Juegos para toda la familia

Sergio Martínez Vila ha escrito un violento drama acerca del abuso insolente de los poderosos sobre unos migrantes sirios

Foto de Laura Ortega

«La obra contiene escenas y expresiones que pueden herir la sensibilidad del espectador», avisa el Centro Dramático Nacional. Afortunadamente, hace tiempo que Sergio Martínez Vila pretende exactamente eso, herirnos en nuestra conciencia con propuestas de carácter político que nos atañan desde los sucesos contemporáneos con sus efectos. Quien haya seguido a este autor en los últimos meses habrá asistido a dos obras como El fin de la violencia o En La Ley, antecedentes claros de sus orientaciones ideológicas. En el montaje que se presenta en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero, nos encontramos con una familia enriquecida por la venta de armas a países tan incumplidores de los derechos humanos como Arabia Saudí. La familia en cuestión aprovecha cualquier celebración —en este caso, el cumpleaños del hijo— para ejecutar sus juegos macabros. No es difícil situarse estéticamente en la Saló o los 120 días de Sodoma, de Pasolini, película basada en la novela del Marqués de Sade; pero también en el cine de Michael Haneke o en el Battle Royale, Kinji Fukasaku. Desgraciadamente, el dramaturgo ha perdido la oportunidad de apostar por un entramado sostenido en exclusiva por los juegos —que es cuando el drama resulta verdaderamente creíble e interesante—; sin embargo, vuelve a caer en su vicio por las explicaciones. Parece que Martínez Vila sabe muy bien adónde quiere ir y qué tipo de ideas quiere trabajar; pero después renuncia a construir escenas con diálogos —o caracterizaciones— que vivifiquen el acontecimiento. Aquí un par de refugiados sirios van a servir de esclavos sexuales y de animales de presa para unos «entretenimientos» extremos que se llevarán hasta las últimas consecuencias. El planteamiento es suficientemente potente —y más en esta bruma sobre lo políticamente correcto; y más en un teatro público—, como para que todas las instrucciones y prescripciones a las que se nos somete como espectadores sobren. Se nos da cuenta de la historia familiar, de los entresijos del palacete en el que viven, de anécdotas pretéritas sobre el comportamiento del padre o de la madre para remarcar su amoralidad —como si no fuera a quedar clara con sus acciones. Con las pistas que se nos ofrecen al principio, ya tendríamos bastante. Por ejemplo, uno de los primeros juegos es el ¿quién soy? Se plantifican las tarjetas y nos topamos con el propio Sade, con Lady Di (que murió junto a Dodi Alfayet, quien era sobrino de Khashoggi, el famoso vendedor de armas saudí) y con Víctor Jara, el cantautor y director de teatro chileno, asesinado tras el golpe de estado perpetrado por Pinochet (apoyado por Estados Unidos y, después, por los Chicago Boys, quienes impusieron sus arrasadoras recetas neoliberales). Por lo tanto, hablamos del poder de aquellos individuos que actúan en la sombra y de los que tenemos un relato entreverado de conspiranoia, donde se unen los masones, los Rothschild, el Priorato de Sion, el Club Bilderberg, el Club de Roma o los transhumanistas; aunque seguramente todos pertenezcan a la misma raza, aquella que reflejó John Carpenter en Están vivos (1988). De esta forma, El Nene se convierte en máximo protagonista. Acaba de llegar a la mansión para celebrar su cumpleaños y se topará con dos buenos «especímenes» para que los fastos deparen orgasmos y éxtasis. Daniel Jumillas —un actor que está demostrando su gran solvencia y apostura en estos pasados años, sobre todo con Yogur/Piano—, se afana son sonrisa sardónica y desfachatez altiva. Es un anfitrión insolente en ese itinerario (demasiado ilustrativo) por las estancias marmóreas que ha diseñado David Orrico y que emana frialdad; cuando a los migrantes los instruye en una coreografía típicamente pop y llevada al ridículo. El matrimonio está compuesto por Papá, un Miquel Insua lascivo que disfruta de lo lindo con el strapon, se deleita con sus devaneos homosexuales y con cierto aire juguetón que modera su agresividad; y por Mamá, interpretada por Lola Manzano con tanta displicencia como prepotencia. Con ellos vive La Nana, que es encarnada por Mercedes Castro, quien, más allá de la docilidad que debe mostrar como abnegada sirvienta, resulta excesivamente dubitativa. La verdad es a que los cuatro, por lo visto en algunas fases de la función, les falta un poco de rodaje; puesto que, aparte de fallos puntuales, se nota que las frases no han adquirido la velocidad pertinente. Magníficos me han parecida las pobres víctimas, tanto Lolo Diego, que sostiene la entereza y la sorpresa de principio a fin; y, sobre todo, Angela Boix, que lleva su personaje al extremo, con dolor y pesadumbre. De ella escuchamos una larga conversación telefónica en árabe que se ha decidido no sobretitular; aunque podemos deducir fraternidad y amistad; también esperanza. Ellos dos son los que con sus gestos, sus lloros y sus incapacidades lingüísticas, demuestran que es ahí donde lo dramático cobra sentido; donde el acaecimiento nos alcanza absolutamente. Tratados como bestias, se ven obligados a sobrevivir en un bosque para que los señores jueguen a cazar. No destriparé el final; pero tengo que reconocer que es iluminador y que posee verdadera ironía trágica. La pulsión lúdica se sobrepone a la moral y como, afirmó Huizinga en su célebre Homo ludens, aquella antecede a la propia cultura. En Juegos para toda la familia se evidencia claramente, hasta el punto de constreñir el nihilismo de esa gentuza hastiada de su propia superioridad. Un espectáculo que puede llegar a angustiar y que dispone de un trabajo de luces de Lola Barroso muy meritorio para las condiciones de la sala; y un espacio sonoro basado en ritmos de una electrónica que me han recordado a la banda sonora de The Neon Demon, creada por Cliff Martínez: onírica, sádica y demoniaca. Sergio Martínez Vila ha organizado —con la dirección ambiciosa de Juan Ollero, quien ha exprimido al máximo cada recoveco— todo un baile macabro de disfraces, una danza de la muerte; lástima que su inclinación a lo narrativo evite que esta obra sea más redonda. Aun así, pocos montajes en la escena española son tan persuasivos y provocadores políticamente como este.

Juegos para toda la familia

Texto: Sergio Martínez Vila

Dirección: Juan Ollero

Reparto: Ángela Boix, Mercedes Castro, Lolo Diego, Miguel Insua, Daniel Jumillas y Lola Manzano

Escenografía: David Orrico

Iluminación: Lola Barroso

Diseño cartel: Javier Jaén

Fotos: Laura Ortega

Producción: Centro Dramático Nacional

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 30 de diciembre de 2017

Calificación: ♦♦♦

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