País Clandestino

Propuesta azarosa y deslavazada de autoficción documental sobre las biografías de cinco creadores teatrales

País Clandestino - Foto de Pablo Mekler
Foto de Pablo Mekler

Un día, allá por 2017 (o antes), a Jorge Eiro, Pedro Granato, Florencia Lindner, Lucía Miranda y Mäelle Poésy se les ocurrió que podían hacer una obra de teatro juntos. Y quizás eso fue lo único que se les ocurrió. Así que, como son dramaturgos y conocen el percal, digo yo que, con tirar de autoficción documental que es lo que se «lleva ahora»; pues estaría todo hecho. Yo creo que a los autoficcionistas habría que prohibirles ya entrar en los teatros. Y siguieron pensando, digo yo, que el asunto quedaría en sí mismo muy cosmopolita; porque uno es brasileño, otra uruguaya, otro argentino, otra francesa y otra española. Y que, si charlaban un rato entre ellos, algo que resultara espontáneo y que, incluso, pareciera actual; pues el público sentiría que estaba delante de una tertulia amable. Y que si luego hacían un mezcladito cronológico y fugaz de los hitos más relevantes de sus biografías; pues que el asunto quedaría majo. Pues que si un poco de dictadura por aquí; pero sin profundizar. Que si otro poco de guerra civil por allá; pero sin insistir. Que si unos cuantos ataques terroristas por allá; pero sin dramatizar. Que si algo de populismo ultraderechista acullá; pero sin analizar. Que si unos cuantos desaparecidos por no se sabe dónde; pero sin angustiar al personal. Pues para que parezca más entretenido, ponemos un poco de música, bailamos un poco, y contamos aventuritas sexuales de cuando éramos adolescentes y decimos unas cuantas veces «follar» con este o aquel. Luego, le mandamos leer a una espectadora una carta de la infancia por no se sabe qué, y resulta que, aunque ellos no lo sepan, quien lee es una dramaturga gallega que se oculta tras la mascarilla en la segunda fila y que ahora tiene obra en un espacio muy grande y muy importante en la capital de España. Y yo pienso que la obra ha ganado mucho, sobre todo ha ganado otro dramaturgo más y ya son seis, y lo parateatral se conjuga con lo autoficcional del momento y todo se hace más contemporáneo y moderno. Luego se despiden y se acaba la función. Hora y diez minutos. Con este montaje recorres varios países y te inmiscuyes en varios festivales. Y ya. El montaje se muestra azaroso, coyuntural, deslavazado y hasta improvisado, pero en el peor sentido de la palabra. Te pueden contar cualquier cosa, porque cualquier cosa puede formar parte de sus vidas y pueden introducirlo como lo haría cualquiera; porque parece que todo lo que ocurre sobre un escenario es teatro, de la misma forma que cualquier objeto dentro de una sala de arte es arte. Si sus vidas contienen alguna peculiaridad —y sí parece que todos han encontrado algo singular y hasta catastrófico digno de convertirse en texto dramático—, esta no se acentúa; sino que se diluye con otros motivos. Se pretende —da la impresión—, unir sensaciones y sentimientos, mismas angustias por el terror, mismas nostalgias familiares, mismas preocupaciones por los devenires políticos. Porque ni siquiera se tira de un hilo que se inicia en la primera andanada, que es la eterna comparación entre países, algo que se da siempre entre cenas con amigos de fuera. ¿Podría haber salido algo de ahí? Saldrá de nosotros si nos imaginamos una obra que no ha sido. La suma de los cincos itinerarios no produce una obra superior a las partes, porque estas son pinceladas inasumibles en un discurso trascendente. Si en el preludio se nos dispone al uso de varias lenguas, luego eso queda en un gesto sin continuidad. ¿Y qué afirmar sobre la escenografía? En una mesa tienen un ordenador portátil para que Pedro Granato se pueda conectar desde Brasil; porque las circunstancias no le han permitido viajar a España. Nada que no pueda resolver la tecnología. Aunque, este hecho —otra vez el azar—, propicia otra significancia teatral sobre lo que estamos viviendo con la pandemia. Por otra parte, se cuelgan cinco rollos de papel kraft —un claro homenaje al precariado teatral— que sirven como muro para pintarrajear su grafiti particular: silencio, utopía,… En fin, que el mecanismo dramatúrgico que establecen es decepcionante viniendo de creadores que tienen una experiencia extensa en el terreno escénico. Su País Clandestino no delimita una geografía genuina, ni siquiera líquida, a la manera de nuestras sociedades contemporáneas, simplemente dibuja algo tan insignificante como un collage cualquiera.

País Clandestino

Texto: Jorge Eiro, Pedro Granato, Florencia Lindner, Lucía Miranda y Mäelle Poésy

Dirección: Jorge Eiro y Mäelle Poésy

Reparto: Jorge Eiro, Pedro Granato, Florencia Lindner, Lucía Miranda y Mäelle Poésy

Escenografía: Agustina Filipini

Iluminación: Matías Sendón y Anna Turra

Vídeo: Marcos Medici

Fotografía: Javi Burgos, Patricia Cividanes, Pablo Mekler y Guto Muniz

Diseño de cartel: Equipo SOPA

Coproducción: País Clandestino, Festival Internacional de Buenos Aires (FIBA) e Institut Français

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 16 de mayo de 2021

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