Magüi Mira Molly Bloom

La veterana actriz se apropia del espíritu procaz del personaje joyceano para configurar un espectáculo de aire liberador

Magüi Mira Molly Bloom - Foto de Ángela Ortiz
Foto de Ángela Ortiz

James Joyce estuvo realmente obsesionado con que su novela Ulises se publicara el 2 de febrero de 1922, es decir, el día que cumpliría cuarenta años. Por lo que nos hallamos en la órbita de las celebraciones y, a lo mejor, se logran más lectores de esos que aún disfrutan con el alpinismo literario. Apenas hace un mes, Henar Frías interpretaba su peculiar visión del soliloquio que cierra la obra del irlandés. Las traducciones son más traidoras que nunca y las perspectivas tan múltiples que las comparaciones sencillamente nos valen para confirmarlo. Podríamos afirmar que Magüi Mira ha determinado un mayor protagonismo, un personalismo superior ya desde el título del espectáculo. Una indagación anagramática, un paralelismo casi vital que se nos quisiera trasladar ya desde el primer instante, y que pretende poseer varias significaciones. Por un lado, por supuesto, remitirnos a la actuación de la propia actriz en La noche de Molly Bloom, allá por 1979, escrita por Sanchis Sinisterra, y que supuso el gran aldabonazo de su carrera profesional. Una declaración de intenciones que tiene tanto de artístico como de ético, pues, como después haría su hija con Una habitación propia, de Virginia Woolf, la propulsión feminista es manifiesta. Mira, en el Teatro Quique San Francisco, con sus 77 años, es un trasunto de Molly; aunque sin dejar de ser ella misma, como mujer madura que anhela seguir manifestando su libertad sexual y su independencia. Acogerse a Joyce, pero resituarnos con todas las reverberaciones que se puedan conectar con el presente. La obscenidad y el ludibrio con algo de chabacanería digna de una cantante que ha vivido entre cafés, con desparpajo, con humor y hasta con insolencia, no casan bien con la madurez femenina; porque, en este terreno, es muy patente en nuestra sociedad, que la pulcritud moralista es casi una rémora. Es cierto que perdemos el contexto de la novela; puesto que en esta versión se nos quiere aislar de los ensamblajes naturalistas, y eso incide todavía más en la peculiaridad individualista; a costa, eso sí, de amalgamar un texto brumoso (Marta Torres también lo firma), que parece desplazarse en un mareante vaivén. Al fin y al cabo, ¿cuántas versiones podrían hacerse de un monólogo sin puntos ni comas que se esparce como un chorro de conciencia? Tampoco la escenografía nos permite acomodarnos en el Dublín de aquel 16 de junio de 1904; ya que aquí se ha buscado una oscuridad —el trabajo de iluminación de José Manuel Guerra es muy habilidoso entre tanta negrura—, igualmente difusa, con una cama que es el único símbolo —con amplios ecos, todos ellos muy satisfactorios— que funciona. Un somier de hierros como rejas de todas las cárceles posibles. Que se tronche es una idea fenomenal en su sencillez y su elocuencia, es otra redundancia más en los objetivos del montaje. Que también ese sea el lugar para el adulterio, no es tanto una paradoja como una emancipación, entre vengativa y autoafirmante. Esa actitud ya no supone el más mínimo escándalo en nuestra época y la risa brota en el público, de la misma forma que ocurre, desde un discurso más templado, con Cinco horas con Mario, de Delibes; si es que se puede realizar un enrevesado paralelo con la apostura que ahora maneja Lola Herrera con sus ochenta y tantos. Vivimos otro tiempo, afortunadamente; y Magüi Mira esputa sus quejas sin ambages, porque tampoco parece que su amante, el señor Boylan, sea, al fin y al cabo, tan perito como debiera, para que la dama alcance el orgasmo en compañía, y no tenga que terminar la faena en la soledad digital. Podemos encontrar otro paralelo con la Molly Bloom que Viviane de Muynck, otra septuagenaria, interpretó para la Needcompany; pero en nuestra actriz española encontramos agilidad, alegría, satisfacción por la arenga triunfante. Parece que la vida vaya a ser eterna, ahora que por fin se ha decidido a tomar las riendas con fulgor y poner en su sitio al borrachuzo y putero de su maridito Leopold. Por mucho que el lenguaje sexual tan directo —y hasta algunos pensarán que grosero— pueda llamar la atención, lo esencial tiene que ver con la máscara que adopta Magüi Mira para reivindicarse en nombre de muchas mujeres que con su edad sí que pueden aseverar, en un porcentaje nada desdeñable, que la lujuria ha sido un tabú horrendo. Al final, en gran medida, tenemos una propuesta perfilada por el contraste, una simbiosis vitalista.

Magüi Mira Molly Bloom

Autor: James Joyce

Versión y dirección: Marta Torres y Magüi Mira

Reparto: Magüi Mira

Diseño de iluminación: José Manuel Guerra

Diseño de vestuario: Helena Sanchis

Espacio sonoro: Jorge Muñoz

Gerencia y regiduría: Jorge Muñoz

Fotografía: Geraldine Leloutre

Productor: Jesús Cimarro

Producción: Mirandez Producciones y Pentación Espectáculos

Teatro Quique San Francisco (Madrid)

Hasta el 13 de febrero de 2022

Calificación: ♦♦♦

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