Ronejo

Nuestra actual pandemia reconfigura la mirada que podemos aportar sobre esta comedia distópica de Rulo Pardo

Ronejo - FotoEl Teatro de La Abadía ha querido cerrar su peculiar temporada con algo «fresquito» para el verano (como se suele decir). Ronejo es una obra que ha ganado, sin querer, gracias a las circunstancias; pues fue creada en 2018, pero parece que el tiempo le ha dado la razón. Si usted es un conspiranoico, claro. Aunque parece que el futuro no irá muy desencaminado, ya que el hombre más rico del planeta (o el segundo, qué más da), Elon Musk, está con Neuralink preparando el abordaje. La cuestión es que esta propuesta no es más un entretenimiento, un cómic para frikis, sin más ambiciones que jugar cómicamente con un destino, el de la humanidad, que se aproxima distópico en nuestra imaginación y que, probablemente, sea tan luminoso en el aspecto exterior como oscuro en nuestro control. Los problemas, eso sí, con los que nos topamos son, al menos, dos. A saber, que el humor no sea desbordante, cuando uno lo esperaba ansiosamente. Sigue leyendo

Shock 2

La segunda parte de la conocida «doctrina» de Naomi Klein se materializa en el Teatro Valle-Inclán en un espectáculo menos ajustado que el anterior

