El Brujo regresa a Alcalá de Henares para interpretar al insigne pícaro en una representación actualizada y seductora
Rafael Álvarez, El Brujo, estrenó este montaje el 26 de abril de 1990 en la misma ciudad de Alcalá de Henares (de aquí data una de las primeras ediciones del libro) a la que ahora regresa. En esta ocasión, el espacio elegido es más que idóneo: el Patio Santo Tomás de Villanueva. Esto ha permitido una ambientación que conjuga la traslación a un entorno que, a pesar de construirse en el siglo XVII, posee la influencia del estilo herreriano, con lo que encaja adecuadamente con la época a la que se nos remite. Por otro lado, la intemperie le da mayor lógica a nuestro protagonista callejero. A su vez, la iluminación juega un papel notable al modular entre azules, rojos y ámbares una escenografía harto sencilla. A diferencia de lo que ocurre con los espectáculos de El Brujo, generalmente en teatros a la italiana, donde poco destaca su aspecto visual, aquí la factura ha sido superior.
Regresar a El Lazarillo es una manera de comprobar cómo en esencia el artista sigue en su empeño por ser el gran bululú de nuestro tiempo y en demostrarnos que puede ofrecernos una versión del texto que pergeñara Fernán Gómez repleta de contemporaneidad. Aunque convendría señalar que la estructura es un tanto desigual. Principalmente porque de los siete tratados que componen la historia apenas se ocupa intensamente de los dos primeros. Es decir, del episodio célebre con el ciego y del siguiente con el clérigo de Maqueda. Sin embargo, nos entrega todos los detalles biográficos que se explicitan en las páginas iniciales sobre su padre, su madre, su padrastro y ese «negrito» que colocó en su humilde hogar. Para luego dar un salto hacia la parte final y relatarnos la suerte definitiva de nuestro buscavidas como pregonero y cornudo.
Aceptaremos que el público tendrá más o menos leída la novela y que podrá seguir la trama principal; pero nuestro intérprete es capaz de incursionar en niveles muy dispares de entendimiento. Esa es su extraordinaria habilidad y por eso cautiva cómicamente al espectador. Podrá ironizar con el hideputa de antaño y el «me gusta la fruta» actual, para después zurrar a los políticos de todos los signos en profunda conexión con la picaresca. En la narración tendríamos uno de los grandes testimonios sobre meter la mano en la hucha. Si por ahí discurre en la vulgaridad de nuestra sociedad, también nos ilustrará, por ejemplo, acerca de los erasmistas, entre los que, sin duda, se encontraba el anónimo autor, quien, según Rosa Navarro, es Alfonso de Valdés.
También es cierto que, si nos fijamos en aquella representación que realizó en 1992 en el Teatro María Guerrero, Rafael Álvarez ha abandonado un poco más a al niño famélico para remarcar esa máscara que se ha tatuado desde hace ya decenios para bufonear y departir con los asistentes, y traer motivos de aquí y de allá como, en esta ocasión, atribularse por el rostro del Cardenal Cisneros tras contemplarlo en un lienzo en un despacho reconvertido en camerino. O para vacilar al técnico de luces o para plantarnos un entremés configurado con una interesante colección de anécdotas sobre sus actuaciones en otros lares. Algo de verdad seguro que contienen, aunque ya sabemos que su referencia a lo sucedido en otras plazas es uno de sus trucos de falsa espontaneidad. Espontáneo es, en cualquier caso, y ágil, mucho, para recordarnos uno de los temas fundamentales del libro: el hambre. El pobre Lázaro únicamente piensa en comer y en aguzar el ingenio para birlarles a sus amos uvas, vino y bollos, o una longaniza, o lo que se tercie. Más floja es la incisión sobre otro de los temas nucleares: el anticlericalismo. Aquello de las «cosillas» sobre el fraile de la Merced queda muy de pasada y se obvia al buldero. Tendremos bastante con que se nos especifique que nuestro muchacho terminó emparejado con una barragana, o sea, la mujer ilegítima del arcipreste de San Salvador.
Ahora Rafael Álvarez, El Brujo, reconfigura sus propuestas para brindar al respetable ese modo tan genuino que ha elaborado; pero también a costa de aminorar la carga propiamente dramática y literaria de textos como el que aquí nos compete.
Versión: Fernando Fernán Gómez
Director: Rafael Álvarez
Reparto: Rafael Álvarez, El Brujo
Iluminación: Gerardo Malla
Vestuario: Lola La Moda
Espacio Sonoro: Javier Alejano
Caracterización: José Antonio Sánchez
Producción: Producciones El Brujo
Directora de producción: Herminia Pascual
Ayudante de producción: Ana Gardeta
Jefe técnico: Oskar Adiego
Estudio de grabación: Track, S.A.
Fotografía: Muel de Dios
Comunicación online: Xatcom
Asesoría jurídica y fiscal: Verneuil & Asoc.
Distribución: Gestión y Producción Bakty, S.L.
Festival Hispanoamericano del Siglo de Oro – Clásicos en Alcalá
Patio Santo Tomás de Villanueva (Alcalá de Henares)
Hasta el 28 de junio de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐
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