Freak

El texto de la joven dramaturga Anna Jordan adopta un monolítico tono confesional sobre la intimidad sexual y existencial de una adolescente y su tía

Foto de Luz Soria

Es ya bastante frecuente en los últimos tiempos introducir sexo explícito, ya sea visual o narrativo, en diversas obras artísticas que no tienen la calificación de X. El erotismo manifiesto o el porno declarado se cuelan en las películas del circuito general (véase Love, de Gaspar Noé) y en la «literatura» a través de un género como el new adult fiction, donde se aprovecha para relatar minuciosamente las experiencias sexuales de aquellos que alcanzan la mayoría de edad, para lograr que saboreen su lectura los escolares y los bachilleres. De esta forma, para entendernos, se presenta Freak, el texto de la británica Anna Jordan (algunos la identificarán con una dramaturga más interesante, Kate Tempest, de la que hemos podido disfrutar en España con su Wasted), que viene promocionado por unas «provocadoras» fotos de Luz Soria, «inspiradas» (por no decir copiadas) en el trabajo de Stephanie Sarley, en las que ironiza con frutas simulando la jugosidad de los genitales. La cuestión es contribuir a una atmósfera que muchos considerarán engañosa después de lo visto. Sentadas sobre un sofá que no abandonarán ni después de los aplausos, las dos protagonistas van a proceder a declamar urbanamente un texto caracterizado por la oración simple, por la descripción clínica y por no elidir un vocabulario considerado tabú o incómodo para algunos espectadores. Sigue leyendo

Un tercer lugar

Denise Despeyroux profundiza en su concepción del amor a través de seis personajes repletos de rarezas

Foto de Sergio Parra

La dramaturga más prolífica de estos lares vuelve a recurrir al ensamblado de piezas en una estructura tripartita, como ya hizo en la mejor de sus obras hasta la fecha: Carne viva. Para ello ha aprovechado el fragmento que incluyó en aquel experimento comunal que puso en marcha Fernando Sánchez-Cabezudo en la clausurada sala Kubik Fabrik: Historias de Usera. Llegó a ser una especie de hilo conductor y aquí lo es de nuevo. El relato nos entrega a Tristán, interpretado por Jesús Noguero —nuevamente con esa apostura y ese paladeo de la emoción que debe ser expresada—, y a Matilde, con una Lorena López cariñosa y vitalista. Ambos se encuentran en un teatro (la propia sala Kubik, antes nombrada), donde asisten a una representación comandada por Daniel Veronese (de quien precisamente ahora se puede disfrutar su Espía a una mujer que me mata). Sigue leyendo

Los temporales

Un coach visita a los empleados de una ETT para una sesión que desencadena todo tipo de conflictos internos

Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Ya sabemos que lo último de lo último es que seas feliz en el trabajo. El nuevo mantra ha sustituido aquel otro de que el trabajo dignifica al ser humano (y el stajanovismo fortalece a la patria). Alienaciones. El mundo laboral se ha desencorsetado estéticamente para que te sientas como en casa. Se han tirado las paredes, han llegado los colorines, la música relajante (o acelerante, dado el caso), las ludotecas para mayores con piscinas de bolas, dianas con dardos, mesas de ping pong y de billar, gimnasio. La confraternización profunda con todos tus compañeros como si fuera una secta con propósitos trascendentales. Viste como quieras, todos somos hipsters. Tu jefe es tu colega. Siéntete como en casa. Quédate 14 horas seguidas, somos un equipo (somos tu familia). Cuando el estrés crece en tu interior hasta que te ves sentado frente a un siquiatra recetándote unos ansiolíticos, entonces puede que ya no haya marcha atrás, has quedado atrapado por un modo de vida similar al engranaje de una gran maquinaria. En una muestra de lo que podría ser este ambiente, nos encontramos en una empresa de trabajo temporal. Cuatro empleados reciben la visita de un joven coach, alguien avalado por las ventas de su libro-milagro, de su método de transposición de personalidades, un psicodrama en el que se intercambian los papeles y cada uno debe hacer de su compañero; un sistema, al fin y al cabo, para insuflarles altas dosis de absurda positividad, que es lo que hacen estos mercachifles que se nos cuelan por todos los lados. La cuestión es superar las crisis, fundamentalmente la de Olivia, una mujer desquiciada que ha sufrido un desvanecimiento y que parece dispuesta a tirar la toalla. Sigue leyendo

