Celia en la revolución

La novela inconclusa de Elena Fortún ha sido adaptada para el teatro con una dramaturgia algo ingenua

Foto de marcosGpunto

Aunque el tiempo pase, no hace falta más que indagar en el imaginario sentimental de nuestros antepasados más próximos para comprobar el efecto que produjo en su momento la lectura de aquellos libros que tuvieron a Celia como protagonista y a Elena Fortún como su autora. La importancia de las primeras lecturas en una persona marca direcciones, hábitos y recuerdos verdaderamente indelebles. La recuperación de la novelista se puede palpar, por ejemplo, en el renombramiento de la antes conocida como Biblioteca Pública de Pacífico y, ahora también, con esta adaptación teatral de aquella obra inconclusa con la que pretendió zanjar la serie; y con un montaje dedicado a su biografía que verá la luz en los próximos meses. Pero la cuestión, creo, a la hora de valorar la propuesta que podemos ver en la sala grande del Teatro Valle-Inclán, no debe radicar en la conjunción de los elementos extraliterarios, ni en lo que ha supuesto para España la guerra civil que aún colea; sino en lo que artísticamente se ha logrado manifestar. Y es que la dramaturgia es tan ingenua como la protagonista. Llevar esta historia, que básicamente transcurre durante el periodo del enfrentamiento fratricida, hasta las dos horas y con un ritmo moroso, lleno de diálogos explicativos en demasía, nos hace pensar hasta qué punto es un texto adecuado para trasladarlo a escena con un público masivamente adulto en las butacas. Sigue leyendo

La vida es sueño

Los jóvenes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico despliegan su buen hacer con la tragedia de Calderón en la despedida de Helena Pimenta como directora

Foto de Sergio Parra

Cada una de las incursiones en la obra magna de nuestra literatura es un recuerdo de su consistencia estructural, de su poética barroca y de esa profusión filosófica sobre las cuitas de la Edad Moderna; desde la duda cartesiana hasta el cuestionamiento del dios todopoderoso (podemos recordar la fantástica propuesta de Carles Alfaro hace un par de temporadas). Vuelve Helena Pimenta con la obra que tanto éxito le dio cuando puso a Segismundo en la piel de Blanca Portillo. Ahora se despide de la Compañía Nacional de Teatro Clásico ―con honores―. Que retome la versión de Juan Mayorga (muy ajustada en los tiempos para lograr un brío enérgico y satisfactorio) con los jóvenes de la Compañía, es una apuesta firme por adentrarse en vericuetos complejos. La función, desde luego, es muy atractiva visualmente, y es debido al espacio escénico que Mónica Teijeiro ha imaginado. Porque la sala Tirso de Molina, en la quinta planta del Teatro de la Comedia, está resultando en estos pocos años que lleva activa como un lugar bien versátil; y así se da muestra de ello en este montaje. Se aprovechan al máximo las alturas: Rosaura corretea en su huida por las pasarelas que permiten colocar los focos a los técnicos, Segismundo aparecerá por un recoveco central y el elenco al completo se adentrará por cualquier esquina sobredimensionando las perspectivas. El conjunto es sencillo, pues los elementos con los que se juega son mínimos: apenas un piano y una cortina de láminas traslúcidas en el fondo. Sigue leyendo

El castigo sin venganza

Helena Pimenta dispone con una estética repleta de sobriedad esta cruenta tragedia del Lope maduro

Foto de Sergio Parra

Más allá de las grandes virtudes que atesora esta tragedia de madurez escrita por Lope de Vega allá por 1631, está la cuestión de crear un montaje modernizado en el que se pueda justificar el terrible final. En la propuesta de Helena Pimenta, con la aceptable versión de Álvaro Tato, quien ajusta atinadamente la función a la hora y cuarenta minutos, nos deleitamos con una estética austera. La escenografía de Mónica Teijeiro insiste en la oscuridad y en una negrura únicamente aliviada por la frescura de Casandra, cuando la iluminación de Juan Gómez Cornejo nos da un alivio. Detalle fantástico es el espejo que cuelga para mostrarnos eróticamente a los dos amantes yaciendo y cumpliendo el incesto. Nos recuerda, claro, a los espejos que aparecen en la mirada de Sanzol sobre Luces de bohemia, y que, vía esperpento, dialoga con ese famoso parlamento del Duque de Ferrara: «…que es la comedia un espejo / en que el necio, el sabio, el viejo, / el mozo, el fuerte, el gallardo, / el rey, el gobernador, / la doncella, la casada, / siendo al ejemplo escuchada / de la vida y del honor, / retrata nuestras costumbres, / o livianas o severas, / mezclando burlas y veras, / donaires y pesadumbres?». Sigue leyendo

