Molly Bloom

Henar Frías interpreta el célebre monólogo que cierra el Ulises de Joyce a través de una mirada entre jocosa y taciturna

Molly Bloom - FotoEl capítulo 18 del Ulises (el que corresponde a «Penélope») es convertido por el escritor irlandés, James Joyce, en el espejo de su antiheroico protagonista Leopold Bloom, para que su mujer, Marion Tweedy, lo siga retratando. ¿O acaso esta gibraltareña de 34 años tiene suficiente entidad como personaje? En parte sí, desde luego, pero no olvidemos que por detrás está el lascivo novelista amante de las epístolas pornográficas. Quiero afirmar con esto que este último episodio no es una separata; sino, más bien, un epílogo de la odisea por la capital irlandesa de un tipo —y su colega, más joven y sensato, Stephen Dedalus (a pesar de su pelea)— que, tras una jornada corriente, y después de estar un rato de juerga por los burdeles, regresa a casa para acostarse en la cama donde su mujer permanece en vigilia y él no tiene más remedio que rehacer la huella en las sábanas de algún amante interpuesto. En la versión que han configurado Henar Frías y Rubén Tobías, el lecho se intuye; pero no está en la escena. O sea, han cambiado la perspectiva y le han dado un aire más maduro, sereno y más limpio. De hecho, la estética nos hace pensar en una señora mejor posicionada de lo que uno imaginaría de una cantante de poco éxito en el Dublín de 1904, junto a un hombre de vida disoluta. Quizás esta idea le venga mejor a una actriz que no frisa los años de la protagonista, con lo que es necesario darle otra vuelta a nuestro imaginario. En este sentido, la Needcompany puso a la septuagenaria Viviane de Muynck a encarnar a Molly, para darle un cariz de remembranza. En cualquier caso, la referencia española es la versión de Sanchis Sinisterra con Magüi Mira monologando mientras su esposo duerme su melopea. Lo que hace Henar Frías es verdaderamente distinto, posee distinción, no encontramos un ambiente soez sino burgués; aunque su alocución transcurra mientras le baja la regla entre dolores eléctricos. Ella toma el papel con una jocosidad prudente; aunque termine por revelar sus ansias sicalípticas. La actriz demuestra que tiene el personaje trillado, perfectamente perfilado, con pausas elocuentes que dejan sus pensamientos en suspenso, como si fueran esas transiciones que descubrimos en los ocho párrafos que estructuran el capítulo. Esto último será lo único que atisbe la escritura vanguardista de Joyce, pues recordemos que es de las piezas más legibles dentro de la novela, a pesar de que carece de puntos y comas. Es llevar la técnica del «flujo de conciencia» hacia uno de sus extremos. Pero, claro, ¿cómo trasladar esto a escena? En este sentido, no parece que para esta propuesta se haya pretendido algún paralelo artístico de tal calibre —lo cual se echa de menos—; sino que más bien impera el naturalismo. Evidentemente, perdemos esa intromisión en la duermevela que se entrevera con los recuerdos de su infancia en (nuestro) Peñón. Ella se mantiene algo cansada, pero bien despierta. Entonces, el mayor mérito está en la segura expresión, alegre en muchos instantes, del hedonismo. La señora Bloom nos desvela sus deseos lujuriosos sin grandes ambages. Antes ya nos ha contado algunos secretos de su maridito, como, por ejemplo, que en una ocasión le dio por rasurarse el escroto y de poco se queda eunuco. A su vez, ella padece un grave problema con la masturbación, pues no logra placer con sus dedos curiosos. Y si él tiene amantes y se va con las fulanas; ella debe caer ya en la tentación, pues parece que el matrimonio ha entrado en un impás sexual después de diez años sin que se haya alcanzado un coito normal. Molly Bloom quiere follar bien de una vez y el señor Boylan puede funcionar totalmente. No obstante, parece que también le decepciona. La melancolía entra en el tapiz y la protagonista deambula entre la butaca y el tocador, con el cigarro en la boca (¿dónde estarán las cerillas?), mientras los ronquidos inundan la estancia. Es el momento de volver a las recriminaciones que trufan el texto, a las quejas sobre su esposo y su mal trato que le está deparando. Los hijos, Gibraltar, el placer, la cotidianidad, el canto. Detrás del discurso liberado de una mujer que se pronuncia sobre la sexualidad como no suele ser habitual escuchar, hay un ser que anhela cariño, un abrazo. Esta Molly Bloom de Henar Frías se disfruta porque la intérprete halla un tono de humilde picardía que nos hace sonreír y que nos llama la atención en su naturalidad. Por momentos, podemos descubrir un juego de la mente, una evasión frente a las frustraciones, una vía de escape que se regodea en la carne, en sus pechos, en sus genitales (también aspirantes a la rasuración), en sus encantadoras nalgas, en una especie de goce quizás vengativo, seguramente tan pecaminoso como ya le ha demostrado su confesor que es el sexo para la iglesia de los hipócritas. La brevedad encuentra ese punto justo de atracción voyerista en la intimidad de una fémina que mantiene su fulgor juvenil. «Sí».

Molly Bloom

Autor: James Joyce

Versión: Henar Frías y Rubén Tobías

Dirección: Rubén Tobías Zwick

Reparto: Henar Frías

Vestuario: Henar Frías

Escenografía: Henar Frías

Producción ejecutiva: ToBeFree Producciones

Sala Nave 73 (Madrid)

Hasta el 30 de diciembre de 2021

Calificación: ♦♦♦

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