berlanga.
Autor: Rafael Azcona y Luis García-Berlanga
Dirección: Juan Echanove
Adaptación: Bernardo Sánchez Salas
Reparto: José Ramón Arredondo, Chusa Barbero, Ángel Burgos, José: Javi Coll, Salva Duyat, Patxi Freytez, Ángel Galán, Elisa Matilla, Luisa Martín, Javier Mora, Verónica Morejón, Manuel Pico, David Pinilla, Pere Ponce, Marta Ribera, Chema Ruiz, Pedro Mari Sánchez, Enrique Viana y Eugenio Villota
Escenografía: Isi Ponce
Vestuario: Tania Tajadura
Iluminación: Miguel Ángel Camacho
Composición musical: Ángel Galán
Caracterización: Paloma Pérez Schmunk
Ayudante de dirección: Jorge Torres
Ayudante de escenografía y atrezo: Toni Gelabert
Ayudante de vestuario: Andrea Marín
Asistente de escenografía y atrezzo: Amalia Elorza
Asistente artístico: Victoria Mendizábal
Residente de ayudantía de dirección: Giulia de Crescenzo
Producción: Teatro Español
Teatro Español (Madrid)
Hasta el 26 de julio de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐
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