Fiesta, fiesta, fiesta

Lucía Miranda nos sumerge en esta recreación fiel sobre la convivencia de un grupo de chavales desfavorecidos en un instituto público

¿A quién va dedicado este espectáculo? Pues a todo el mundo; pero menos a esos adolescentes de los institutos públicos que ciertamente sí se sentirán reflejados y sí comprenderán lo que se cuenta; aunque no les sorprenderá demasiado. Muy distinta será la experiencia de todos aquellos adultos que no estén al tanto de cómo andan las aulas de nuestra España en los últimos años. Las familias de aquellos infantes que acuden a los colegios concertados (los otros públicos, pero un poquitín menos accesibles para todo quisque) y a los privados, descubrirán que aquellos muchachos de colores que a veces se cruzan por la calle también están escolarizados. Aunque es algo bien sabido para cualquiera que acepte informarse; el montaje, que se basa en un caso real y, a la vez, paradigmático, demuestra cómo se segrega en la educación española, cómo se concentra al alumno inmigrante y al desfavorecido socioeconómicamente en los mismos centros (véase el siguiente artículo). Lucía Miranda estuvo investigando para llevar a cabo esta obra. Realizó un montón de entrevistas a profesores y a alumnos para utilizar sus palabras exactamente, en un auténtico proyecto de teatro-documento; donde emplearía la técnica del verbatim, es decir, lanzarse al objetivismo, a dejar que sus respuestas fueran casi casi las únicas que se escucharan en las tablas. Lanzar este procedimiento de una forma demasiado estricta puede llevar a que lo que tomemos por ficción, recreación, quede trastabillado por falta de un hilo conductor que nos transmita una historia. Aquí es un enjambre de biografías que se entreveran ―por momentos, de una manera caótica, como si se quisiera abarcar demasiado―; y lo que nos induciría a sentir coherentemente el desencadenante del relato, resulta algo fallido al final. Porque se nos plantea que los muchachos de un grupo de Compensatoria de 3º de ESO (es un programa destinado a alumnos que tienen un desfase curricular de, al menos, dos cursos. Se les selecciona para configurar un grupo de pocos alumnos y van saliendo en algunas asignaturas ―fundamentalmente Lengua y Matemáticas―, para intentar ponerse al día. En actualidad, en Madrid, por ejemplo, el apoyo económico a este programa ha bajado bastante desde la crisis) desarrollen un proyecto sobre fiestas populares de su país o de su región (los bailes, las comidas, los trajes…). La cuestión es que uno espera que eso fragüe, de verdad, en la exposición de esos trabajos; pero la trama deambula por otros derroteros. Concretamente, el repaso de varias semblanzas de los adolescentes allí representados, en una enumeración ordenada. Demasiadas vidas a las que hacer referencia (la función se alarga un pelo) y algunas de ellas narradas de manera un tanto confusa, ya que el personaje específico no se ha descrito lo suficiente. Todo ello porque se pretende dinamizar el espectáculo con tan solo cinco actores que van adoptando gestos, modos, voces y vestuarios para encarnar veintidós personajes. En la mayoría de las escenas lo hacen con una fluidez pasmosa y realmente muy bien llevada. Con tan solo bajarse la capucha de la sudadera o ponerse el cabello delante de la cara ya se han metamorfoseado. Ese es un gran punto a favor. Quien encauza de forma coherente el montaje es Miriam Montilla ―una versátil actriz que nos ha deparado grandes interpretaciones como en La noche de las tríbadas― metiéndose en la piel de Alma, la conserje del instituto, una vivaracha y empática curranta que se involucra con gran esmero en la dinámica del centro. Es ella la que nos presenta a alguno de los chavales y la que revela algún chisme desde el principio hasta el melancólico final. Otro asunto bien distinto es cómo se introducen las distintas actuaciones musicales. La primera, una haka maorí, una inmejorable captatio benevolentiae en las funciones escolares. El resto, con «La gozadera» de Marc Anthony como tema más destacado y animoso, se va repartiendo aquí y allá sin una idea muy clara del porqué. Desde luego, lo máximos protagonistas son los chavales, esos individuos inmersos en el torbellino, en la duda, en la insolencia, en el error perpetuo, en la incertidumbre delante del abismo. Irrumpe el poderoso discurso ―casi rapeado―, de Nate, un guineano, un negro blanco de cualquier ataque racista ―su madre estará ahí sin arredrarse―, un bigardo de sonrisa franca, amable y de puños veloces, si hace falta. Antonio Rodríguez Liaño (sustituye a Efraín Rodríguez) le mete una caña genial. No se queda corta en ataques racistas Kamila, representante sudamericana de la habitual inmigración que ha venido de allá a España. Anahí Beholi juega con suficiencia el pavazo de esta muchacha. Luego se acoge a otros personajes ―chicas musulmanas― con historias de gran trascendencia tanto religiosa (con hijab de por medio) como existencial (en este sentido la propuesta abarca situaciones verdaderamente duras, y eso es de agradecer). El ya clásico tema de la incomunicación propia de los chinos llega de la mano de Huichi Chiu. La intérprete se introduce en la piel de Xirou, una de esas introvertidas orientales que aún no dominan el idioma y que se expresa con gestos mínimos y que desea tocar la viola. Sin embargo, el trabajo en el restaurante familiar sea una obligación ineludible que la esclaviza y le arruina los sueños. Se incide estupendamente en la invisible labor de los profesores expandiendo sus tareas profesionales hacia las mediaciones sociales. Puesto que la voz del profesorado también se escucha en este espectáculo; aunque sea como una retahíla de quejas que son un ruido común y que rebotan en un muro de prejuicios sobre un gremio con el prestigio en horas bajas. Y que no quede la parte patria con Ángel Perabá; pues él se queda con Hugo, el chico macarrilla e indisciplinado que patéticamente insulta al resto desde una posición de superioridad ridícula (no es mal chico, después de todo). Desde luego, la actuación es muy sobresaliente y se detecta una entrega fantástica en todos los papeles que interpreta. En conjunto, Fiesta, fiesta, fiesta es una obra teatral importante en su cometido y que pone sobre la mesa un problema, la extensión del derecho a la educación de calidad para todos los ciudadanos, que jamás ha logrado resolverse en uno de los países más avanzados del mundo.

Fiesta, fiesta, fiesta

Dirección y dramaturgia: Lucía Miranda

Reparto: Anahí Beholi, Huichi Chiu, Miriam Montilla, Ángel Perabá y Efraín Rodríguez (Antonio Rodríguez Liaño)

Colaboración especial de Laura Santos como la voz de Funcionaria y la viola de Esther Sánchez

Espacio sonoro: Nacho Bilbao

Escenografía e imagen gráfica: Javier Burgos

Diseño de luces: Toño Camacho

Ayudante de dirección: Belén de Santiago

Asesor de movimiento: Ángel Perabá

Vestuario: Paz Yañez

Taller de sombras chinas: Carlos Nuevo

Compañía The Cross Border Project

Teatro Francisco Rabal (Pinto)

Calificación: ♦♦♦

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