Paloma negra

Alberto Conejero toma La gaviota de Chéjov para recordar a los descendientes de los exiliados españoles en Méjico

Foto de Susana Martín

No se puede afirmar que sea algo premeditadamente oculto; porque es evidente y, además, el autor lo ha expresado con claridad; pero, ¿cómo es posible que toda la trama, toda la vertebración y la conceptualización del texto ―al menos en la base― se fundamente en La gaviota de Chéjov, y Paloma negra no sea considerada una adaptación de aquella? Entendamos que el espectador que observe el título y el subtítulo (Tragicomedia del desierto) y a su «exclusivo» dramaturgo, eche de menos al ruso. En fin, el eterno debate sobre la versión, la adaptación, el homenaje, la inspiración, la apropiación o, directamente, la nada. En definitiva, si no atendemos a más explicaciones, lo que contemplamos en escena es una adaptación de La gaviota ―otra más, como hace unos meses con la de Rigola― resituada en el Méjico de los años 70, entreverada de gestos y de conversaciones, de nombres y de alusiones, que remiten a la emigración forzosa de españoles que se produjo antes, durante y después de nuestra guerra. Y, sí, el humor. Alberto Conejero, al menos en el primer tercio del montaje, ha sabido dotar a sus diálogos de un brío humorístico elegante, ingenioso y desencantadamente irónico. Por otra parte, parece ser que las remisiones culturales a la literatura, a la historia y a la generación «Nepantla» o «fronteriza» que se fue creando, entre aquellos individuos que tuvieron que desarrollar su tarea allá, sin ser estrictamente de allí. Individuos en tierra de nadie. Los hijos de los exiliados que debieron realizar el esfuerzo por hallar una tradición, un empuje y un apoyo. Todo este embrollo se sugiere, más que se exprime dentro del argumento. Se encaja y se motea con nombres y evocaciones, con sentencias que sugieren «volver» o, claramente, adoptar el acento. Por lo que se intuyen biografías dentro de una sociedad que nosotros debemos completar como espectadores; puesto que el mundo que tenemos delante es demasiado íntimo. Máxime, si se nos sitúa en el desierto. Alessio Meloni ha montado una escenografía un poco rácana, dispersa, entre la mínima presencia de ciertos elementos y un fondo con cactos que suben y bajan, un tanto anecdóticos y hasta ridículos, pues no parecen repercutir en nada a los personajes. Están en un desierto; pero uno no tiene la sensación, en absoluto, de que estén en un lugar de esas características. El desierto lo llevan por dentro, y sí: deshidrata y pincha ásperamente. Sea como sea, José Bustos, en el papel de José Lázaro, y José Troncoso, encarnando a Tomás, un maestro, preludian el contexto, situados fuera de una subsiguiente cuarta pared para dar paso a la pieza. El primero, es nuestro Treplev, un tipo nacido allá de una madre exiliada, una reconocida actriz. Ya sabemos que tiene ínfulas artísticas, que le conmueve la música ―de hecho, el actor tocará algunos temas al piano. Mariano Marín ha compuesto una banda sonora que remarca la melancolía. Por otra parte, suena «Suspiros de España», un chotis, «La llorona» y, claro, «Paloma negra», la ranchera compuesta por Tomás Méndez y que popularizó Lola Beltrán: «Y aunque te amo con locura, ya, ya no vuelvas». Muy acorde con el sentir del protagonista―. Bustos realiza una de sus interpretaciones más sentidas y sobresale su emotividad del resto. Conjuga con elocuencia sus pulsiones artísticas y amatorias, con su debilidad psicológica y con su autoconcepto quebrado por el martilleo de su ególatra mamá. Su ideal romántico es un acicate para el suicidio, y en él se concentra toda nuestra atención. Solo creo que funcione verdaderamente su posicionamiento en el escenario. Muy distinto es el carácter que imprime Troncoso, un pánfilo, un tipo sin dotes para el flirteo fértil, y que el actor vertebra corporalmente con habilidad. Busca el amor de Manuela, una Zaira Montes enlutada, que va ganando enteros, una vez se quita ciertas rémoras del ritmo inicial. Ella es una