En palabras de Jo… Mujercitas

Lola Blasco busca en su texto a Louisa May Alcott a través de su célebre novela en un montaje de tintes metaliterarios

Foto de Esmeralda Martín

Aceptemos que a Mujercitas se le puede dar una vuelta y que se puede apreciar más allá de esa consideración costumbrista, conservadora y tan valorada por los estadounidenses de bien. Que en las entrañas de esa novela se cuela una nueva moral que funciona como un suave feminismo revolucionario que fragua a través de la escritura. Todo ello le ha dado a Lola Blasco para observar desde una perspectiva reflexiva y hasta filosófica a esas mujeres desgajadas de cualquier intromisión masculina directa. En escena no entran los hombres; así tampoco podremos aseverar que algunas de las proclamas que se escuchan durante la función realmente lleguen a ser efectivas frente a la mirada del varón. Pepa Gamboa ha marcado un compás fulgurante desde el principio, el lógico brío juvenil que nos entrega a unas muchachas con un desparpajo increíble. El montaje, salvo el decaimiento final, en el que resulta un tanto reiterativo su epílogo metaliterario; nos empuja por una pendiente en las ganas de atrapar una vida con caminos muy marcados y definidos, que su máxima protagonista anhela torcer. Desde luego, el primer tramo de la obra es un borbotón de energía que nos alegra. En plena Navidad, las March, llenas de entusiasmo, nos hacen creer de verdad que aquella existencia eminentemente hogareña y provinciana es la quintaesencia de la felicidad. Sigue leyendo

Vania (escenas de la vida)

Àlex Rigola nos «encierra» con los cuatro personajes principales de la obra de Chéjov, para adentrarnos en la esencia de su angustia

Vania dialoga consigo mismo más allá de sus dramaturgistas. Mientras Daniel Veronese en Espía a una mujer que se mata «encierra» a los personajes del drama en un reducto de apenas unos metros cuadrados; Rigola «encierra» a sesenta espectadores en un gran cajón para toparse con cuatro actores que no renuncian a su nombre y que se aproximan al papel que les toca representar con una engañosa timidez. Lo verdaderamente trascendental de esta adaptación es la búsqueda denodada del poso existencial y, por lo tanto, esa casa de campo rusa, esa dacha luminosa que habitamos, es como un decantador catártico que da cuenta de lo esencial. En aquel 1899 en el que Chéjov publica su Tío Vania, cinco años antes de morir de tuberculosis, se concentran las síntesis del irracionalismo. O acaso no podemos percibir a Kierkegaard, con aquellos dos hombres sumidos en el denominado «estadio estético», buscadores de placer y entregados a la seducción. Sigue leyendo

Canícula

Vicente Colomar presenta en la Cuarta Pared su peculiar visión de la familia y sus aprisionadoras redes

Canícula - FotoLas cadenas familiares a veces constriñen a sus miembros de tal manera, que cualquier concepción de la libertad queda pospuesta hasta que algún acontecimiento inesperado abra la espita pandórica. Al principio contamos con tres hermanos sentados en su sofá: el pequeño es Juan Antonio Lumbreras, alguien capaz de hablar a la velocidad del rayo y dejar estupefactos a los espectadores con su discurso displicente, él solo quiere «vacaciones»; el de en medio, Antonio Gómez, más dubitativo, va tomando posiciones según avanza la función hasta alzarse con la decisión definitiva; y el hermano mayor, Rulo Pardo, lleva la voz cantante desde ese principio fulgurante, con ese tono casposo y esas ropas horteras (el chándal de Lumbreras y los mocasines de los tres, sin desperdicio), ochenteras (es una obra bastante chunga en la estética masculina), con esas reiteraciones y quejas: «Hace un sol de justicia». «De justicia, sí». «Sí, de justicia» (premonitorio entre la canícula). Luego, Rulo Pardo se lleva el protagonismo de una escena extravagante, alzándose como un franquista henchido de españolidad y espíritu carpetovetónico que rompe la dinámica de la obra y la lleva hacia un terreno psicótico que parece un tanto viejo y poco creíble, si no se acepta que estamos en décadas anteriores. Sigue leyendo