Las canciones

Una experiencia salvadora a través de la escucha profunda de esos temas musicales que configuran una biografía emotiva

Foto de Vanessa RábadeOír o escuchar. La música está con frecuencia demasiado al fondo en nuestras vidas. La música suena mientras realizamos otra actividad. La música suena mientras nos pretenden vender un objeto. La música suena para tapar el angustioso silencio, cuando una pareja ha perdido la conversación. El melómano vive rodeado de vinilos y cada día se sienta en un sillón de cuero para deleitarse con la escucha. Una experiencia estética que indudablemente puede ser transformadora y que posee el influjo mágico de la intromisión abstracta. A través de personajes que nos remiten inequívocamente a Chéjov (por ahí andan algunas de las Tres hermanas, por ejemplo) asistimos a una liturgia, a una cura; pero, también, a una escapatoria, a una reclusión, a una dictadura de la emoción salvífica. El padre músico ha muerto; pero su fama ha quedado desvanecida por un acto terrible, que nos hace pensar en un asesinato. Los hijos sufren por su pérdida; aunque da la impresión de que la ausencia de su guía y su anclaje terrenal ha evidenciado dosis de inmadurez y de proyecto vital consistente. La extrañeza de la situación ―ya desde el principio, la gran parte de la función consiste en escuchar canciones―, nos puede recordar a esa visión tan angustiosa con que mira la realidad el director de cine Yorgos Lanthimos. La primera parte, la cara A, me parece algo prosaica, como si al dramaturgo le resultara bastante serio y sentencioso entrar en honduras de manera radical. Se da cierto distanciamiento y se maneja una comicidad un tanto chabacana, concretamente a través del papel que interpreta Carlota Gaviño; pues hace de «maruja canaria». Sigue leyendo

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El jardín de los cerezos

Una propuesta visualmente muy atractiva de Ernesto Caballero donde se pretende modernizar a Chéjov

Foto de marcosGpunto

Encontrar el punto preciso entre la nueva perspectiva y la vigencia de un argumento que se nos escapa en el tiempo más allá de que los temas rebroten como en cualquier clásico. Hasta qué punto la versión de Ernesto Caballero recae ante todo en el ambiente creado por su equipo artístico. Porque la escenografía de Paco Azorín es extraordinaria, ya que cada una de sus propuestas a lo largo de la función encajan en un gran atractivo visual. Una combinación de detalles que van desde una gigantesca casa de muñecas, a la abertura en diagonal del enorme parqué para crear una vereda mientras caen las hojas y nos amplían la mirada hasta un horizonte tan lejano, pasando por ese pequeño tren que simula el viaje inicial de los protagonistas o esas enormes pantallas que jalonan el escenario (allí se plasman los vídeos ilustrativos de Pedro CHamizo). Una atmósfera otoñal, taciturna, macilenta en ocasiones, iluminada por Ion Anibal con preciosismo. A ello se añade el vestuario de Juan Sebastián Domínguez, quien salva casi todas las estridencias, apegándose a una elegancia contemporánea, un tanto casual y pija, claro (podemos fijarnos en el vestido diseñado por Ulises Mérida que lleva Carmen Machi). Además, el movimiento ideado por Carlos Martos logra que esa amplitud de la escena lo sea aún más. Las pegas que se pueden poner tienen que ver más con aspectos textuales; pues, aunque resulta ágil al oído (recorte mediante para ajustarlo a una disfrutable hora y cincuenta minutos), no parece que se haya actualizado el lenguaje (por ejemplo, el tratamiento de los señores y de los criados) tanto como para que sea coherente con lo visto. Sigue leyendo

Vania (escenas de la vida)

Àlex Rigola nos «encierra» con los cuatro personajes principales de la obra de Chéjov, para adentrarnos en la esencia de su angustia

