Una costilla sobre la mesa: Padre

Angélica Liddell completa su díptico a partir del texto de Gilles Deleuze sobre Sacher-Masoch en un montaje irregular

Una costilla sobre la mesa - Padre - FotoDesplegar y cerrar el díptico sobre los progenitores fallecidos. Madre tuvo una concisión mayor, una recursividad con el folclore y con la religión más apegada a lo telúrico, con significado más claro. Padre cae en el vicio del teatro posdramático: desperdigar los motivos y los símbolos sin ánimo vertebrador, esperando que el espectador más afanado se entregue a una posible interpretación entre otras múltiples. Creo que sería conveniente despegarse un tanto del ensayo que publicó Gilles Deleuze en 1967 (Presentación de Sacher-Masoch. Lo frío y lo cruel), fundamentalmente porque este no realiza una aproximación litúrgica y cristológica tan patente como la dramaturga. Pero si ella misma nos induce a bucear en ese texto, desde el propio título y desde el innecesario y aplastante índice reflejado sobre el telón, los límites están autoimpuestos de una manera algo inviable. Hay que pensar en Jesús, en el ungido, y en cómo la Liddell se empeña en encarnarse en él; aunque todos los personajes principales que aparecen sobre el tapiz sean ella misma en ese proceso de semejanza y de diferenciación del que se ocupa artísticamente. Las manos inmensas de la Virgen se abren en el exordio, sobreimpresionadas, para entregar al Niño-Dios, por eso suena «Los campanilleros», al completo. Y luego, la borriquita, que lógicamente nos hace pensar en la entrada triunfal en Jerusalén. En el primer acto, la hija vela al padre que resulta ser un niño; ya que todo es un ciclo de creación y de resurrección en el que ella está inmersa. Su texto poético Una costilla sobre la mesa, contiene los fragmentos de la imprecación iniciática que ya desencadena la teofanía posterior. Y sí, la actriz se emplea a fondo en su agonía y su sofoco posee fervor y pasión; pero esa tensión poética no se mantiene a continuación. El infante que se esconde bajo la sábana es el padre renacido; no obstante, insisto, es ella; puesto que el masoquismo implica situarse en el lugar de ese padre. Y así ocurre; aunque de una manera un tanto chabacana y corriente. Porque la escena central, la más lenta y tediosa, bastante anodina, además, transcurre en la blancura impoluta del hospital. El anciano pierde la memoria y la capacidad para controlar los esfínteres, mientras se sostiene por brazo mecánico. Será la hija quien acepte cagarse encima para asumir esa supuesta vergüenza, mientras el padre la limpia. Angélica Liddell se adentra en la atmósfera de la escatología para introducirnos la vida mundana y nefasta de las clínicas. Pero a ella le interesa superar esa naturaleza a través del arte. Toma los apuntes que conservamos de la Estética de Hegel, para recurrir a esa máxima que afirma que lo «bello artístico» es superior a lo «bello natural» (ya saben, la dialéctica del espíritu a través de la historia). Por esta razón, la performer discurre a través de un extravagante proceso alquímico en aras del arte conceptual. Su propia orina, expulsada ante nosotros de su rasurada vagina, sirve como inductor de una máquina encargada de conservar cuadros. En este caso, la Virgen de la Anunciación, de Antonello da Messina, mientras escuchamos el «Nisi Dominus», de Vivaldi. Es otro ejemplo de cómo lo religioso posee más potencia que las cuestiones psicoanalíticas a las que tiende Deleuze. Por otra parte, otros vectores tienden hacia la escena más «epifánica». Cinco Venus de Willendorf, cinco gracias, cinco jóvenes de apabullante obesidad, ritualizan la venida de Jesús, con movimientos que pretenden trasladarnos cuadros vivientes; pero que terminan por configurar una acción sin fuste, casi destinada a sostener la paradoja acerca del canon y de la belleza en el arte. No parece demasiado elaborado, sinceramente. No se observa ni pericia, ni ritmo, ni figuración de ideas sólidas. Y como no se han dignado expresarse en español, Oliver Laxe habla en francés para metamorfosearse en devoto y en Cristo, en esclavo y en amo, en Liddell, y en el tipo que asevera insistentemente que «no se muere de soledad». Frase que forma parte de uno de los fragmentos más nihilistas del libro: «Cada intento de salvación siempre lleva en su seno nuevas formas de masacre». O: «Deberíamos nacer a la edad en la que está previsto morir, no pasar por el ridículo de la eternidad…». Ciertamente, el espectáculo logra una gran coherencia con los planteamientos del filósofo francés en la estética de la frialdad, en el distanciamiento, en la suspensión: «Masoch, en cambio, tiene todas las razones para creer en el arte y en las inmovilidades y reflexiones de la cultura. Como él las ve, las artes plásticas eternizan sus temas dejando en suspenso un gesto o una actitud». La potente iluminación y la ironía con la que Liddell baila alegremente como una niña, después de que también haya querido tímidamente ser Eva, recogiendo las manzanas (en realidad, el mal). El momento epatante viene deslavazado, después de que el famoso contrato que aparece en La Venus de las pieles se emule aquí y su padre cristológico acepte su eterna condición de esclavo. Embadurnarse con el estiércol del pollino —nunca agradecimos tanto la mascarilla— implica un exceso más sádico que masoquista, cuando ya nos había enseñado sus excrecencias a gusto. Es un acto de coprofagia destinado al fervoroso respetable; pero ahí ya no está Masoch. Que una ambulancia descienda lentamente como un Deus ex machina, como una barca de Caronte inapelable de nuestros tiempos higiénicos, como un sepulcro sedante, hacia ese «Cristo, no como hijo de Dios sino como nuevo Hombre, es decir, supresión de la semejanza del padre» (Deleuze dixit) supone un desenlace genuino y digno de un montaje que simplifica demasiado las complejidades filosóficas que se aúnan en el tratado. Todo esto es Angélica Liddell; aunque más inconcreta que lo que debería exigirse en alguien con tantas ínfulas.

Una costilla sobre la mesa: Padre

Presentación de Sacher-Masoch. Lo frío y lo cruel (o el problema de la semejanza)

Texto, dirección, escenografía, vestuario: Angélica Liddell

Con: Oliver Laxe, Angélica Liddell, Beatriz Álvarez, Laura Jabois, Amor Prior, Blanca Martínez, Raquel Fernández, Elzbieta Koslacz, Yury Ananiev y Llorenç Barber (en alternancia) y los niños Oliver Sánchez, Ian Pachón y Aubin Grandjean

Con la colaboración de: Elzbieta Koslacz, Beatriz Álvarez, Laura Jabois, Raquel Fernández, Blanca Martínez, Olga Redondo y Amor Prior

Una coproducción de La Colline – théâtre national y los Teatros del Canal, con la colaboración del Festival de Otoño de la Comunidad de Madrid.

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 30 de enero de 2022

Calificación: ♦♦

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Un comentario en “Una costilla sobre la mesa: Padre

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