Contra la democracia

Una colección de siete fragmentos satíricos y surrealistas sobre la realidad económica y social que vivimos

Hace casi un año el Teatrul Odeon de Rumanía recalaba en Madrid con su particular montaje de Contra la democracia. Ya en aquel momento señalé que el texto de Esteve Soler me parecía que estaba lleno de gestos demagógicos y de un discurso evidente e infantil. Uno duda si volver a intentarlo, si volver a enfrentarse a esos siete fragmentos con la esperanza de que el director y los actores expriman algo de jugo. Pero es imposible; y no porque el elenco fracase en su tarea. De hecho, todo el grupo se afana con decisión en cada uno de los papeles que les toca interpretar. Si algo ha de ser valorado positivamente en estos sketches del dramaturgo barcelonés es la variedad de estilos dramáticos con los que pretende impactarnos. En el primero, unos futuros padres, en un diálogo quejoso sobre sus condiciones laborales y sobre su insulsa cotidianidad, ven cómo nace su vástago. Un arácnido que se dispone a devorarlos, sería como la contra del insecto kafkiano que se amedrentaba en su habitación horrorizado por su metamorfosis. Aquí el engendro surge empoderado por su instinto depredador. La metáfora es estupenda y visualmente resulta muy atractiva; pero los diálogos críticos con el sistema son de un maniqueísmo inútil. Y así va ocurriendo casi con cada relato. Sigue leyendo

Iphigenia en Vallecas

María Hervás se mete en la piel de una «nini» para relatarnos el drama de su existencia

La Ifi es una choni de categoría. Es una de esas tías que vienen determinadas desde su nacimiento por la clase social a la que pertenecen. Ella es de clase baja. Ella vive con su abuela —no preguntemos por sus padres. Sale por su barrio como si fuera la reina de la calle, a ella no le chista ni Dios. Se hidrata el gaznate con todo lo pilla día sí y día también para cogerse unas buenas melopeas con su comadre la Silvi. Folla con Rique, un musculitos de risa ridícula —onda Beavis and Butthead— con quien tiene el miramiento de hacerlo con preservativo, a todas horas. Nada más, salvo reconocer que esto es una máscara, la gran pose de una piba que tiene muy difícil encontrar trabajo (suponemos que no tendrá estudios), que carece de contactos; que, a pesar de su soltura con los colegas, no sería capaz de cumplir con un horario y con una disciplina. Resulta fundamental comprender qué «utilidad» poseen este tipo de individuos en la sociedad y para ello debemos recurrir a uno de los ensayos que más ha dado en el clavo en los últimos tiempos y que, además, estudia el caso británico, de donde parte esta obra; y es Chavs, la demonización de la clase obrera, de Owen Jones. Sigue leyendo

Mármol

Un melodrama fantasioso y romanticoide sobre las crisis existenciales de la clase media alta

Foto de Moisés Fernández Acosta
Foto de Moisés Fernández Acosta

Parece claro, si ponemos de nuestra parte, adonde nos quiere llevar el texto escrito por Marina Carr: cumplir con tus deseos, aunque esto suponga romper con todo. Para llegar aquí se nos presentan, inicialmente, dos individuos, puro y brandy bien engarzados entre las falanges, vestidos de traje; pongamos que deben ser dos ejecutivos comiendo y que, además, son amigos. Art, el personaje que interpreta Pepe Viyuela, comenta con normalidad y, también, con cierto detallismo, que ha soñado con la mujer de Ben, a la que hace mucho tiempo que no ve (llega, incluso, a afirmar que si la viera por la calle no la reconocería). Él ha dejado que su ensoñación se la muestre rubia y esplendorosa, dispuesta para el tórrido desenfreno. Lo curioso es que la propia Catherine ha tenido el mismo sueño. Y lo que podría ser una simple coincidencia, propicia para desencadenar una agitación de las costumbres y los principios, se arrastra hasta el terreno de la fantasía romanticoide; puesto que detrás del primer día, se encadenarán los siguientes, en una especie de vida paralela y adúltera en un cosmos onírico, donde les espera una exótica suite forrada de mármol. Sigue leyendo