Chicas y chicos

Antonia Paso encarna a una mujer de éxito en esta obra deslavazada e inconexa del dramaturgo Dennis Kelly

Últimamente nos topamos con un bombardeo de monólogos que, en fondo y en forma, poseen enormes similitudes y que se sostienen por un subjetivismo inconsecuente en su lógica interna. Quiero decir que se juega con la aquiescencia de un público que es insistentemente interpelado desde una ficción que se adentra en lo real. Las protagonistas son como juglares conquistando al respetable con diversos guiños y llamamientos para ir soltando proclamas cargadas de política demagógica. Tintes estos hallados, por ejemplo, en las últimas obras que hemos podido ver en el ambigú de El Pavón Teatro Kamikaze como son Freak o La mujer más fea del mundo. Quizás nos estamos olvidando que no solo vale con el noble arte de la denuncia de nuestras grandes ignominias sociales; sino que esperamos arte, teatral. Y es que Chicas y chicos se apoya en un texto malo, corriente y falto de coherencia de Dennis Kelly. Y lo que se puede hacer con una obra así es bien poco. Lucía Miranda lo dirige poniendo en el asador todos sus recursos y aprovechando la escenografía de Anna Tusell: un lienzo «manchado» de pintura y un montecito de arena, que cumplen con su cometido en los instantes más evocadores y sufrientes. La iluminación de Pedro Yagüe es primordial. Antonia Paso encarna a una mujer que pasa de la crisis existencial al triunfo laboral, pasando por un feliz matrimonio y la crianza de dos hijos. La actriz, quien siempre ha demostrado su versatilidad, aquí vuelve a entregarse en cuerpo y alma; aunque es justo reconocer que el día del estreno se evidenció que aún faltaba algo de rodaje. Nos conduce por un itinerario emocional absolutamente extremo. Sigue leyendo

Fiesta, fiesta, fiesta

Lucía Miranda nos sumerge en esta recreación fiel sobre la convivencia de un grupo de chavales desfavorecidos en un instituto público

¿A quién va dedicado este espectáculo? Pues a todo el mundo; pero menos a esos adolescentes de los institutos públicos que ciertamente sí se sentirán reflejados y sí comprenderán lo que se cuenta; aunque no les sorprenderá demasiado. Muy distinta será la experiencia de todos aquellos adultos que no estén al tanto de cómo andan las aulas de nuestra España en los últimos años. Las familias de aquellos infantes que acuden a los colegios concertados (los otros públicos, pero un poquitín menos accesibles para todo quisque) y a los privados, descubrirán que aquellos muchachos de colores que a veces se cruzan por la calle también están escolarizados. Aunque es algo bien sabido para cualquiera que acepte informarse; el montaje, que se basa en un caso real y, a la vez, paradigmático, demuestra cómo se segrega en la educación española, cómo se concentra al alumno inmigrante y al desfavorecido socioeconómicamente en los mismos centros (véase el siguiente artículo). Sigue leyendo