Shock 2 - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

Si en Shock (El Cóndor y el Puma) funcionaba dramatúrgicamente casi todo, en esta segunda parte tan solo nos conmueve y llega a sugerir más humanamente la mitad. Quizás, ser coherente resulta ser lo menos eficiente para esta representación teatral. Ajustarse al libro de Naomi Klein o a ese unidireccional entramado, como si fuera la teoría del caos y solamente hubiera que fijarse en una única mariposa aleteando en lontananza, resulta, valga la redundancia, caótico y reduccionista. «Explicar» las acciones directas sobre Chile, puede tener una base; pretender que los mismos parámetros de la teoría neoliberal «explican» la recomposición planetaria desde finales de los setenta; ya es, cuando menos, una «boutade». Viene muy a cuento, por ejemplo, echarle un vistazo al libro Globalistas. El fin de los imperios y el nacimiento del neoliberalismo, de Quinn Slobodian, publicado por la editorial Capitán Swing este mismo año, para atisbar varias tendencias (con algunas propuestas casi antagónicas) de eso que se denomina de una manera tan laxa «neoliberalismo». Uno puede llegar a pensar que esto del neoliberalismo es una máscara en apariencia sofisticada para no desvelar unas intenciones mucho más crudas e insolentes, como la sencilla ejecución de la fuerza. Por eso tiene mucho sentido —aunque sea desde el punto de vista filosófico— el discurso inicial de Carl Schmitt, donde el espectador, pillado de improviso ante tamaña farragosidad, podrá quedarse con aquello de que lo importante es quién define qué es lo justo, quién construye en el fondo las leyes, quién, realmente, demuestra con su derecho positivo (pues el natural es una falsedad moralista), que la democracia es una impostura sustentada por ilusos creyentes. Todo esto ya nos ha quedado demostrado de forma patente durante las últimas crisis económicas. Antonio Durán «Morris» se mete en la piel del politólogo alemán para atizarnos una bienvenida acibarada y expuesta con esa inquina que tan magníficamente maneja el actor (como cuando hizo de Manuel Charlín, en Fariña). No obstante, como digo, el primer tramo es un collage deshilvanado, payasesco y sin profundidad suficiente. Una parodia sin las precisiones pertinentes sobre el contexto sociopolítico en el que Reagan y Thatcher pusieron en marcha unas medidas privatizadoras y una bajada de impuestos a las grandes empresas que supusieron una reconfiguración absoluta de lo que iba a ser Estados Unidos y Europa en las siguientes décadas y alcanzando el presente, donde según Shoshana Zuboff prima el capitalismo de la vigilancia (otro shock). Que no se atenace un relato concreto, sino que se intente mezclar la perestroika y las acciones de Boris Yeltsin, con las transformaciones en China, una vez se derrumbaba todo el bloque soviético; pasando por la Sudáfrica de Nelson Mandela o la situación de algunos países árabes como Egipto antes de que vencieran las posturas más extremas del Islam genera desafección. Demasiado para una hora y media, con vídeos de aquí y de allí, con una cena de celebridades que es una pantomima. Sinceramente, me parece un tanto desastroso; principalmente si lo que se anhela es llegar a Irak, a la guerra reciente. Este es el asunto, que tras el descanso ocupa la segunda parte y donde, por fin, la obra cobra sentido. Sobre todo, porque se acota el tiempo de los hechos, la trascendencia de lo ocurrido nos compete mucho más como país, lo que observamos resulta más emotivo y dramático, el teatro-documento se emplea con habilidad y, en definitiva, los espectadores somos impelidos moralmente. Recordemos, por otra parte, que varios de los componentes de este montaje fueron los responsables directos con su compañía Animalario de dos espectáculos provocativos y que ahora tienen su reverberación —de hecho, no han parado de tenerla, no hay más que leer la prensa y el foco que se ha puesto en la corrupción del PP—. Me refiero, claro, a la sátira Alejandro y Ana: lo que España no pudo ver del banquete de la boda de la hija del presidente, de 2003, año en el que Aznar se reunió con W. Bush para «acordar» el apoyo de España en la invasión de Irak, para buscar las supuestas armas de destrucción masiva que después no se hallaron. Desde el punto de vista paródico, ya que se emplean técnicas metateatrales y de work in progress, funcionan como crítica al absurdo. Aquel viaje de nuestro presidente al rancho del estadounidense queda retratado como un burdo diálogo propio de los Monty Python en un alarde de estupidez concatenada. El otro espectáculo fueron los Goya del «No a la guerra», otro aldabonazo que, al menos sirvió para demostrar un rechazo que luego se vería refrendado en las calles con manifestaciones multitudinarias. Pero lo más logrado de este Shock 2 es el relato de cómo murió asesinado el cámara de televisión José Couso. Juan Vinuesa que, en gran medida, había tenido un papel de narrador árabe, con su soltura habitual; y que luego tuvo que hacer de Aznar, con esa vis cómica bordeando el panfilismo que tanto domina, ahora se encarnaba en ese camarógrafo para dejar suspendido el momento y desangrarse. Conmueve verdaderamente cómo María Morales se mete en la piel de la periodista Olga Rodríguez para transmitirnos cómo vivió ese misilazo de fuego amigo, esa impotencia que la deja casi sin palabras sincerándose a través de la radio. Luego, cuando le toca ser víctima de las vejaciones en la cárcel de Abu Grahib, observamos cómo se mete el dedo en la llaga con vigor escénico. Por otra parte, Natalia Hernández, que es quien lleva el mayor peso cómico de todo el montaje, pues está extraordinaria como Marta Sánchez cantando «Soldados del amor» o caricaturizando a Ana Botella; luego, su silencio y su gesto se anudan a las imágenes que se proyectan sobre las cuatro grandes pantallas que flanquean la reconfigurada sala principal del Teatro Valle-Inclán: dos niños muriendo ante unos médicos impotentes. Ese tipo de imágenes que ya no se ven y nos mantienen en una burbuja, mientras, por ejemplo, en Siria, se comenten atrocidades. En cuanto a Paco Ochoa, casi en el final, le toca coger el papel de Donald Rumsfeld, para convertirlo en un cowboy de los negocios, como su colega Dick Cheney, de quien se dio buena cuenta en la película El vicio del poder (2018); bastante significativa de que más allá de teorías económicas, prima la desfachatez. Después, Guillermo Toledo, se queda con los personajes más potentes, ya sean los Bush (padre e hijo), Reagan o Bin Laden. Aprovechando sus cualidades actorales para el esperpento, la chulería o la interpretación más cruda. Finalmente, Alba Flores gana protagonismo cuando se impone como narradora en el epílogo. Desde luego, el texto de Albert Boronat, Juan Cavestany, Andrés Lima y Juan Mayorga vuelve a estar sesgado —pero nadie puede llevarse a equívoco—; de muchas de las situaciones que se planteaban habría mucho que discutir; aunque de otras, como las que se han destacado más arriba, parecen ser ciertamente inapelables. Por esta razón, vale para que los espectadores nos sintamos interpelados por una historia que se nos escurre por las rendijas de la memoria; pero que explica —si somos capaces de comprender qué fuerzas circundan más allá de lo visible— algunas perspectivas de nuestro presente mundo globalizante.

