Los columpios

Los Nuevos Dramáticos, un grupo de niños y de niñas, se unen a José Troncoso para reflexionar lúdicamente sobre el futuro que les espera

Los columpios - Foto de Bárbara Sánchez Palomero
Foto de Bárbara Sánchez Palomero

Partamos de lo importante que es dejar que los niños participen creativamente en una obra de teatro; y que lo hagan de una manera profesional, donde se les pueda tener en cuenta. La chavalería que salta a escena, que tiene entre ocho y diez años (más o menos), si nadie se la ha arrebatado —siempre ha ocurrido y hoy sigue pasando, aunque de otras formas—, mantendrán su entera espontaneidad. Cómo se manejan estos muchachos ante preguntas trascendentales puede llegar a ser fascinante y creo que, ante todo, este montaje, tan bien traído por el Centro Dramático Nacional nos somete a una contemplación que seguramente ya no poseamos los adultos. Esa visión está bien enmarcada, es floreciente, ocurre precisamente en esa edad, en ese atisbo de la preadolescencia; cuando se va discurriendo con un sentido diferente, cuando el desarrollo de la personalidad va definiendo gustos y preferencias, y la proyección hacia el futuro está repleta de las lógicas apariencias, de lo que les llega del mundo, de los medios de comunicación, de sus familiares, de creerse que la totalidad es como se les presenta la vida en la cercanía. Sigue leyendo

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La noria invisible

La obra de José Troncoso que se presenta en la sala pequeña del Teatro Español, transcurre en la imaginación de dos quinceañeras de los años 90 a partir de una comedia sin demasiado fundamento

La noria invisible - Susana Martín
Foto de Susana Martín

Esta última obra que nos entrega José Troncoso junto a la compañía La Estampida me parece de una insignificancia pasmosa. Cierto es que las anteriores propuestas del grupo, como La cresta de la ola, Lo nunca visto o Las princesas del Pacífico, tampoco se caracterizaban por contener grandes argumentos; sino que se apoyaban en toda una gestualidad esperpéntica que se repetía sin fin hasta lograr la deformación y la denuncia deseada de alguna realidad social. Pero es que los sesenta y cinco minutos de esta función que se representa en la Sala Margarita Xirgu del Teatro Español no apuestan por nada acuciante, dadas nuestras actuales circunstancias. Y todo ello porque la incursión en el tema propuesto es tan pacata e inocentona, que no llega ni para que nos provoque algún pensamiento evocador de un tiempo no tan lejano.

Por no decir que, encima, ha infantilizado un poco más, si cabe, a unas chicas de colegio concertado, que son de principios de los noventa (no hay más que fijarse en las fotos pegadas en sus carpetas y en el radiocasete), aunque parecen de los años cincuenta (si hacemos caso a los estereotipos y a los relatos de aquella época). Ya quiso Pilar Palomero apuntar con su película Las niñas (tenían once años), que ciertas costumbres empezaban tímidamente a cambiar en algunas escuelas religiosas.

Nuestras protagonistas no tienen doblez, a pesar de que Raquel, la Tetas, fume y demuestre un arranque barriobajero a tener en cuenta. En este sentido, Olga Rodríguez se afana con una impulsividad muy consistente y que hace sostener su papel, aunque sea imposible redondear algo tan plano. Ella ha llegado nueva a la escuela, con todo el enfado que conlleva un traslado; y más, si es por haber sido acosada por habladurías sobre sus sobeteos con el novio. Ha dado a parar al único pupitre libre que es donde nadie quiere sentarse; porque al lado se aposenta Juana, la Gafas. Esta adolescente, poco agraciada, poeta en ciernes, y con la sospecha de que es “bollera”, se expresa en el cuerpo de Belén Ponce de León con gran solvencia y gracia —ella no para de repetir que su vida es la ficción de un «videoclip»—; no obstante, con la inevitable tendencia a la niñería. Es ella quien lleva la voz cantante —de hecho, cantan, y para ello el escenógrafo Alessio Meloni les ha preparada una pista circular propia de una sala de fiestas para que las chavalas discotequeen—, y que arrastra a su nueva y única amiga hacia la zapatería de su padre, un lugar fantástico para soñar con el futuro a partir de los zapatos que se prueban; pero donde ella no querría terminar trabajando.

