El castigo sin venganza

Helena Pimenta dispone con una estética repleta de sobriedad esta cruenta tragedia del Lope maduro

Foto de Sergio Parra

Más allá de las grandes virtudes que atesora esta tragedia de madurez escrita por Lope de Vega allá por 1631, está la cuestión de crear un montaje modernizado en el que se pueda justificar el terrible final. En la propuesta de Helena Pimenta, con la aceptable versión de Álvaro Tato, quien ajusta atinadamente la función a la hora y cuarenta minutos, nos deleitamos con una estética austera. La escenografía de Mónica Teijeiro insiste en la oscuridad y en una negrura únicamente aliviada por la frescura de Casandra, cuando la iluminación de Juan Gómez Cornejo nos da un alivio. Detalle fantástico es el espejo que cuelga para mostrarnos eróticamente a los dos amantes yaciendo y cumpliendo el incesto. Nos recuerda, claro, a los espejos que aparecen en la mirada de Sanzol sobre Luces de bohemia, y que, vía esperpento, dialoga con ese famoso parlamento del Duque de Ferrara: «…que es la comedia un espejo / en que el necio, el sabio, el viejo, / el mozo, el fuerte, el gallardo, / el rey, el gobernador, / la doncella, la casada, / siendo al ejemplo escuchada / de la vida y del honor, / retrata nuestras costumbres, / o livianas o severas, / mezclando burlas y veras, / donaires y pesadumbres?». El asunto más significativo que me parece que ofrece esta obra tiene que ver con su estética y, concretamente, con su vestuario. Porque si bien es cierto que Gabriela Salaverri ha sabido dotar de elegancia a cada uno de los protagonistas con detalles, como los distintos sombreros (aceptemos los anacronismos de los bombines y las gorras italianas), junto a uniformes militares que, unitariamente, funcionan fenomenal con esos vestidos tan delicados en las pieles de Casandra; lo cierto es que provoca un contraste aún mayor en el desenlace. O sea, de qué manera se puede modernizar para que esa postura del honor ―tan vigente hoy en muchos de los asesinatos que se siguen perpetrando― pueda «comprenderse». Por abundar en la cuestión, si escapamos del contexto que imaginó Lope, apoyándose como se sabe, en una historia de Mateo Bandello ―y que nos remite tan claramente a Fedra―; entonces, hacia dónde nos lleva este espectáculo, a qué tipo de nobleza que llegue a esos extremos. En definitiva, a qué Ferrara. En el ámbito de la mafia, quizás, se entendería de otro modo. Punto importante que cada espectador deberá integrar en su experiencia particular. En otro orden de cosas, es de justicia reconocer que el trío protagonista encaja excepcionalmente en cada uno de sus papeles. Así, Joaquín Notario se balancea entre su vida disoluta del preámbulo, muy bien acompañado por Febo (Fernando Trujillo) y Ricardo (Alejandro Pau), quienes nos aproximan a la atmósfera prostibularia ―luego se integrarán en un coro junto a Anna Maruny e Íñigo Álvarez de Lara―; para después situarse en el pragmatismo matrimonial, para, a continuación, descender a su fría vesania. Aunque, me han gustado todavía más Rafa Castejón y Beatriz Argüello como pareja de enamorados. El primero haciendo de Federico, el hijo del Duque, trasluce esa pasión taciturna que tan certeramente logra representar en un rostro serio; pero aún capaz de revivir. La segunda, como la joven prometida, alegre, algo ingenua, y muy resuelta en el movimiento de su cuerpo. Ambos conectan en una complicidad erótica llena de candor. La acción se concentra tanto en la interacción de estos tres personajes, que el resto queda tapado y sin desarrollo concreto de subtramas. Eso no quita para que Lola Baldrich responda con chulería tanto en su Lucrecia, como en la prostituta del comienzo. Estupendo está Carlos Chamorro como el sirviente Batín, con ingenio y buena apostura. Finalmente, Nuria Gallardo como Aurora y Javier Collado como el Marqués de Gonzaga, vuelven a demostrar su solvencia. Por todo ello la función resulta equilibrada y se dispone con diferentes atractivos, entre ellos, la música que Ignacio García ha preparado (sobre todo por los cantos populares del sur de Italia en boca del coro). Esencialmente, porque es necesario acomodar la sentenciosidad de algunos parlamentos del Duque («Y no es bien que hombre nacido / sepa que yo estoy sin honra, / siendo enterrar la deshonra / como no haberla tenido»); ya que de lo contrario la falta de tramas secundarias, como apuntaba más arriba, podría convertir el montaje en un evento plomizo y alejado de su verdadero cometido. No es difícil imaginarse lugares del mundo, no muy alejados del nuestro, donde los matrimonios desiguales propician un abuso de poder y donde las infidelidades se pagan con muertes ejemplares; por eso, la vigencia de los temas es patente; aunque eso requeriría un contexto dramatúrgico más definido.

El castigo sin venganza

Autor: Lope de Vega

Versión: Álvaro Tato

Dirección: Helena Pimenta

Reparto: Alejandro Pau, Fernando Trujillo, Joaquín Notario, Lola Baldrich, Nuria Gallardo, Rafa Castejón, Carlos Chamarro, Beatriz Argüello y Javier Collado

Coro: Anna Maruny, Fernando Trujillo, Alejandro Pau e Íñigo Álvarez de Lara

Asesor de verso: Vicente Fuentes

Asesor de canto: Juan Pablo de Juan

Coreografía: Nuria Castejón

Selección y adaptación musical: Ignacio García

Vestuario: Gabriela Salaverri

Iluminación: Juan Gómez Cornejo

Escenografía: Mónica Teijeiro

Compañía Nacional de Teatro Clásico

Teatro de la Comedia (Madrid)

Hasta el 9 de febrero de 2019

Calificación: ♦♦♦

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