El mercader de Venecia

Tímida versión de Eduardo Vasco, realizada por Yolanda Pallín, del clásico shakesperiano

mercader_124

Si fuera por el conocimiento popular que se tiene de El mercader de Venecia, se podría afirmar, sin duda, que el tono serio en referencia al judío Shylock es lo más relevante; pero la verdad es que es una comedia, pues su final así lo indica. Es una obra llena de paradojas y no todas afortunadas, por mucho que haya sido Shakespeare quien las haya escrito. También es cierto que si es una versión, realizada por Yolanda Pallín, lo que nos ofrece Eduardo Vasco bien hubiera estado que las tintas se hubieran cargado más hacia la tragedia que hacia el inverosímil desenlace. Al espectador actual le interesa el judío, la vida de los mercaderes, los albores del capitalismo, la importancia de cobrar los préstamos (y tanto que se remarca) apoyados en una ley firme y, sobre todo, la cuestión de la usura, un concepto de verdadera trascendencia que aquí se queda a medias. Lo que no resulta muy sugerente es el cuentecillo de Porcia, un mujer rica de Belmonte, que juega a buscar marido a través de unos cofres con acertijos que, en escena, incluido un noble baturro que Pallín y Vasco se han sacado de la manga y que tiene cierta gracia, parece el Un, dos, tres… responda otra vez (mucho más, si luego dueña y sirvienta se disfrazan con unas gafitas redondas; ya tenemos a las azafatas). En esta trama amorosa, el final de Disney se torna absolutamente increíble, es como si una conjunción astral hubiera manipulado la rueda de la Fortuna con verdadero primor; algo similar ocurre en otras comedias, así el caso de Como gustéis. Sigue leyendo

Otelo

El Teatro Bellas Artes acoge una de las grandes obras del Shakespeare madurootelo-eduardo-vasco

Una de las obras de Shakespeare más definidas en su argumento, más claras en la construcción y, también, más sencillas en la trama es Otelo. Esto nos debe servir para que fijemos nuestra atención en el cinismo de vaivén que profiere Yago, quien verdaderamente ejerce de antagonista abyecto y persuasivo, además de poseer los mimbres que desencadenan toda la tragedia. La presencia en escena de Daniel Albadalejo (ya lo disfrutamos anteriormente en La lengua en pedazos) como el moro de Venecia y de Arturo Querejeta como Yago en una pulsión de fuerzas memorable, nos puede llevar a imaginar que tan solo ellos llevan la obra, con esa transformación tan dinámica y redonda de sus personalidades. Su energía dramática es tal que, en cierta medida, eclipsan al resto del reparto, entre los que destaca Lorena López como Emilia (mujer de Yago) y Fernando Sendino como Casio. La codicia, el alcohol, la astucia, el impulso por medrar y la envidia se muestran en una escenografía sencilla donde unas enormes puertas a modo de retablo se alzan al cielo desde el mismísimo centro, mientras la música es interpretada al piano con gran coherencia trágica por Ángel Galán. Además, el vestuario de Lorenzo Caprile, en verdad elegante y favorecedor, fundamentalmente en los hombres, pertrechados por casacas negras nada ampulosas. Elementos que favorecen el desenvolvimiento del gran Yago y el enorme Otelo quienes en varias ocasiones se aproximan hacia el público sentados en las escaleras a dictar sus meditaciones, sus verdaderas intenciones, sus miedos, sus tretas, logrando una comunicación superior.  Sigue leyendo