 

Shock 2

(La Tormenta y la Guerra)

(basado en hechos reales y textos de Olga Rodríguez y Alba Sotorra)

Texto: Albert Boronat, Juan Cavestany, Andrés Lima y Juan Mayorga

Dramaturgia: Albert Boronat y Andrés Lima

Dirección: Andrés Lima

Reparto: Antonio Durán «Morris», Alba Flores, Natalia Hernández, María Morales, Paco Ochoa, Guillermo Toledo y Juan Vinuesa 

Voces en off: Andrés Lima (Den Xiaoping y José Antonio Marcos), Alberto San Juan, (Charlton Heston) y Olga Rodríguez

Escenografía y vestuario: Beatriz San Juan

Iluminación: Pedro Yagüe

Música y espacio sonoro: Jaume Manresa

Diseño de sonido: Enrique Mingo

Videocreación: Miquel Àngel Raió

Caracterización: Cécile Kretschmar

Ayudante de dirección: Laura Ortega

Ayudante de iluminación: Enrique Chueca

Ayudante de vestuario: Carlota Ricart, Remedios Gómez

Ayudante de videocreación: Arantxa Melero

Realizaciones: Maribel RH S.L. (realización vestuario), Mambo Decorados (realización mobiliario)

Fotografía: Laura Ortega, Bárbara Sánchez Palomero y Luz Soria

Tráiler: Bárbara Sánchez Palomero

Archivo sonoro: Olga Rodríguez, Departamento de Documentación de la Cadena SER © Sociedad Española de Radiodifusión, S.L.U.

Diseño Cartel: Equipo SOPA

Alumnado en prácticas: Olga Abolina, Jorge Mediero y Fran Weber

Coproducción: Centro Dramático Nacional y Check-in Producciones

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

13 de junio de 2021

Calificación: ♦♦♦

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Paloma negra

Alberto Conejero toma La gaviota de Chéjov para recordar a los descendientes de los exiliados españoles en Méjico

Foto de Susana Martín

No se puede afirmar que sea algo premeditadamente oculto; porque es evidente y, además, el autor lo ha expresado con claridad; pero, ¿cómo es posible que toda la trama, toda la vertebración y la conceptualización del texto ―al menos en la base― se fundamente en La gaviota de Chéjov, y Paloma negra no sea considerada una adaptación de aquella? Entendamos que el espectador que observe el título y el subtítulo (Tragicomedia del desierto) y a su «exclusivo» dramaturgo, eche de menos al ruso. En fin, el eterno debate sobre la versión, la adaptación, el homenaje, la inspiración, la apropiación o, directamente, la nada. En definitiva, si no atendemos a más explicaciones, lo que contemplamos en escena es una adaptación de La gaviota ―otra más, como hace unos meses con la de Rigola― resituada en el Méjico de los años 70, entreverada de gestos y de conversaciones, de nombres y de alusiones, que remiten a la emigración forzosa de españoles que se produjo antes, durante y después de nuestra guerra. Y, sí, el humor. Alberto Conejero, al menos en el primer tercio del montaje, ha sabido dotar a sus diálogos de un brío humorístico elegante, ingenioso y desencantadamente irónico. Por otra parte, parece ser que las remisiones culturales a la literatura, a la historia y a la generación «Nepantla» o «fronteriza» que se fue creando, entre aquellos individuos que tuvieron que desarrollar su tarea allá, sin ser estrictamente de allí. Individuos en tierra de nadie. Los hijos de los exiliados que debieron realizar el esfuerzo por hallar una tradición, un empuje y un apoyo. Todo este embrollo se sugiere, más que se exprime dentro del argumento. Sigue leyendo

