Calígula murió. Yo no

La obra de Albert Camus sirve para hacer teatro dentro del teatro y proponer una suerte de lenguajes y críticas inasibles

Calígula murió. Yo no - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

Ante todo, hay que tomárselo en serio, sin paternalismo, con la máxima exigencia artística y con una mirada abierta. Esta propuesta de Clàudia Cedó, como versionista del texto de Camus, y el portugués Mario Paiva, un director experto en estas lides, es, cuando menos, inquietante; porque se logran concitar posturas y lenguajes que, a priori, uno es capaz de atisbar en su desarrollo. Podemos tener presentes algunas de las últimas adaptaciones de esta obra como la que dirigió Mario Gas o la que protagonizó Javier Collado; pero lo que aquí se propone va por otros derroteros. Primeramente, puesto que recoge una atmósfera entre absurda y melancólica —la iluminación de Nuno Samora destila esos azules mortuorios y venenosos, sobre la sencilla escenografía de José Luis Raymond, quien ha favorecido más la verticalidad, con las mesas colgando junto a la gran luna; que la horizontalidad, pues se tiende al despojamiento—. Segundo, porque el teatro dentro del teatro logra la metamorfosis de los actores como yoes infectados por sus personajes —hace bien poco veíamos un efecto así en Historia de un jabalí—. Sigue leyendo

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Calígula

Pablo Derqui brilla sobremanera con su interpretación del emperador en esta propuesta dirigida por Mario Gas

No vale con afirmar que este personaje creado por Albert Camus es un regalo para que el actor de turno se desgarre interpretativamente en escena. Lo que hace Pablo Derqui es soberbio. Desde luego nos hace pensar ipso facto en su papel en Roberto Zucco. Su Calígula incide en el tormento, en esa mezcla de hedonismo desenfrenado, lujuria y, a la vez, en melancolía irrefrenable sumada a la inconsistencia de su carácter voluble. Completar tan certeramente estas aristas no está al alcance de cualquiera.

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Calígula

La obra de Albert Camus llega al Teatro Fernán-Gómez con Javier Collado como protagonista excepcional

calígulaEl emperador romano pretende lo imposible. Calígula, después de vagar durante tres días tras la muerte de su amante-hermana Drusila, se dispone a ejercer sin freno su propia voluntad en una especie de orgía libérrima. La obra de Albert Camus no redunda en las locuras que supuestamente ejecutó Calígula por pura recreación biográfica, sino como un estudio moral acerca del cuestionamiento de la existencia; de cómo a pesar de cargar con todo el poder de Roma, el mismo emperador es un ser limitado (de ahí que busque enmascararse en la diosa Venus). Es vesania o simple impotencia de alcanzar el límite humano y no poder superarlo. Calígula transgrede la moral (asesinatos arbitrarios, repentina subida de impuestos a la plebe, usurpación de propiedades y herencias, juegos macabros…) como única frontera que todo ser racional desde su privilegiado puesto se puede permitir desbaratar. No opta por la ética nietzscheana en la que permanezca desculpabilizada la voluntad y los instintos cobren la fuerza que nunca debieron perder. No. Calígula hace relucir el niño que siembre ha sido y que, dolorido ante la contemplación de la muerte de sus seres queridos, se revuelve contra el mundo queriendo construir unas nuevas reglas, unas nuevas fórmulas de conducta, azarosas, donde el caos genere espacios inviables por los que encontrar la solución de la existencia humana. El fracaso es inapelable. Sigue leyendo