Un enemigo del pueblo (ágora)

Rigola reduce la obra de Ibsen a su mínima expresión para debatir con el público sobre la democracia y el sufragio universal

Foto de Vanessa Rábade

Resulta muy difícil trasladar el planteamiento de Ibsen a este presente tan complejo en el que nos ha tocado vivir y, además, pretender que un caso local, con implicaciones muy personales que sitúan entre la espada y la pared a los afectados, pueda servir de ejemplo para evaluar a las democracias liberales de nuestra contemporaneidad. Caer en el reduccionismo y, por lo tanto, en el populismo y la demagogia es muy sencillo; y así ocurre. Esto ya lo comenté con otra versión que se presentó hace tres años titulada Stockmann (donde curiosamente también empleaban una pizarra como en esta ocasión utiliza Max Glaenzel en la rácana escenografía que presenta. La cuestión es que nos tienen que dar la lección en el aula). Al entrar en la sala nos encontramos con la palabra ethiké repartida en unos enormes globos. La remisión en griego a la ética, nos tiene que hacer pensar obligatoriamente en Aristóteles. Fundamentalmente por famosa Ética nicomaquea (donde se desgrana el valor de las virtudes y sus posturas teleológicas) y, también, por ser un filósofo que caracterizó la democracia a través de los conceptos de isegoría (igualdad a la hora de emitir una opinión) y de isonomía (igualdad ante la ley). Bien, pueste este montaje no empieza con la emisión de los pareceres, con el enfrentamiento de las ideas, con la concreción sobre los conceptos sobre los que se quiere dirimir. No. Aquí los sofistas, entre la algarabía, entre el chichisbeo del estreno, nos impelen a votar a través de las cartulinas que nos han repartido. «¿Creéis en la democracia?». Y la gente vota. Y nadie cuestiona nada. Sigue leyendo

Esto no es La casa de Bernarda Alba

Una versión expresionista y onírica que envuelve en danza el texto de Lorca para caer en un feminismo inane

Esta representación sí es La casa de Bernarda Alba; y sí, las mujeres ya no viven inmersas en esa asfixia carpetovetónica de folclorismo judeocristiano, adocenante y opresor. Resulta muy paradójico que la obra comience con las presunciones del propio Lorca que resuenan a lo que afirmó en su famosa conferencia «Un poeta en Nueva York»; con aquello de: «yo necesito defenderme de este enorme dragón que tengo delante, que me puede comer con sus trescientos bostezos de sus trescientas cabezas defraudadas». El dramaturgo granadino tenía claro que su teatro debía trascender, que debía sujetar por la pechera al respetable para agitarlo en su sentir y en su conciencia. Quería, en definitiva, luchar contra ese teatro burgués convencional que no inmutaba a nadie. Porque todavía vivió en una época donde este arte podía influir y trastocar el pensamiento. Actualmente las influencias están en otro lado y lo que ocurre en los escenarios, cuando quiere ir más allá, solamente llega a una minoría. Sigue leyendo

Sueños

Gerardo Vera monta un «infierno blanco» en el Teatro de la Comedia para escenificar las sátiras quevedescas

Lo tópico para representar unos textos tan señeros como estos de Quevedo, hubiera sido acogerse a un cuadro viviente del Bosco y llenarlo de caricaturas y de seres degradados por el vicio; pero Gerardo Vera ha desarrollado una contradictio in adjecto, es decir, un espectáculo barroco minimalista. Aunque antes de enfrentarnos a la función que nos compete, es pertinente situarnos en 1604. Nuestro insigne escritor se encuentra en Valladolid, donde también habitan Cervantes y Góngora. Por aquellas comienza a cartearse con el humanista Justo Lipsio (1547-1606), introductor de la sátira menipea, gracias a su Somnium; además de ser uno de los precursores del neoestoicismo en Europa. Esta influencia será básica para la creación de los Sueños, compuestos a lo largo de varios años, cuando no había cumplido los 30; luego, en 1629, preparó una nueva edición en la que depuraba ciertas insolencias acerca de la religión, y que publicó en 1631. En total son cinco discursos, cinco ensoñaciones donde pretende moralizar, criticar y expurgar la sociedad de su tiempo; para ello se acoge a los recursos propios del conceptismo, para deformar y parodiar las faltas de la virtud en un ambiente por momentos surrealista. Sigue leyendo

Sueño de una noche de verano

Darío Facal presenta esta famosa comedia de Shakespeare con una renovada apuesta por la parodia

