La gaviota

El renombrado texto de Chéjov se recarga con la autoficción en una propuesta que se adensa en la frialdad

Àlex Rigola sigue exprimiendo la fórmula. Desbrozar las obras, darles otro enfoque, trabajar con la esencia, circundarlas, atenazarlas y volverlas artefactos tan intelectualizados como ajenos a la vivencia experiencial dramatúrgica que pretende nuestra empatía, nuestra aprehensión holística. El dramaturgo lleva ya, entonces, unas cuantas propuestas que se acogen a estas características (y a otras, claro). Tomemos, por ejemplo, su Vania y Un enemigo del pueblo (Ágora) para comprender que continuamos en esa línea estética. Si La gaviota trata, fundamentalmente, del peso que el arte conlleva en la vida de los artistas; entonces, la sustancia, es ciertamente metaliteraria. Pero, como viene ocurriendo reiteradamente desde hace tiempo, el tamiz del metateatro debe irrumpir si uno anhela el aire macilento de la modernidad. Y sí, es ir un poco más allá, aportando la perspectiva de la autoficción. Por lo tanto, los actores se suben a escena para hacer, en gran medida, de ellos mismos; y el espectador tendrá que aceptar el trato sobre la ficción que tiene mucho de verdad en el pasado y en el presente de esos seres. Para parte del público, lo que cuentan puede tomarse como enteramente inventado; pero, para los teatreros, muchos aspectos sabrán que se ajustan a hechos verídicos que no podrán obviar. Sigue leyendo

Calígula

Pablo Derqui brilla sobremanera con su interpretación del emperador en esta propuesta dirigida por Mario Gas

No vale con afirmar que este personaje creado por Albert Camus es un regalo para que el actor de turno se desgarre interpretativamente en escena. Lo que hace Pablo Derqui es soberbio. Desde luego nos hace pensar ipso facto en su papel en Roberto Zucco. Su Calígula incide en el tormento, en esa mezcla de hedonismo desenfrenado, lujuria y, a la vez, en melancolía irrefrenable sumada a la inconsistencia de su carácter voluble. Completar tan certeramente estas aristas no está al alcance de cualquiera.

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Las bodas de fígaro

Lluís Homar dirige esta reposición manteniendo la intensidad y la frescura de sus enredos

Foto de Ros Ribas
Foto de Ros Ribas

La dramaturgia del siglo XVIII ha de tomarse hoy en día con dosis muy leves. No podemos negar que el Neoclasicismo se empeñó en la didáctica y en la ejemplaridad para depurar costumbres que debían quedar constreñidas y olvidadas en el Antiguo Régimen. Pero de aquel lema horaciano —docere et delectare—, ya solo nos podemos quedar con el divertimento, con la experiencia de entretenernos; pues lo que conlleva de crítica —demasiado leve a nuestros ojos—, se diluye en situaciones muy alejadas de nuestras maneras contemporáneas. Todo ello, claro, si no pretendemos hacer sociología, que no es mi caso. Verdaderos problemas tuvo Pierre Caron de Beaumarchais para poner en pie La loca jornada o Las bodas de Fígaro, continuación de El barbero de Sevilla; puesto que a Luis XVI parece que le irritó que se cuestionaran los privilegios del sistema monárquico. En el Teatro de la Comedia de Madrid nos encontramos con la reposición del montaje que se estrenó en 1989 en el Lliure a cargo de Fabià Puigserver y que ahora dirige Lluís Homar —metido a la sazón en Las brujas de Salem en el barrio de al lado—, y adelantemos que el público disfruta y sale a la calle del Príncipe más que satisfecho. Sigue leyendo