Jauría

Miguel del Arco dirige este drama repleto de emocionalidad sobre el caso de La Manada que ha recreado Jordi Casanovas con las declaraciones de los protagonistas

Foto de Vanessa Rabade

Internamente, el drama que se plantea sobre el caso de La Manada logra una tensión de alto calibre teatral con la concatenación de los hechos presentados. Pero Jauría es mentira, es ficción, por mucho que las frases que escuchamos hayan sido expresadas por sus firmantes. Tomar lo interpretado por real es la equivocación a la que no puede llegar ningún espectador y a la que no se puede llevar a ningún alumno en las sesiones escolares que se tienen preparadas (si se desea algo de nobleza didáctica). Alcanzar conclusiones certeras sobre la justicia española, o sobre el comportamiento de ellos o de ella, es falta de criterio y es caer en el amarillismo propio de los medios de comunicación.  Lo que se cuenta en Jauría es muy verosímil; porque tiene lógica en su disposición, en su ordenamiento; aunque este sea sesgado (tiene todo el derecho su autor a serlo). Ya que se acentúan de una manera muy distinta los matices de cada protagonista (ahí está la creación, la invención). En esta obra se aplica la técnica del verbatim, tal y como se utilizó también con la anterior función (Port Arthur) que configura este programa doble sobre teatro documento en El Pavón. Pero en esta todos estamos volcados en nuestra particular composición de lugar, amasada durante estos años, donde las especulaciones y las diversas discusiones sobre lo fue o no, sobre la condena y su gravedad nos atenazan con prejuicios y posicionamientos ideológicos. Ciertamente, nadie se ha licenciado en Derecho leyendo el periódico y tragándose tertulias infames, sino todo lo contrario. Aunque quien más y quien menos se haya puesto la toga en su casa para dictar sentencia. Humildemente partamos del: «No sé lo que ha pasado». Sigamos por: «Me falta información fehaciente, no he visto las pruebas, no soy un perito». Pero nos sentamos en la butaca y ya sabemos de lo que se nos va a hablar. ¿Cómo abstraernos? Imposible. Nuestro cerebro acumula capas y capas de reconstrucción, y ya ha creado su propia ficción. Todo ello no quita para que los acusados sean culpables (y mucho) y para que la víctima sea más todavía más víctima de lo que habíamos pensado. Jauría cuenta, en retrospectiva ―cada personaje recuerda cómo fueron los hechos en diversas declaraciones―, la historia de una joven de dieciocho años que, en los sanfermines, durante la madrugada del 7 de julio, fue interpelada por un chico y, después, por sus amigos. Aquellos eran La Manada ―nombre con el que se identificaban en su grupo de WhatsApp― unos tipos de veintimuchos años procedentes de Sevilla. Comandados por José Ángel Prenda, un tío regordete y que podríamos considerar alguien que necesita llamar la atención, hacerse el gracioso y, sobre todo, demostrar su hombría, máxime cuando por diversos detalles da la impresión de tener baja autoestima o de sentirse por debajo de otros de sus compañeros. De hecho, Jordi Casanovas, al reordenar los fragmentos seleccionados ―toda una perspectiva de sus intenciones o de su verdad o, de su búsqueda artística para llegar a un punto álgido que nos conmueva― se apoya fuertemente en este personaje obviando frases ―quizás más sensatas o de arrepentimiento, dentro de lo que cabe―, ha elegido efectivamente al más cazurro, al que le parece normal grabar un acto sexual sin consentimiento y después difundirlo por las redes a sus colegas (su risa genera ira en cualquiera). Fran Cantos, quien nos dejó un magnífico sabor de boca en Un cuerpo en algún lugar, estiliza el acento sevillano con chulería, con desparpajo, con la ignorancia de un malcriado; también, en algunos instantes de desconcierto, su gestualidad remarca al espécimen. Todos ellos son unos amenazadores palmeros, unos juerguistas acostumbrados, por lo visto, a un trato tan desenfadado con la gente en cualquier fiesta que el vacile puede pasar de cero a cien en unos segundos y de un tímido flirteo a la orgía en un pis pas. Ignacio Mateos, Raúl Prieto y Martiño Rivas enseguida establecen una disposición más ambigua, ni parecen querer llegar tan lejos, ni pretenden incidir demasiado en las descripciones. Claramente aumentan el eco y se inmiscuyen. Luego, cuando todos se transfiguran en jueces, funcionan como un coro repleto de voces que se solapan; puesto que da la sensación de que, en esa parte, la sentencia no depende de ellos, si no de nosotros, el público, que hemos asistido a una recreación «fidedigna». Ellos no nos pueden contradecir; porque nosotros lo hemos visionado (las voces de queja procedentes de las calles irrumpen en escena). Por otra parte, Álex García, cierra el quinteto atisbando el lloro y hasta el pavor, mucho más inquieto por el pozo hacia el que se aproximan; y el actor dibuja con esmero el derrumbe. Para este drama por ahí no puede haber atajo para nuestra conmiseración. La víctima es encarnada por María Hervás, y establece, ante todo, una inmejorable aceptación de la duda, de la incertidumbre, del cuestionamiento propio. El no quise o el no supe parar o el mi voluntad claudicó o el alcohol me jugó una mala pasada o el por qué me han hecho esto que nunca jamás había realizado o, incluso, por qué fui activa sexualmente (según parece demostrar el vídeo que casi nadie ha visto) cuando yo no soy así. La respuesta es no sé, una y mil veces. Y uno, desde fuera, con toda la templanza posible, la acompaña en ese inextricable embrollo. Un tipo de relación sexual así que, practicado desde la plena libertad de los interesados debe respetarse, necesita mucho más que un permiso y mucho más un contexto plenamente favorable, claro y expreso (hablamos de un cubículo diminuto, tal y como ha diseñado para la ocasión en lo alto, Alessio Meloni). Hervás sostiene el hilo emocional de su protagonista con debilidad y pundonor por igual, y con una ternura pasmosa. La dificultad para dar credibilidad a las distintas contradicciones u olvidos es enorme. Ella, además, también se mete en el papel de fiscala para contribuir a ese juego de espejos que de manera muy inteligente dirige Miguel del Arco. Un material sensible que prefiero sostener como obra artística de calado dramatúrgico.

Jauría

De: Jordi Casanovas

Dirección: Miguel del Arco

Intérpretes: Fran Cantos, Álex García, María Hervás, Ignacio Mateos, Raúl Prieto y Martiño Rivas

Voz en off: Israel Elejalde

Dirección de producción: Aitor Tejada y Jordi Buxó

Producción ejecutiva: Pablo Ramos Escola

Escenografía y vestuario: Alessio Meloni

Iluminación: Juan Gómez Cornejo

Diseño de sonido: Sandra Vicente_Studio 340

Fotografía: Vanessa Portela

Diseño gráfico: Patricia Portela

Comunicación: Pablo Giraldo

Distribución: Caterina Muñoz Luceño

Ayudante de dirección: Xus de la Cruz

Guía didáctica: Nando López

Estudiante en prácticas: Luis Izquierdo

Agradecimientos: Rita Deiana, Lucía López, Paz de Manuel, Isabel Valdés

Una producción de Kamikaze Producciones, Milonga Producciones, Hause & Richman Stage Producers y Zoa Producciones para El Pavón Teatro Kamikaze

El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid)

Hasta el 21 de abril de 2019

Calificación: ♦♦♦♦

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