Vania dialoga consigo mismo más allá de sus dramaturgistas. Mientras Daniel Veronese en Espía a una mujer que se mata «encierra» a los personajes del drama en un reducto de apenas unos metros cuadrados; Rigola «encierra» a sesenta espectadores en un gran cajón para toparse con cuatro actores que no renuncian a su nombre y que se aproximan al papel que les toca representar con una engañosa timidez. Lo verdaderamente trascendental de esta adaptación es la búsqueda denodada del poso existencial y, por lo tanto, esa casa de campo rusa, esa dacha luminosa que habitamos, es como un decantador catártico que da cuenta de lo esencial. En aquel 1899 en el que Chéjov publica su Tío Vania, cinco años antes de morir de tuberculosis, se concentran las síntesis del irracionalismo. O acaso no podemos percibir a Kierkegaard, con aquellos dos hombres sumidos en el denominado «estadio estético», buscadores de placer y entregados a la seducción. Sigue leyendo

Espía a una mujer que se mata

Daniel Veronese plantea un Tío Vania propulsado por un elenco que lleva a límite su asfixia existencial

Foto de marcosGpunto

Quizás, cuando uno se adentra en el tedio, aceptando que Chejov es así, con su brillantez, pero también con su plomizo proceder, echa en falta algo más de ímpetu, del nerviosismo con el que hoy en día nos comunicamos. Pues Veronese nos lo concede y lleva a su máxima esencia esta obra hiperrepresentada (la temporada anterior el Vania, de Carles Alfaro). Si todo se redujera a la trama, a la observación de los deseos de cada uno y de cómo las piezas deben encajar, terminaría por ser un culebrón. Muy a la contra, es una oda nihilista que deja entrever fatuamente una esperanza existencial en la búsqueda de la belleza; ya sea en el arte o en la naturaleza o en las mujeres. Ahí tenemos, por ejemplo, la reiterada frase de Ostrovksy acerca de la lucha por liberar a «la belleza». La autoparodia irónica que el dramaturgo argentino pone en la boda de Serebriakov nada más empezar es toda una declaración de intenciones sobre su propuesta estética: «No querida, no… Empieza la función, y en un cuarto de tres paredes sucias, desangeladas, iluminado por una luz fría y artificial, ves a esos grandes talentos, a esos nuevos sacerdotes del arte sagrado, representando a la gente comiendo, hablando… Siempre los mismos, se repiten actores, no usan vestuario, los mismos decorados siempre… Y se creen que están haciendo un servicio a la humanidad». Sigue leyendo

Vania

Regresa el clásico de Chéjov levemente renovado en una función que se ubica en África

VANIA MOMA TEATRE (7)Carles Alfaro vuelve con El tío Vania, como ya hizo en el 2008, aunque esta vez en una versión mucho más esencial escenográficamente, pero de igual forma espléndida. El gusto con el que trabaja el director valenciano está de sobra probado y su predilección por Chéjov, también. Hace un par de años nos maravilló con Éramos tres hermanas y la temporada anterior nos descubrió piezas del ruso no tan conocidas en Atchúusss!!!. Vania te da la oportunidad de adentrarte en un microcosmos de relaciones infaustas, donde la decepción por las vidas que no han sido y la melancolía por un futuro abúlico y destinado a la repetición se presentan entreveradas. Encontramos varios protagonistas, el tío se puede llevar gran parte de nuestra atención, pero el doctor Astrov puede que sea más atractivo dramáticamente hablando; posee cierto carisma, una sutil elegancia en las formas y la romántica mirada del idealista perdedor que tanto fascina a Sonia (la sobrina de Vania) y que cautivan exitosamente a Elena, la segunda mujer del profesor Serebriakov. Este mismo profesor, aunque no posea escenas relevantes, también abre una especie de hilo conductor con el exterior de aquella África a la que nos ha trasladado en esta ocasión Carles Alfaro. ¿Y los temas? Ciertamente inagotables. El primero de ellos, la taciturnidad de esas gentes que se han encontrado en aquella hacienda para revelarse, en su pesadumbre animosa, que no han llegado a nada. Pero también está el amor imposible de las tres mujeres y del propio Vania que entre su incapacidad para el flirteo conveniente y la avidez del doctor, ha vuelto a sufrir en sus carnes el desengaño. Y no podemos olvidarnos del cuestionamiento existencial que tanto circunda en sus conversaciones. Da la impresión de que la historia les ha llevado hasta el final y que lo observan con verdadera insignificancia. Tanto para esto. Y, encima, con el humor amargo que se destila al tercer o cuarto trago. Sigue leyendo

