La escopeta nacional

La película de Berlanga se traslada al Teatro Español atravesada por la astracanada con una dirección de Juan Echanove magnífica

Foto de Javier Naval

Juan Echanove se ha enfrascado en diversos proyectos teatrales en los últimos tiempos, y algunos de ellos poseían una carga política evidente. Desde una parte más seria y trágica podemos recordar La fiesta del chivo, pero desde un lado más cómico también tenemos Ser o no ser. Ahora contaba con la oportunidad de que las tropelías de los mandamases de antaño reverberasen con la insoportable actualidad de nuestros dueños y señores. No obstante, ha optado por conceder a Bernardo Sánchez Salas la autoría de la adaptación. Este es un conocedor y estudioso de Rafael Azcona y yo pienso que, en gran medida, lo ha traicionado. Aquí se ha impuesto la lupa de la astracanada y varios de los personajes que en la película ofrecían un hálito de sensatez aquí se lanzan por el desvarío. Sigue leyendo

Ser o no ser

La película de Ernest Lubitsch, estrenada en 1942, salta al Teatro La Latina para lanzarnos una farsa contra la invasión nazi. El actual contexto bélico en Ucrania nos hace observarla desde otra perspectiva

Ser o no ser - Foto de Sergio Parra
Foto de Sergio Parra

Todo un atrevimiento es llevar a la escena una obra tan célebre como esta de Ernest Lubitsch. Principalmente porque el film logra establecer una fina línea entre la alta comedia, el vodevil, el metateatro, la sátira política (en aquel 1942, a muchos críticos no les pareció oportuna esta comedia) y esa mascarada general que debe propiciar el descubrimiento de verdades tan incómodas como absurdas. Con todo ello, Juan Echanove ha considerado que podría lograr un montaje satisfactorio y, en gran medida, lo ha logrado; a pesar del ritmo. Puesto que la función, tanto en el preámbulo como en el último acto, después de un brevísimo descanso algo molesto debido a cuestiones técnicas, se hace lenta. Esto lo percibimos en las múltiples idas y venidas, entre el cuartel de la Gestapo y el teatro de los Tura. Lo que implica cambios de espacio que se suceden en el desenlace que, si bien resultan graciosos, se resisten a una conclusión menos cargante. Además, se fuerza el colofón de una manera excesivamente puntillista y que viene reforzada por la propia repetición del famoso monólogo shakesperiano. Por lo tanto, se echa en falta en la versión de Bernardo Sánchez una mayor concisión. No puede ser que la obra de teatro dure casi media hora más que la película, por mucho que sean lenguajes distintos. Seguramente, haya sobredimensionado un espectáculo para el que no se cuenta con una producción suficiente. En cualquier caso, continúa siendo atrayente ese paralelo farsesco entre la teatralización del nazismo (con toda esa amalgama de saludos esperpénticos y su simbología totalitaria) y el oficio de unos cómicos polacos llevando esa nueva estética a la ficción. Sigue leyendo