Shock (El Cóndor y el Puma)

Un viaje impresionante por la historia reciente de Chile y de Argentina con los desafueros del imperialismo sobrevolando en la impunidad

Foto de marcosGpunto

He aquí el montaje más proteico de la temporada y el que logra plasmar dramáticamente una serie de hechos que no paran de confirmarse entre la bruma de la credibilidad, las noticias falsas y los nuevos episodios de una doctrina que quizás, tarde o temprano, también nos golpee de lleno a nosotros (si no nos mantenemos fuertemente unidos). Primeramente, es necesario hacer referencia al libro de Naomi Klein (Montreal, 1970), La doctrina del shock (2007). La periodista y ensayista ya se había hecho muy famosa con su ensayo No Logo (2000). Después, con la obra que nos compete ―y de la que también se realizó un documental de fácil acceso en internet―, generó un buen montón de críticas acerca del alcance de su mensaje. Hay que reconocer que la autora pertenece a esa izquierda minoritaria en el espectro de la América del Norte, junto a otros autores como Noam Chomsky, que está teniendo verdaderas dificultades para desarrollar un discurso creíble ahora que sus fórmulas más «radicales» (strictu sensu) o tienen poco apoyo (por idealistas) o han sido absorbidas por corrientes denominadas populistas. En esto, es justo afirmarlo, el poder de una prensa atenazada presupuestariamente es un factor determinante. Ya sabemos que cualquier proclama que huela a socialismo (incluso a socialdemócrata) y que pueda «infectar» a Estados Unidos, debe ser barrida. Sigue leyendo

La geometría del trigo

Alberto Conejero dirige su propio texto sobre las consecuencias de un amor «inconveniente» dentro del ámbito rural

En los últimos años al menos dos obras han tocado el tema de la homosexualidad en el ámbito rural, por un lado, Tom en la granja, y, con mucha más sintonía, Juguetes rotos. Pero Alberto Conejero lo ha hecho con extremada sutileza, tanta, que, en ocasiones, se ha pasado de frenada en las elipsis. Porque lo que debiera ser la trama principal, la vivencia de dos hombres unidos por el amor y por el destino azaroso, queda en segundo plano; para que nos la imaginemos a través de los entrelazamientos de otros personajes, otros familiares, otros allegados, en otro tiempo y de otra manera. Nos situamos en tierras de Jaén ―el propio dramaturgo es de Vilches y de allí se trae esta historia escuchada a su madre―, el calor abrasa y a la casa de Beatriz y de Antonio, un minero, llega, tras quince años de ausencia, Samuel. José Troncoso se imbuye en este individuo venido de París ―parece que la lengua francesa no ha hecho mella en su acento andaluz oriental― a su lugar de origen para emprender un negocio con la reconstrucción del viejo molino. Vuelve también para reencontrarse con ese amigo especial, con el que sostuvo una tímida relación imposible, un atisbo de algo inconcreto. Juan Vinuesa encarna a este dubitativo currante; se desenvuelve con esa peculiaridad del tipo que no quiere desembarazarse de la máscara. Sigue leyendo

Algún día todo esto será tuyo

Una mirada estrafalaria sobre la historia de El Corte Inglés para cerrar la trilogía sobre las miserias ibéricas

Era del todo esperable esta última parte para cerrar la trilogía titulada: Crónicas ibéricas. Ahora ya podemos concluir que la panda del Club Caníbal ha elaborado un itinerario de humorismo castizo español tan original como apegado a una tradición que va desde Valle-Inclán hasta Berlanga y José Luis Cuerda, pasando por especímenes como Tip y Coll, los Hermanos Calatrava y, en los últimos tiempos, el grupo entorno a Joaquín Reyes y su Muchachada Nui. En definitiva, hipérboles desaforadas, motivos grotescos, ruralismo, surrealismo muy próximo al absurdo y un sin fin de remisiones patrias que satirizan una cultura muy tendente al tremendismo y a la autodestrucción. Es necesario señalar que la comedia con trasfondo crítico carece de fuerza en el teatro desde hace mucho y lo que hace esta gente resulta paradigmático y elocuente. En conjunto, si dejamos la navaja a un lado, es una construcción magnífica de desvergüenza oxigenante. Reconocerse en su burla y, a la vez, sentirse horrorizado de que algunos de tus compatriotas hayan tenido comportamientos tan ruines es toda una satisfacción. Sigue leyendo