La trama transcurre lenta entre las imparables repeticiones de estas muchachas que terminan compenetrándose a través del reiterado ensamblaje de la malota y de la bonachona. Ambas quieren tener la última palabra (o el berrido) en sus eternos diálogos trastabillados más propios de niñitas repipis. Luego, se irán a la noria del parque de atracciones, que debe servir (el tópico) como una metáfora de la vida. El destino prescrito e inapelable que marca el camino de cada uno, sin que se den demasiadas oportunidades para el cambio, ya sea sexual o laboral. Una visión muy desencantada y determinista, y diría, que poco certera en cuanto a lo ocurrido a esa generación, quizá la primera vez que verdaderamente pudo obviarse el rumbo establecido.

En cualquier caso, La noria invisible no pasa de cuentecillo con moraleja ramplona, que únicamente satisfará a las almas cándidas y a los acólitos del dramaturgo, acostumbrados a estos espectáculos guiñolescos.

La noria invisible

Dramaturgia y dirección: José Troncoso

Con: Belén Ponce de León y Olga Rodríguez

Diseño de iluminación: Leticia L. Karamazana

Ayudante de iluminación: José Muñoz

Asesoría de escenografía: Alessio Meloni (AAPEE)

Ayudante de escenografía: Iván López-Ortega

Música original: Mariano Marín

Coreografías y movimiento: Luis Santamaría

Ayudante de dirección: José Bustos

Una producción de La Estampida y Teatro Español

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 9 de octubre de 2022

Calificación:

UN EXTRACTO DE ESTE TEXTO FUE PUBLICADO EN LA REVISTA LA LECTURA DE EL MUNDO

La bella Dorotea

El Teatro Español recupera obra del dramaturgo madrileño Miguel Mihura. Una historia sencilla en la que prima el humor absurdo y la rebeldía de su heroína en el chismoso ambiente de un pueblo costero

La bella Dorotea - Foto de José Alberto Puertas
Foto de José Alberto Puertas

En primera instancia, no parece que «actualizar» La bella Dorotea, estrenada en 1963, situándola en los años setenta, sea suficiente como para que nos pueda decir algo que no resulte tan ingenuo como caduco. Y eso que el tema del chismorreo y el critiqueo generalizado se ha revitalizado en los últimos años debido al uso patológico de las redes sociales. Pero Amelia Ochandiano se ha quedado en una década que estéticamente se nos hace pop y nos colorea la ferroviaria costa cantábrica. Por lo tanto, el entretenimiento naíf se impone sobre un texto que ha envejecido mal. Esto ocurre, desde mi modesta opinión, porque lleva un ritmo interno muy desigual, y el humor que se destila requiere en nuestras acostumbradas percepciones audiovisuales una vivacidad insolente que en el Teatro Español decae en el suceder de las escenas.  Sigue leyendo

La cresta de la ola

Una comedia de José Troncoso que incide en su visión fabulística, para mostrarnos a una sirvienta que anhela el brillo de la fama

