Fabrice Murgia dirige una propuesta excesivamente narrativa sobre el fin del sueño en la humanidad

Si aceptamos la definición del tan traído transhumanismo, como una etapa transitoria de intervenciones corporales en su sentido tanto paliativo como meliorativo, antes de alcanzar el posthumanismo; La última noche del mundo (La dernière nuit du monde), de Laurent Gaudé, propondría otro paso más hacia la superación de esos límites intocables: el sueño. Asunto de una complejidad gigantesca por lo que supone para los seres humanos (y el resto de animales) que, como ocurre en la ciencia-ficción más simplona, se resuelve con la pastillita de turno y sus inevitables efectos secundarios negados a priori. Quizás debamos pasar por alto que no se indague mucho más en lo que supondría falazmente vivir casi en un continuo (el tiempo, evidentemente, no se detiene si seguimos conscientes). Aquí se plantea dormir cuarenta y cinco minutos al día, y dejar el asunto zanjado (luego se avanza hacia los quince). Sigue leyendo
La sencillez se desenvuelve con una poética de la mirada interior, de la asunción de un tiempo y de una herida telúrica. Pablo Fidalgo acierta al concitarnos a una experiencia visualmente simple; pero con amplias reverberaciones de un símbolo que aúlla dolorosamente. Que sostengamos en nuestra retina el fulgor de la vitriólica lava que desgarra La Palma, contribuye a deambular imaginariamente por Sicilia como si camináramos por un Tártaro rugiente. Solo desde la aspereza desértica y de la insolencia del siroco adentrándose por cualquier rendija hasta colarse en la ruta de tu raciocinio, sirve para abrazar el viaje del dramaturgo. Escribir un libro, trazarlo con notas, con semblanzas, con pecios, con la retahíla de lo inapreciable, como un «libro de horas» o lo que se tercie. Se pretenden, quizás, fusionar demasiadas ideas que se esparcen líricamente en las distintas alocuciones —narraciones, a veces evocadoras, otras, sentenciosas—. 