Foto de Elisa Abión
Foto de Elisa Abión

Durante esta temporada ya hemos tenido oportunidad de asistir a una versión de Sueño de una noche de verano. Los coreanos, dirigidos por Jung-Ung Yang, se inclinaron por una mezcolanza animista más propia de un divertimento callejero que de una aproximación trascendente de la comedia shakesperiana. Darío Facal, afortunadamente, ha vuelto a renovar con su mirada de farsa (conecta muy bien estéticamente con el montaje de Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín que nos regaló hace poco unos meses) las historias de amor, naturaleza y metateatro que bordó el bardo con gran genio. Pero… ¿quién es, en verdad, el protagonista? Muchos y ninguno. Hasta tres hilos argumentales se ponen en funcionamiento, muy bien recortados para que la fluidez sea máxima durante la hora y media larga que dura el montaje. Por un lado, contamos, en Atenas, con la presencia de Hipólita (llevada por Carmen Conesa con serenidad; luego, como Titania, aportará un toque erótico a través de su vestimenta) y Teseo (Alejandro Sigüenza sigue a su compañera con la altivez bondadosa propia de su personaje y, después, bien malicioso en el papel de Oberón), el duque y la reina de las amazonas están a punto de casarse, pero antes de que se celebren los fastos, deben mediar en un conflicto de compromisos maritales fallidos. Egeo, un caballero, no puede aceptar que su hija, Hermia, desee a Lisandro en menoscabo de Demetrio, de quien está enamorada Helena. Dos parejas destinadas al equívoco dentro del bosque en el que las hadas y los duendes hacen de las suyas, mientras Cupido cumple con su labor. En otro plano participan, como ya se ha comentado, en el interior de la frondosidad, los reyes Titania y Oberón en disputa. Sigue leyendo

Los hermanos Karamázov

Unas actuaciones fabulosas levantan una versión reduccionista de la obra de Dostoievski

Foto de Sergio Parra
Foto de Sergio Parra

Nadie puede dudar a estas alturas que Gerardo Vera conoce su oficio, que domina el arte de la escenografía, que sabe dirigir a sus actores y que es capaz de propiciar momentos de sugerente belleza en sus funciones; pero, ¿qué nos depara una adaptación teatral de una obra realista del siglo XIX compuesta por unas mil doscientas páginas que aquí se reducen a casi tres horas? Si lo importante de esas novelas decimonónicas es el argumento, entonces toda la historia de la literatura está llena de buenos motivos. No, esas obras son valoradas por cuestiones, en absoluto literarias (de hecho, para la literariedad, fueron un retroceso), sino por el ambiente, las ideas, el reflejo de una sociedad, es decir, aspectos sociológicos, antropológicos e históricos. Pretender que en tres horas se pueda reflejar el mundo que plasmó Dostoievski, es como darnos por satisfechos cuando los preadolescentes se leen esas terribles versiones de El Quijote. Lo que leen, evidentemente, no es nada que se aproxime al verdadero valor de El Quijote, que no es que un caballero andante se estampe contra unos molinos, sino su arte literario. Sigue leyendo

Los nadadores nocturnos

Una función que se zambulle con algún desvarío en las vidas de unos individuos golpeados por los avatares de la modernidad

 

Ya es un tópico de nuestra contemporaneidad. Lo veíamos el otro día con Sé de un lugar. La vida cuesta. La vida urbana con sus reglas tremebundas y nuestra incapacidad para adaptarnos a los ritmos del mundo moderno conlleva hecatombe emocional. Acostumbrados a que nos lo hagan todo, tanto en casa como fuera (mediante pago, por supuesto), nos predisponemos hacia la irresponsabilidad y hacia el sufrimiento de la incomprensión. Los nadadores nocturnos, en realidad, son un grupo de avestruces que meten la cabeza debajo del agua, unos buceadores de algodón huyendo del ruido atroz de la existencia compleja. Sigue leyendo

Los cuentos de la peste

Mario Vargas Llosa se sube al escenario como un actor más en su obra sobre el Decamerón

cuentos_peste_escena_05Uno accede al Teatro Español y luego penetra a través de los vomitorios y se encuentra con la peste en un caballo y una fuente muerta en el centro, donde debían situarse las butacas. Aquel espacio nunca antes ha sido tan acogedor, recrea un ambiente mágico, un lugar que debe dar cabida a la transición entre el Medievo oscuro, pero también lúdico, y el Renacimiento que debe iluminar el futuro recogiendo las esencias del pasado clásico. Luego comienza la función y aparece Mario Vargas Llosa para empujarnos hasta la Villa Palmieri.  Sigue leyendo