El estilo que ha desarrollado José Troncoso definitivamente lo ha limitado. Su exigencia de seguir ciertos parámetros ha impedido que nos muestre nuevas obras con brío y capaces de llevarnos a vericuetos surrealistas y a situaciones auténticamente esperpénticas como ocurriera con su exitosa Las princesas del Pacífico. Y es que su fijación en algunas de sus técnicas dramatúrgicas le ha hecho olvidarse de la trama y del argumento que impulsen a sus personajes más allá de sus gestos estrafalarios. Ya se notó este abandono del relato en Lo nunca visto y más en Con lo bien que estábamos (Ferretería Esteban). Ahora, en La cresta de la ola se percibe el desgaste con claridad. Cuatro caracteres planos, como suele ser habitual en los apólogos, en las fábulas y en toda esa cuentística desde el Medievo hasta la actualidad que, esencialmente, buscan la moraleja inequívoca, el ejemplo didáctico. En esta ocasión, nos hallamos en una especie de patio palaciego, kitsch, como si fuera un templo oriental que ha diseñado Alessio Meloni con gran detallismo y coherencia. Allí trabajan una pareja de sirvientes, un matrimonio que, imaginamos, cumple afanosamente con su tarea en la retahíla cotidiana de los días iguales. Alicia Rodríguez hace de Victoria, una criada de cofia, una mujer que roza el patetismo y que habla de la muerte como el momento cumbre de su vida, y de su funeral ideal como el único instante de su existencia en el que podrá «sentirse» importante, ser protagonista. Sigue leyendo

Lo nunca visto

Tras el éxito de Las princesas del Pacífico, José Troncoso vuelve con su particular visión tragicómica de la existencia

Foto de Ignacio Ysasi

El éxito rotundo que José Troncoso ―y toda la compañía de La Estampida― ha cosechado con Las princesas del Pacífico situará a sus seguidores en la tesitura de la comparación y de las expectativas ávidas de ser cumplidas. Aunque Lo nunca visto es una obra de 2018, parece que es ahora cuando se lanza, auspiciada por los vientos favorables, gracias al Teatro Español. Nos adentramos en un estilo que se decanta todavía más por unos factores que de manera indefectible tenemos que identificar con La Zaranda. Su influencia parece demasiado cercana y el dramaturgo, de continuar por estos derroteros, podría caer en el manierismo o en ser un deudor apegado en demasía a sus maestros. La recursividad, la lentitud, la música sosteniendo la decrepitud (Bach) y los personajes marginales son elementos que se aúnan para esbozar una trama de trago acibarado. La cuestión es que una profesora de danza, responsable de una sala dedicada a baile para niños y niñas, está a punto de ser desahuciada y ha decidido marcharse por «la puerta grande». De alguna forma, se ha propuesto realizar un espectáculo ―se debe entender que vanguardista o extravagante para que lleve el título de Lo nunca visto; pero el texto es algo confuso y está poco cohesionado con lo que viene después― con sus antiguas alumnas. A la llamada únicamente acuden dos: una señora de verborrea insuperable cual disco rayado y una yonki vagabunda sin nada mejor que hacer. Sigue leyendo

Las princesas del Pacífico

Una tragicomedia esperpéntica sobre una tía y su sobrina cumpliendo la fantasía de viajar en un crucero

El éxito de este espectáculo es innegable y no es fácil que esto ocurra con un montaje tan pequeño. Así que será comprensible para el público que aún no lo haya visto que el texto y las actuaciones son capaces de ser los suficientemente atractivas. Ahora, será necesario que el espectador de los diferentes lares por los que ha paseado la propuesta entre en un tipo de humor con altas implicaciones socioeconómicas y que se inserta genuinamente en la cultura española, y que tiene acento andaluz. Hablamos del guiño grotesco, del insulto ingenioso ―también del improperio con la boca de medio lado―, de la hipérbole sobre la hipérbole, de las mezclas lingüísticas incomprensibles ―además de los vulgarismo propios de los poco instruidos―, las comparaciones intempestivas y, un aspecto que a algunos les puede chirriar, que es el machaque, la repetición de un tic, de una respuesta, hasta la saciedad, hasta destrozar el chiste y provocar el reverbero de la risa tonta y dejarlo bobadita infantil (en este sentido puede resultar algo anticuado). Si en el primer tercio de la obra uno observa que sus risas esconden una tristeza, un frío y una miseria imponderable, en el resto de la función se asume que el mundo moderno del ocio y el bienestar crecientes se les quedan muy lejos. Sigue leyendo

Doña Perfecta

El Teatro María Guerrero (Madrid) acoge de nuevo la confrontación entre la costumbre rural y la modernidad urbana

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