Una buena vida

La traumática experiencia de Carolina África durante la borrasca Filomena se traslada con emotividad a la Sala de la Princesa

Foto de Bárbara Sánchez Palomero

Durante un tiempo pensamos aquí en Madrid (lo que sucede en el resto de España siempre es insignificante) que habíamos entrado en un proceso apocalíptico por fases, y que podíamos prepararnos para lo siguiente (un apagón nacional, por ejemplo). Tras meses de pandemia, con multitud de restricciones, nos llegó la nevada del siglo: Filomena. Carolina África, que acababa de dar a luz, se resbaló con una invisible capa de hielo y se partió una pierna nada más salir de la Maternidad de O’Donnell. Vuelta para adentro a pasar diez días sin su bebé recién nacido que lleva el nombre de la borrasca.

Pablo Menor Palomo ha diseñado una habitación de hospital con gran detalle; pero también abre posibilidades simbólicas, como ocurre con la ventana donde se posan ciertos pájaros; además de que hallamos sombras en un lateral de visitantes y un cuarto de baño en el otro extremo. Las imágenes que aparecen en la televisión al principio nos recuerdan aquellos momentos tan excepcionales con todas las calles llenas de nieve y todas las dificultades que eso supuso para el movimiento de los ciudadanos, de los trabajadores y de coches que habían quedado paralizados. Una vez contextualizado el tema nos encontramos con la protagonista gastando las horas con el móvil para tener de noticias de su casa. La propia autora interpreta su texto y se encarna a una mujer que resulta, en gran medida contradictoria. Por un lado, es bastante habladora (un pelín grosera) y eso la distrae de sus desvelos. Anda ofuscada por el estado de su vagina y de sus hemorroides, por los dolores de sus huesos dañados y por las referencias mitológicas que se cuelan como un exabrupto. Esos relatos no nos permiten conocerla, ni nos describen su biografía. Quizás falte pulsión dramática en esta paciente, pues no alcanza (o no alcanzo a percibirlo yo) a transmitirnos su tristeza por hallarse en una situación acibarada, tan repleta de mala suerte en unas circunstancias verdaderamente singulares. Es decir, no creo que haya incluido la «auténtica pesadilla» que vivió: el malestar insoportable, las esperas infinitas en un ambiente caótico, el descontrol hormonal y, sobre todo, la angustia de estar separada de su hija (y de su otro hijo). Habría merecido la pena observar todo ese padecimiento para que contrastara con las vivencias de los otros intervinientes de la función. Por otra parte, se pone un poco pesada con ese enfermero tan atento que la cuida y le da palique. Al menos se preocupa de su compañera de habitación. Desde luego, la actriz muestra gran espontaneidad en los diálogos costumbristas que jalonan la propuesta.

La habilidad de la dramaturga, si es que en realidad ha querido pergeñar el asunto así, está en desarrollar de una manera elocuente la historia de nuestro enfermero. Ahí descubrimos a un personaje completo, alguien que, con su comportamiento, con sus gestos y con la revelación de su trauma comprendemos el reverso de «una buena vida». O sea, la «insignificancia» de la afectada, quien al fin y al cabo retomará su rutina, se enfrenta a un individuo que ha resistido desde dentro, con puro terror los avatares de una pandemia. Verse arrasado por las interminables jornadas, aceptar que la carencia de material de protección no era una excusa para seguir trabajando, asumir la muerte de tanta gente y sufrir por todos aquellos que tus fuerzas no te dejaban escuchar. Y, desde un punto de vista más personal, convertirse en el «contagiador» de su pareja. Y a pesar de todo continuar atendiendo con amabilidad, con profesionalidad, aguantando la indisciplina de esos «inquilinos» que no se quieren poner la mascarilla y que pronto abandonarán la cama para que sea ocupada por otros. Jorge Kent lleva su actuación con una minuciosidad enorme, no solo la labor tan ágil como sanitario, sino en la cadencia de su definitiva furia por todo lo pasado.

No es baladí la presencia de Ahimsa, que hace de Teresa, una anciana con demencia, sola, que se ha partido la cadera, que está postrada y que requiere todo tipo de atenciones. Contemplarla cómo se desnuda o cómo la limpian, cómo intenta salirse o cómo gime, o cómo apenas puede esbozar una sola palabra, son rutinas de lo más corriente en un centro hospitalario; pero a los que no solemos prestar atención. La directora nos obliga a mirar y eso permite que la caracterización de nuestro enfermero sea todavía más precisa. Posee todo ello una parte profunda, emotiva y sutil, aunque también objetivista: así es nuestra existencia, nuestro posible fin.

La potencia expresiva que se consigue en el epílogo logra que la función impacte en los espectadores y los lleve a concluir que esa «buena vida» tiene que ver con el cuidado del prójimo.

Una buena vida

Texto y dirección: Carolina África

Reparto: Carolina África, Ahimsa y Jorge Kent

Voz en off: Pilar Manso, Sergio Provencio e Irene Provencio

Escenografía y vestuario: Pablo Menor Palomo

Iluminación: Rodrigo Ortega

Sonido: Pilar Calvo

Videoescena: Davitxun Martínez y Alma Prieto-Chicken Films

Ayudante de dirección: Laura Cortón

Ayudante de escenografía y vestuario: Alberto González Araujo

Estudiantes en prácticas: Violeta Ares y Jorge Yugueros

Diseño de cartel: Emilio Lorente

Fotografía y vídeo: Bárbara Sánchez Palomero

Tráiler: Macarena Díaz

Realizaciones:

Escenografía: READEST

Vestuario: Puntadas Luna

Producción: Centro Dramático Nacional

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 21 de junio de 2026

Calificación: ⭐⭐⭐

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