Lucía Miranda satiriza nuestra historia con los filipinos en un espectáculo difuso en el Teatro Valle-Inclán

Después de que hace unas pocas semanas Lucía Trentini abordara su condición de Perra cimarrona y nos recordara las diversas atrocidades cometidas sobre mujeres indígenas en distintos países hispanoamericanos, e insistiera, además, en que hubo un tiempo en que existían los zoos humanos, llega otra Lucía, Miranda, para poner su perspectiva en Filipinas. También nos demostrará en 1887 que hubo un «asentamiento antropológico» en El Retiro con filipinos dentro.
La creadora tiene en su haber diferentes proyectos sustentados en el verbatim (Casa, por ejemplo), ese método objetivista por el cual se exponen testimonios sin más intervención. A mí me echa para atrás la explicación metateatral de quién dice qué. Por otra parte, el usual didactismo de la directora asimismo me resulta cargante. Aquí se combina la técnica con una serie de sketches para organizar una sátira y hasta un sainete. Algunos están más logrados que otros, como veremos, pero, ante todo, se perciben unos sesgos ya habituales. Primero porque la leyenda negra campa a sus anchas de nuevo. Nada bueno parece que haya quedado en el archipiélago de la presencia española. Y, como siempre, las referencias a Estados Unidos y su papel en la guerra de independencia son mínimas. Segundo porque las féminas salen, en general, bastante mejor representadas que los varones. Todavía sigo pensando en el sentido paródico de escuchar a una tuna enteramente femenina con el pelo azul cantar «Clavelitos». Quizás algunas letras debieran adaptarse. En cualquier caso, ahí tenemos a las monjas comandadas por Sor Jerónima de la Asunción (1555–1630), que interpreta con espontánea comicidad Belén Ponce de León para continuar con la «noble» y «forzosa» evangelización de los orientales. No me los imagino renunciando a su catolicismo, a pesar de ser un tanto kitsch, para regresar al indigenismo precolonial (sea esto lo que sea). Ella misma hará de la Matria, que tiene cáncer (con este término tan duro caracterizaba el escritor José Rizal el colonialismo social). Además de ello adoptará la voz de algunas de las mujeres entrevistadas para la creación de la obra, como una que se convirtió en una segunda madre de un niño filipino. Este será Laurence Aliganga, un magnífico músico que se mantiene esencialmente frente al piano.
El desparrame que observamos no favorece la comprensión de un proceso histórico tan largo y complejo. Falta ponderación, máxime si una quiere ajustarse a los documentos, a los testimonios y a los datos. De fondo está nuevamente una búsqueda de la culpabilidad en el español actual, y más, parece, en el hombre blanco. Aunque la escena esperpéntica con Magallanes al frente me parezca la mejor. Fundamentalmente porque hay que rendirse a Juan Paños, quien no ha parado estos años de ofrecernos actuaciones de una solvencia fenomenal. El actor, que curiosamente tiene ascendientes filipinos y que ha contribuido con su propia experiencia familiar a la escritura del espectáculo, se encarna en el navegante portugués para exhibirse como un machote y caer muerto a manos de Lapu Lapu. Lo acompaña Pigafetta, materializado por Belén de Santiago, quien también tiene parientes de allá en el Pacífico. Las caricaturas que elabora en la función, como la del alcalde de Madrid, la sitúan como una intérprete dispuesta a la permanente gesticulación graciosa. En la susodicha parte, como nativos en aquel 1521, en Mactán, nos dejan la energía tremenda de la actriz filipina Julia Enríquez, quien tendrá un rol preponderante en otras fases, y Alexandra Masangkay, quien rememorará su participación en la película Los últimos de Filipinas, cuando se enmascare en una estatua conmemorativa (el acontecimiento histórico, que es de lo poco que se ha hablado generalmente en España, queda bastante soslayado). En esta escena, insisto, dentro del espacio diáfano a cuatro bandas, el atrezo usado por Alessio Meloni, con toda esa arboleda selvática que se va desmontando, destaca más. Igualmente, el vestuario de Anna Tussell, no solo en este instante, sino en el resto de la representación, sobresale enormemente, pues se nota el gran trabajo en tantos «disfraces» y elementos expresionistas que ha requerido cada pieza.
La cantidad de motivos y temas, en un montaje largo, llegan a ser inasibles. A veces es gamberro y las arengas políticas reverberan, como cuando se alude a cómo las mismas familias poderosas siguen dominando la economía de aquel territorio (auspiciadas por su gran aliado americano, no olvidemos esto), o cuando aparecen Carmen Polo e Imelda Marcos para evocar su encuentro, donde importaba más un collar de perlas y una ingente colección de zapatos que cualquier derecho humano. Quizás, a nuestra filipina más célebre, Isabel Preysler, se le echa de menos, pues apenas es mentada. En otros momentos, el collage fiestero y farsístico, con diversos karaokes, colaboraciones del público, como si fuera un espectáculo de variedades, impide cualquier análisis sociológico.
Ciertos aspectos estéticos, como la disposición del escenario, el empleo de pantallas y los documentos utilizados nos pueden recordar a las propuestas dirigidas por Andrés Lima (Shock, 1936, etc.) en esa misma sala; pero el resultado es bien distinto. Quizás a Lucía Miranda le falta una mirada autocrítica o, quizás, el compromiso que ha adoptado con aquellos que ha tomado como testigos le evita asumir otras perspectivas.
Una creación de Cross Border
Texto y dirección: Lucía Miranda
Reparto: Laurence Aliganga, Julia Enríquez, Chris Angelous Manalo, Alexandra Masangkay, Juan Paños Larrauri, Belén Ponce de León, Belén de Santiago y Tuna Universitaria Complutense
Escenografía: Alessio Meloni
Iluminación: Pedro Yagüe
Vestuario: Anna Tusell
Música: Nacho Bilbao
Dirección musical: Laurence Aliganga y Nacho Bilbao
Sonido: Eduardo Ruiz «Chini»
Coreografía: Chris Angelous Manalo
Videoescena: Javier Burgos
Caracterización: Johny Dean
Ayudante de dirección: Anahí Beholi
Ayudante de escenografía: Mauro Coll
Ayudante de iluminación: Elena Alejandre
Ayudante de vestuario: David Degea
Sobretítulos: Juan Ollero
Estudiantes en prácticas: Ares B. Fernández (Dirección), Talía del Val (Dirección), Carlo Laureana (Dramaturgia), Elvira Arcos (Mediación), Harold Ron Fajardo (Sonido) y Pablo Jiménez (Vestuario)
Diseño de cartel: Emilio Lorente
Tráiler y fotografía: Bárbara Sánchez Palomero
Ambientación de vestuario: Marisa Echarri y Lola Trives
Sastrería: Gabriel Besa y Matías Zanotti
Producción: Centro Dramático Nacional
Con la colaboración de Peta (Philippine Educational Theater Association), Embajada de Filipinas en España, Casa Asia e Instituto Cervantes de Manila
Teatro Valle-Inclán (Madrid)
Hasta el 21 de junio de 2026
Calificación: ⭐⭐
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