Dos nuevos entremeses, nunca representados

Ernesto Arias monta estas dos piezas cervantinas con el ambiente propicio del Barroco más burlesco

Foto de Sergio Parra

No podemos más que celebrar que estas dos nuevas piezas se sumen a los Entremeses que recuperó José Luis Gómez, quien también protagonizó su particular Celestina, auténtico vaso comunicante con el ambiente picaresco y marginal que exponen estas piezas que Ernesto Arias dirige en el Teatro de La Abadía. Avancemos que el montaje está repleto de aciertos que permiten sublimar unos textos que en su trama esencial son bastante sencillos; pero que tanto literaria como sociológicamente poseen un valor incuestionable. Con tal de alargar hasta la hora y veinte minutos unas historias que no darían, desde luego, para tanto, se han tomado una serie de decisiones teatrales —aquí hay que felicitar tanto al director como a Brenda Escobedo, responsable de la dramaturgia—, decisorias y plenamente exitosas (el público queda entusiasmado ante el despliegue artístico). Primeramente somos llevados a la nocturnidad, al frío de la calle en que duermen los grupos marginales de aquel Barroco tan devastador. Se logra un silencio de casi un minuto que configura un amasijo de cuerpos, como una Balsa de Medusa, un escorzo antes de que la acción se ponga en marcha. Se genera un clímax idóneo y pertinente para adentrarnos en un Madrid taciturno. Que Escarramán aparezca como un muerto viviente encadenado y que después caiga en el pozo central, es un guiño humorístico; pero también una forma de engarzar con el segundo entremés, cuando cobre protagonismo. La primera parte la ocupa La guarda cuidadosa, donde Ion Iraizoz, con una intención y un tono de perdedor tozudo formidablemente ejecutado, interpreta a un soldado venido a menos y desastrado, que arrastra harapos y una faltriquera hueca; y que está empeñado en conseguir el beneplácito de la fregona Cristina; aunque también de lograr que nadie se interponga en su empresa. Apostado bajo el balcón espanta a cualquier hombre que se acerque; hasta que llega el sacristán, un Juan Paños con el punto de altivez justa, para disputarle a la moza, reproducida gustosamente por Luna Paredes, quien tiene la oportunidad de elegir. Se plantea aquí, en este revoltijo de limosneros y de artesanos que sobreviven como pueden —como el zapatero que encarna Marcos Toro— el debate entre las dos posibilidades de mejora social que parece remontarse al poema medieval de Elena y María. Aunque aquí es rápida la decisión; puesto que la época imponía una única dirección. Nos sirve esta pieza para contemplar, dentro de la suma sencillez, las peleas burlescas tan habituales del Barroco, repletas de ingenio. Cervantes consigue que cada personaje deba superar en inteligencia al anterior; se evade el puño y la espada, porque los recursos lingüísticos son infinitos y es un deleite escuchar atribuciones, dilogismos, sarcasmos y punzantes caricaturas. No nos apartamos de la atmósfera urbana, cuando nos inmiscuimos, como quien no quiere la cosa, tras un jaleo de los músicos, en el entremés titulado Rufián viudo llamado Trampagos. Debemos recordar que en origen (italiano), el término rufián se refiere a chulo, a proxeneta, y que aquí se emplea con ese significado. Nos movemos en ese contexto de callejuelas que ya probó el ilustre escritor en El rufián dichoso, que hace bien poco pudimos ver. Muy clarificador es el lamento del protagonista, al que Marcos Toro dota de irónica hondura en su comienzo: «¡Ah Pericona, Pericona mía, / Y aun de todo el concejo…». Perdida su prostituta predilecta, ha de buscar otra entre otras tres: La Repulida (Carmen Valverde), La Pizpita (Luna Paredes) y La Mostrenca (Carmen Bécares). Un panorama grotesco donde las actrices se afanan graciosa y ostentosamente para ensanchar una trama que no es tal y que parece más destinada a preparar la llegada de Escarramán. José Juan Sevilla interpreta, con verdadero apasionamiento, a este personaje inventado por Quevedo y que, recién llegado de galeras, va a extender su fama como gran rufián, danzando una jácara que terminará llevando su nombre. Cierra el montaje el discurso de Carmen Valverde que, asomada al balcón, toma prestadas las palabras de la pastora Marcela, y que sirven para desagraviar, dentro de lo posible, el mal trato moral que han recibido las mujeres de los dos entremeses, que no hacen más que reflejar los usos de aquel periodo. El epílogo, por lo tanto, suaviza —y lo hace con elegancia—, el tono que impone el hampa. En conclusión, un espectáculo realizado con primor, donde hay que aplaudir el gran trabajo de todo el equipo con el que ha contado Ernesto Arias. Desde la ambientación de Silvia de Marta, que junto a la iluminación de Carlos Díaz, nos sumerge en los requiebros y las sombras de unos tiempos de decadencia; hasta las coreografía de Javier García que aprovechan las composiciones de Eduardo Aguirre de Cárcer —con textos del propio Cervantes— y que ofrecen ese contraste magnífico con la fiesta y la alegría que da el vino. Ahora esperemos que se complete el ciclo y se lleven de igual manera a las tablas los tres entremeses que nos quedan.

Dos nuevos entremeses, «nunca representados»

Autor: Miguel de Cervantes

Dirección: Ernesto Arias

Dramaturgia: Brenda Escobedo

Reparto: Ion Iraizoz, Juan Paños, Aida Villar, Nicolás Sanz, Marcos Toro, Pablo Rodríguez, Nicolás Sanz, Luna Paredes, Carmen Bécares, José Juan Sevilla y Carmen Valverde

Coordinación artística: Rosario Ruiz Rodgers

Ambientación: Silvia de Marta

Música: Eduardo Aguirre de Cárcer

Coreografía: Javier García

Iluminación: Carlos Díaz

Maestro de voz: Vicente Fuentes

Taller de bufones: José Troncoso

Ayudante de dirección: Raquel Alarcón

Fotografía: Sergio Parra

Vídeo promocional: Paz Producciones

Una creación del Teatro de La Abadía

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 10 diciembre de 2017

Calificación: ♦♦♦♦

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