Bodas de sangre

Pablo Messiez acerca este clásico al presente para ofrecer una perspectiva más sensual y luminosa

Foto de marcosGpunto

Si las tragedias de Lorca tuvieron en su momento validez literaria y contemporánea, fue porque el poeta granadino supo traer a sus textos historias auténticas —como habían hecho Lope o Calderón—, que recordaban aquellas pulsiones de los hombres que aún conciben la justicia y el honor como valores que deben obtenerse en la lucha inmediata, salvaje, sin la mediación de estructuras políticas propias de la civilización. Acercar Bodas de sangre al presente posee unas complejidades conceptuales enormes. ¿Quién se mata hoy a navajazos porque te roban la novia en el altar? Desde luego, no los personajes que nos encontramos en escena, que ya no pueden ser individuos que viven en cuevas, que pertenecen a la España profunda, a la Andalucía anclada en un pasado tan remoto como primitivo. Hacer que en la actualidad esos tipos puedan llegar a tal determinación, implica llevarlos a un punto de excepcionalidad que sí que contiene este drama, y que sí que resulta aceptable a nuestros ojos. Es decir, la inquina familiar, el odio macerado durante los años y la excusa perfecta para que la rabia se libere sin remisión El teatro lírico de nuestro malogrado dramaturgo eleva a sus personajes a la categoría de arquetipos.En la boca de tipos del campo brota la poesía como si las palabras quisieran redefinir esas mismas coordenadas espaciotemporales, para conectarlas universalmente con la visceralidad de las gentes de cualquier parte del mundo, principalmente de aquellas que no han perdido todos sus instintos, que diría Nietzsche. Messiez ha usurpado a este Lorca, la pulsión telúrica, la brutalidad de los contendientes, la hybris sanguinolenta y hasta la oscuridad rancia de la sinrazón —hasta se podría señalar que se aproxima, en el contenido, más prosaicamente a lo que de verdad ocurrió en 1928 en Níjar; y la ha sustituido por el esteticismo propio de nuestros días —no obstante, remitido al ámbito rural—, a ese trampantojo en el que se han convertido las bodas donde todos se visten de burgueses urbanitas ajustados a la última moda. Pero ciertamente ha insuflado todo el montaje de una sensualidad que te agarra como espectador desde el principio y ahí el espectáculo está lleno de aciertos que subyugan plenamente nuestras percepciones. Ya inicialmente recurre al prólogo de Comedia sin título, con aquellas frases que el propio autor expone y que son tan significativas y necesarias para introducirnos en el acontecimiento. «Pero ver la realidad es difícil. Y enseñarla, mucho más. Es predicar en desierto. Aun así, no importa. Sobre todo a vosotros, gentes de la ciudad, que vivís en la más pobre y triste de las fantasías. Todo lo que hacéis es buscar caminos para no enterarse de nada», nos esputa Claudia Faci, deambulante y despelotada, con la persuasión de alguien que anticipa el fatum. A partir de ahí, una colección de actores y de actrices que con mayor o menor profusión aportan su quehacer positivamente para lograr un tono y un ritmo que, insisto, no posee rudeza, sino un cínico posicionamiento, propio de advenedizos que deben saber estar en sociedad. De todos los personajes, es Gloria Muñoz, la madre, la que se muestra más apegada a la tierra, al pasado, la más folclórica; también la que posee los versos más hondos: «donde tiembla enmarañada / la oscura raíz del grito». Su interpretación contiene una sequedad y una insistencia que nos conmueve en su desesperación asumida. Me ha interesado bastante el enfoque que ha tomado Francesco Carril. Ha encontrado un magnífico punto entre el hombre inmaduro y antojadizo que debe obtener su presa, y el insensato que busca su merecido. Sobre todo, es importante que haya suavizado la brusquedad lógica de Leonardo. Su mujer, Guadalupe Álvarez Luchía, no solo muestra la tristeza de alguien que se sabe no querida, sino que, además, nos canta «El pequeño vals vienés», en la versión de Leonard Cohen, con una sensibilidad aterradora. Es uno de los grandes momentos de la función. Como así también lo es el poema «Cielo vivo» (dentro de Poeta en Nueva York), otra declaración de intenciones: «Yo no podré quejarme / si no encontré lo que buscaba»; recitado con nobleza por Carmen León, quien encarna al padre de la novia, un tipo enjuto, señoril, pero con una alegría melancólica que la actriz remarca con suavidad. Después, evidentemente, está el papel de la protagonista, de esa mujer indecisa entre la fiebre o la vida hogareña y juiciosa. Carlota Garviño gana en expresividad cuando demuestra amor impetuoso. Es acompañada por Estefanía de los Santos, su criada, que, aunque no cuenta con demasiadas líneas, manifiesta un gran desenvolvimiento. Por su parte, el novio, Julián Ortega, al principio da la impresión de que es excesivamente inocentón, y hasta que alcanza su pleno poderío, se sostiene con temple.

En cierta medida, se emplean en escena varios de los recursos que el propio Lorca usaba para recodificar unos relatos que pretendían escapar del realismo, del naturalismo, para adentrarse en el expresionismo y en el simbolismo. De esta forma, Elisa Sanz desarrolla una escenografía inmejorable para este cometido. La blancura inmensa como fondo para que los actores no tengan escapatoria, ni posibilidad para el escorzo, y para que los murales, como cuadros inmensos de Rothko, desciendan para anticiparnos la noche. Luego, el bosque, con espejo lacustre resguardándolo, ofrece el gran contraste, donde transcurre el desgarro; pero también el misterio salvaje del erotismo, con aquel trío enredándose en la caricia y en la felación. Por su parte, Paloma Parra conforma una iluminación precisa, con tonalidades minimalistas y el impactante fogonazo en la oscuridad que nos ciega; aunque nos permite vislumbrar al novio henchido de furia. Lo interesante, por tanto, es que este montaje nos entrega otra visión, otro sabor, que contrasta altamente con otras versiones que se han podido contemplar no hace mucho, como aquella de Jorge Eines: 1941. Bodas de sangre. Creo realmente que Pablo Messiez sale victorioso; es cierto, que contará con la complicidad del público, que conoce la obra, y más gracias a la exitosa adaptación fílmica de Paula Ortiz. De esta forma, pequeños detalles que ponen en entredicho la verosimilitud de lo contado, me refiero al tiempo en el que todo pasa y ciertos aspectos, como por qué no se desplazan en coche («¿Mucho tiempo de viaje?», pregunta el padre. «Cuatro horas», responde la madre), cuestiones que podrían haberse subsanado tocando más el texto. No se puede negar que la función se disfruta, que es un gusto para los sentidos y que esta nueva vuelta de tuerca, nada estridente —como es habitual en otros modernizadores de clásicos—; es una oda a la sensualidad y a la sinestesia.

Bodas de sangre

Autor: Federico García Lorca

Versión y dirección: Pablo Messiez

Reparto: Guadalupe Álvarez Luchía, Pilar Bergés, Francesco Carril, Juan Ceacero, Fernando Delgado-Hierro, Claudia Faci, Carlota Gaviño, Pilar Gómez, Carmen León, Gloria Muñoz, Julián Ortega y Estefanía de los Santos

Escenografía y vestuario: Elisa Sanz

Iluminación: Paloma Parra

Espacio sonoro: Óscar G. Villegas

Ayudante de dirección: Javier L. Patiño

Diseño cartel: Javier Jaén

Fotos: marcosGpunto

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 10 de diciembre de 2017

Calificación: ♦♦♦♦

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