David Serrano ofrece una correcta adaptación de este clásico de Tennessee Williams en el Teatro Español

Hubiera encajado estupendamente aquel proyecto titulado Tennessee, que se representó en la Sala Margarita Xirgu la temporada anterior (una atmósfera sobresaliente), para configurar uno de esos paralelos que últimamente se estilan. El último gran montaje sobre este clásico corrió a cargo de Mario Gas y es imposible no establecer lógicas comparaciones. Sin embargo, hasta llegar aquí hemos contemplado también La rosa tatuada y alguna versión de El zoo de cristal. Quizás la mayor pega de esta perspectiva de David Serrano esté en una matizada depuración de la violencia. Las sensaciones están más soterradas y el ambiente no es tan macilento como cabría esperar. En cualquier caso, me parece una puesta en escena correcta, sobre todo porque el elenco tiene un comportamiento muy consistente.
Un tranvía llamado Deseo es un ejemplo de cómo se tiene que escribir una obra, de cómo se suministra la información del pasado (abundante y sofisticada), con todas esas mentiras, equívocos, recuerdos edulcorados o reconstruidos favorablemente. Y, sobre todo, cómo los caracteres más complejos nos mantienen en la duda sobre su cordura o su vesania. Es cierto que es un texto largo y que el director ha hecho una apuesta firme por desarrollarlo plenamente. Casi tres horas que transcurren a través de once escenas de tensión creciente. Ante todo, contamos con una protagonista de excepción, un personaje avieso, oscuro, una mezcla de alta cultura y bajos fondos, una señora enmascarada capaz de desempeñar cualquier tarea, hasta la más desagradable, con tal sobrevivir ante la decadencia familiar y su hecatombe particular. Blanche Dubois termina por ser un guiñapo. Si no da más pena es porque aún conserva su elegancia (y Ana Llena la viste con vestidos de erotismo sutil. A ellos puede que con demasiado estilo). Nathalie Poza sostiene su rol sin demasiados exabruptos, con la fragilidad en su voz y esa manera de bajar la mirada que se pierde con el whisky. Se bandea entre el flirteo automatizado de una experta y el lloriqueo de una finolis incapaz de aguantar los inconvenientes de la clase trabajadora. Con Pablo Derqui hallamos una interpretación muy distinta de esa insolencia juvenil de Marlon Brando y la corpulencia brutal de Roberto Álamo. El actor se maneja con cierta contención, midiendo sus explosiones de ira, y sin mostrar en exceso esa rudeza polaca de la que se habla. Resulta más estratega, más maduro, si se quiera, como si comprendiera que ese gran problema que se ha introducido en su casa se debe solucionar con algo de prudencia. Ambos intérpretes ya habían trabajado justos en Desde Berlín, hace muchos años, y aquí establecen un juego perverso, repleto de ambivalencia, que es, a la postre, lo que mantiene la firmeza de toda la función.
Ella viene de su pueblo, Laurel (Misisipi), donde su vida ha ido decayendo como esa larga depresión estadounidense. Ha perdido su puesto como maestra y la casa en su plantación familiar, no le ha quedado más remedio que establecerse en un hotelucho e, incluso, ha deambulado en los tejemanejes de la prostitución. Al fondo de todo, además, está un hecho verdaderamente luctuoso: su marido se suicidó cuando se descubrió que había tenido relaciones homosexuales. La dama se va haciendo mayor. Difícilmente va a encontrar un buen partido que la saque de esa insistente soledad. Ahí la observamos, estableciendo relación con el pacato de Mitch, un buen hombre, un hombretón, que acoge Jorge Usón con esa afabilidad del osezno que desemboca en furia, cuando se descubre engañado. Y es que uno apenas sabe a qué personaje acogerse para intuir algo de esperanza. Ya que Stella Kowalski, que es encarnada por María Vázquez con ese cariz tan llano y corriente, elaborado con gran naturalismo, se ve en el entuerto de ayudar a su desvalida y peculiar hermana, y soportar a un esposo del que depende económicamente; pero que vibra con la violencia. Su pragmatismo encaja certeramente con esas circunstancias tan precarias. Y en ella, además, se concentra el paso del tiempo, con el agrandamiento de su vientre. Pues a partir de la séptima escena se van abalanzando tres meses.
Desde luego, el resto de papeles, aunque muy secundarios, favorecen toda esa sensación de existencia a pie de calle, con esos amigotes de Stanley con los que juega a los bolos y a las cartas. Otros tipos igualmente agresivos, sobre todo con sus mujeres, como el vecino, Steve, que Mario Alonso, quien hace bien poco nos maravilló en ¡Esta noche, gran velada!, desarrolla con espontaneidad. La que sufre su carácter ambivalente será Eunice Hubbel, una amable compañera de Stella, dueña del apartamento, que Carmen Barrantes, interpreta con suficiente agilidad desde los primeros instantes. La cuestión es que son ellos, en sus movimientos y en sus caracterizaciones, los que dan la auténtica pátina de esa cochambre alcohólica, que no se potencia tanto con la escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda, a pesar de que posea detalles interesantes, como las vías que cruzan por el techo para que circule aquel Deseo. Por otro lado, la iluminación de Gómez-Cornejo (ya estuvo con Gas), resulta un tanto excesiva, desde mi punto de vista. Es decir, en general, como suele determinar Serrano en sus propuestas, no se cargan las tintas en ninguno de los apartados. No hay concesiones expresionistas o esperpénticas. Se tiende a la claridad, a la corrección. No hay riesgo, en este sentido. Sin embargo, no se puede negar que es un espectáculo que se disfruta; porque posee componentes muy sólidos.
Autor: Tennessee Williams
Dirección y adaptación: David Serrano
Reparto: Nathalie Poza, Pablo Derqui, María Vázquez, Jorge Usón, Carmen Barrantes, Rómulo Assereto, Mario Alonso y Carlos Carracedo
Escenografía: Ricardo Sánchez Cuerda
Vestuario: Ana Llena
Iluminación: Juan Gómez-Cornejo
Composición musical: Luis Miguel Cobo
Movimiento escénico: Carla Diego Luque
Ayudante de dirección: Montse Tixé
Ayudante de vestuario: Tania Tajadura
Producción ejecutiva: Lola Graíño
Una producción de Producciones Abu, Milonga Producciones, La Casa Roja Producciones, Teatro Picadero y Gosua
Teatro Español (Madrid)
Hasta el 27 de julio de 2025
Calificación: ♦♦♦
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