Las crónicas de Peter Sanchidrián

Un pastiche trepidante de ciencia-ficción, aventura y romance que redunda en la parodia sardónica

Lo que nos presenta José Padilla en El Pavón Teatro Kamikaze es una mirada irónica, posmoderna y descacharrante de esa materia, englobada nostálgicamente, en lo que se ha venido a llamar Generación Xennial, esa panda de ochenteros de la EGB, esa bisagra que ha vivido con cierta comodidad e, incluso, jactancia el paso fulgurante hacia este mundo tecnológico que lo ha invadido todo. Las crónicas de Peter Sanchidrián son las parodias de aquella ciencia-ficción tipo El gran héroe americano más toda esta panoplia hipercientífica y poshumana que plantea a corto plazo la inmortalidad, la clonación masiva y la convivencia con inteligencias artificiales. Una broma, claro, pero no hace más que sacar a colación, por un lado, la atmósfera americanizante de la sociedad de consumo en la que vivimos desde hace décadas y, por otro, esa redefinición de la mitología clásica en las formas de los superhéroes que a través de los cómics trasladan subliminalmente los fundamentos religiosos como la lucha entre las fuerzas del bien y del mal. De hecho, asistimos en la obra a toda una defensa de los superhéroes «mortales» como Spiderman, frente al indestructible Superman. Algo así como sentirse identificado con Aquiles. Sigue leyendo

La rebelión de los hijos que nunca tuvimos

Una fábula inspirada en todos aquellos niños migrantes que desaparecen en las costas europeas

Foto de marcosGpunto

La apuesta de los hermanos Bazo (QY Bazo) por el teatro social, por llevar a cabo obras que nos comprometan con los problemas acuciantes de nuestro presente, es clara. De alguna manera, su lenguaje primordial es la fábula, el cuento moralizante, el apólogo con el que pretenden, sino aleccionarnos, sí provocarnos una reacción que nos lleve a la reflexión. Así ocurre en Los impostores, en Nada que perder y en Tres días con Charlie. De forma mucho más acentuada La rebelión de los hijos que nunca tuvimos recurre directamente al «Érase», al toque infantil —lógico para un texto que trata fundamentalmente de niños— y a la narración oral. Este exceso inicial por contar —con todo un prólogo que es en sí una leyenda— es el gran lastre de un espectáculo que se subsume en gran medida en ese procedimiento a costa de la pura representación de los hechos. ¿Hasta qué punto el espectador mantendrá la atención sobre lo relatado? ¿Hasta qué punto es reiterativo lo contado sobre lo representado? Además, creo que faltan recursos propios de los oradores, falta mayor recursividad —no me vale solo con repetir el «érase», porque el cuento se enreda y no somos lectores, sino escuchantes— para que después podamos introducirnos en el meollo de la cuestión. Sigue leyendo

Herederos del ocaso

Un fraude paralímpico se muestra como crónica ejemplar de nuestras miserias patrias

Foto de Nerea Castresana
Foto de Nerea Castresana

El Club Caníbal continúa sus andanzas por nuestro carpetovetónico lema: «Esto solo pasa en España», tan propio de la tradición picaresca. Esta segunda parte de sus Crónicas ibéricas mantiene la estética rancia de su anterior trabajo, Desde aquí veo sucia la plaza, que marcó una dirección y un estilo humorísticos a tener en consideración. La dificultad para mantener el nivel y garantizar las expectativas ha sido máxima. Esta vez, con Herederos del ocaso, partían de aquel bochornoso fraude ocurrido en los Juegos Paralímpicos de Sidney 2000, cuando diez de los doce jugadores del equipo de baloncesto no presentaban ningún grado de discapacidad y fueron descubiertos después de que se alzaran con el oro. Es considerado uno de los mayores engaños del deporte mundial. Sigue leyendo