joven acogida por esa familia de españoles, y está perdidamente enamorada de José Lázaro; aunque él la ve como una hermana. Cuesta no caer en la mirada telenovelesca; pues a veces se echa de menos una mayor pausa. Tengamos en cuenta que el argumento se reduce a una hora y veinte, y no terminan de desplegarse las agosturas chejovianas. Y es que el protagonista vive absorbido por Juana, una muchacha del lugar, que vive en una población próxima ―que viste, por cierto, como si fuera una chica de hoy― y que va a «encoñarse» de Max Rejano, un célebre escritor. Yaiza Marcos se ve en inferioridad de condiciones interpretativas, debido a que sus situaciones dramatúrgicas no son del todo creíbles, principalmente porque no se trasluce la más mínima pasión aceptable entre ella y el novelista. En la consabida actuación, que se propone en la casa, elaborada por la pareja Lázaro-Juana, y que mostrará el desastre, se da un hecho reseñable. Al igual que en su anterior montaje, La geometría del trigo, Conejero emplea otra lengua, en aquella era el catalán, y cualquier oído atento podía comprenderlo, aunque no hubiera traducción; pero, en este caso, la lengua en cuestión es el náhuatl, y no parece que haya muchos espectadores capaces de entender la lengua precolombina, con lo que su uso puede tomarse como un guiño esteticista o vacío, una rareza sin significancia. En consecuencia, nos pone al mismo nivel que los receptores internos, como la madre, quien se mofa sin consideración de lo que escucha. Esta es interpretada por Consuelo Trujillo con un tono, si bien sarcástico, demasiado exagerado y grandilocuente. Sus frases resultan, además, algo explicativas; como si se quisiera insertar a la fuerza esta idea de mezclar a Chéjov con el exilio español y que, a la postre, no termina de cuajar o de trasladarnos a unas vivencias más concretas y verosímiles. Es algo que también observamos en el papel que acoge Juan Vinuesa, quien realiza un buen trabajo, como es habitual en él; pero su personaje es un despropósito. Porque no se llega a definir como alguien con seducción suficiente, ni en el sentido varonil ―no casa ni con Ana María, la madre, ni con Juana―; ni en el sentido intelectual, pues no asumimos totalmente que sea un literato con aura y encanto. Querer hacer un mix entre Aub y José Rejano puede resultar atractivo sobre el papel; aunque debe materializarse con mayor enjundia y recorrido ficcional. Desde este punto de vista, o falta una mejor dirección de actores o falla la elección de los mismos. Por supuesto que el lirismo con el suele recargar sus obras Alberto Conejero también aparece aquí, y resuenan algunos versos hermosos y evocadores. Cuando no hay exceso y pedantería esta es una de las grandes virtudes de este dramaturgo. Así escuchamos a Lázaro: «Por más que me agarre a ese piano sigo ahí, en mitad del océano». En definitiva, hay evocación; no obstante, los planteamientos a priori, las influencias, las múltiples lecturas del escritor, no fraguan en una síntesis que logre separarse novedosamente del marco determinante de La gaviota chejoviana.

Paloma negra

(Tragicomedia del desierto)

Dramaturgia y dirección: Alberto Conejero

Elenco: José Bustos, Yaiza Marcos, Zaira Montes, José Troncoso, Consuelo Trujillo y Juan Vinuesa

Ayudante de dirección: Alicia Rodríguez

Diseño de iluminación: David Picazo

Espacio escénico, vestuario y atrezzo: Alessio Meloni

Realización escenografía: Miguel Delgado/PREVEE

Ayudante de vestuario y confección: Paula Fecker

Ambientación vestuario: María Calderón

Música original: Mariano Marín

Producción Ejecutiva: Kike Gómez

Una coproducción de: Teatro del Acantilado y Teatros del Canal con la colaboración de La Estampida. Con la colaboración del programa Leonardo BBVA a Investigadores y Creadores Culturales 2019

Agradecimientos: Jesús Rubio Gamo, Ferrán Carvajal y Estudio Juan Codina

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 21 de febrero de 2021

Calificación: ♦♦

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