El pabellón número 6

Adaptación de la novela corta de Chéjov, donde se cuestionan trágicamente los objetivos de los manicomios rusos

Gromov_AndreiAl principio, el doctor Andrei Efimich Ranguin se lamenta, mientras ingiere un poco de vodka, por su situación en aquella ciudad de provincias a la que ha sido destinado. Apenas puede conversar con nadie que aprecie el mundo del conocimiento humanístico. Un día encuentra en el pabellón nº 6, uno de esos espacios inhóspitos dentro de esas instituciones hospitalarias ya de por sí cochambrosas de finales del XIX en la Rusia imperial, a un enfermo recluido ahí por padecer de manía persecutoria. Es Ivan Dimitrich Gromov, un joven treintañero que en otro tiempo había desempeñado los trabajos de maestro y secretario provincial, alguien con suficientes lecturas en su haber como para mantener una conversación persuasiva con el doctor. Moseika, otro interno, el único que tiene permiso para corretear por donde quiera y salir fuera, también nos acompañará, mientras debemos imaginarnos la presencia beoda de Nikita, un guardián insolente. Sigue leyendo

La gaviota

Los lituanos del Teatro Municipal de Vilna presentan una versión de Chéjov trastocada por unos inesperados fallos técnicos

foto gaviotaCuando uno acude a ver una obra de Chéjov ya sabe a lo que se expone. Las sorpresas y los giros dramáticos permanecen ausentes, atisbándose de vez en cuando en leves gestos o en discusiones que apenas duran unos minutos. Pero, en esta ocasión, un hecho inédito en el Teatro Valle-Inclán logró llenar de inquietud al respetable. Un pitido constante y molesto apareció al comienzo de la obra y, ante la imposibilidad de anularlo, se decidió parar la obra durante unos minutos. Hasta ese momento parece que la compañía —prácticamente en escena durante toda la función— se resiste a comenzar, aunque sabemos que lo han hecho porque lo poco que dicen aparece traducido en los sobretítulos. El protagonista, Treplev, un joven aspirante a dramaturgo, se dispone a presentar a su familia su última obra, un texto lleno de lirismo interpretado por su amada Nina. Todo resulta un desastre, se llena de humo, no se comprende nada, a la vez, continuamos perplejos con el pitidito. Se mezcla la realidad con la ficción de la ficción, un Chéjov metateatral imprevisto. Ya alguien desde el público había gritado (las luces de la platea seguían hasta entonces encendidas): «¿Es esto la función?». Martynas Nedzinskas, que se mantiene meditabundo, ya sea por debut frente a sus allegados, ya sea por la impotencia de no saber qué hacer en tal situación, hace un gesto mirando al público de más o menos. También durante esos instantes previos a su obra antes de la «obra», habían intercalado explicaciones en inglés sobre la situación, pero ellos iban tirando con su Gaviota, una especie de vanguardismo. Nadie pudo asegurar, hasta que los propios técnicos los confirmaron, que todo aquello fuera premeditado. Sigue leyendo

El duelo

Un relato corto de Anton Chéjov, llevado al teatro por Yakovlev de mano del Teatro de Arte de Moscú y representado por unos actores de grandísima categoría

CDN-El-duelo_Anton-ChejovLo de Chéjov es una pasión inútil. Uno busca y rebusca. Intenta descubrir las claves alegóricas entre las escenas anodinas, atrapar algún instante de verdad subterránea, pero se llega a la conclusión de que casi no hay nada. Tres horas con descanso en un escenario repleto de cabos colgando en una bahía en el Cáucaso donde se suceden lentamente cada uno de los actos. Allí se encuentra primeramente Laevski entre vino y más vino con su amigo Samoylenko para relatarle desesperadamente que ya no quiere a su amante. Por otro lado, conocemos a Von Koren, un naturalista defensor de la eugenesia. Ese es el duelo: las costumbres disolutas de Laevski al que no le importa mostrar a su amante contra la visión depuradora de alguien que quiere mejorar la especie acabando con estos vividores que ya no respetan ni el cinismo en la sociedad. Unas pizcas de humor negro. Algún personaje deslavazado en forma de sobrevenido amante o de señora con modales especialmente conservadores. También algo de diálogos que no llevan a ningún sitio. Sigue leyendo