In memoriam. La quinta del biberón

Lluís Pascual documenta en escena a esa generación perdida en la sangrienta batalla del Ebro

Foto de Ros Ribas
Foto de Ros Ribas

La historia es la que es y debemos descubrir su verdad entre las versiones, los testimonios y las trazas de lo verosímil. Tropelías del mismo calibre se podrían afirmar en el otro bando, pero nosotros asistimos a la revelación macabra de los republicanos, de aquella leva del biberón —la popularizada como Quinta del biberón—, según parece, así nombrada por Federica Montseny. A nuestros ojos actuales, una salvajada tanto la guerra civil al completo, como aquella batalla del Ebro, de la que aquí nos compete. Un enfrentamiento, desde el punto de vista militarista, seguramente inevitable; si no se sopesan la rendición y las consecuencias de esta. Difícil dilema. Un matadero durante y después. Pocas opciones para esos payeses insuflados por un patriotismo inyectado en vena fulgurantemente. En apariencia bastante mayores, diecisiete años, para lo que luego han sido los niños soldados de Sierra Leona, por ejemplo, o esos pobres pequeños que hoy se emplean para la inmolación en algunos de los conflictos bélicos que siguen humeando, pero de los que apenas tenemos acceso (hace ya demasiado que la prensa ha sido secuestrada definitivamente). La vista se nos está acostumbrando a la recreación cinematográfica. En la última película de Mel Gibson, Hasta el último hombre (2016), encontramos una buena andanada de locura para todos esos chicos que se juegan la vida en un segundo frente a unos japoneses igualmente invitados al sinsentido en la segunda guerra mundial. Poco antes, de julio a noviembre de 1938, en la frontera que marca el río Ebro, se libró la batalla más larga y cruenta de la contienda; cuando se ponía de manifiesto que la balanza se había inclinado hacía más de un año del lado nacional, del lado de ese General Franco que había decidido optar por el lento aplastamiento. Según el historiador Julián Casanova, lucharon, durante esos casi cuatro meses, 250000 hombres. «Los franquistas perdieron más de treinta mil y los republicanos el doble». Delante de nosotros, arriba en el escenario, seis tipos a punto de la transformación; entes actorales, futuros personajes, espíritus indelebles como testigos de la barbarie. La función se centra concretamente en seis tíos que impregnan toda la platea de verosimilitud. Sus biografías parten de la pura exposición de los orígenes, de cuando sorpresivamente los llamaron a filas saltándose la ley. Retazos de sus oficios, su inocencia: «Éramos como ahora los de doce, no sabíamos nada del mundo». Pronto se metamorfosean en soldados, cambian sus vestimentas urbanas y los actores se adentran en sus personajes plenamente. Todo este juego metateatral tiene una utilidad y está al servicio de la obra, contribuye a la asunción y comprensión del testimonio, del documento que se debe desentrañar. Comienza su entrenamiento sofocante y aturdidor. Correr, correr sin parar a todas horas. Y empieza, sobre todo, la instrucción, el adoctrinamiento, la inoculación del ímpetu bélico para que no duden en disparar a esos «fachas» de enfrente que son sus compatriotas. También da inicio, afortunadamente, su satisfecha camaradería, su hermanamiento. Joan Amargós, Enric Auquer, Quim Àvila, Eduardo Lloveras, Lluís Marquès y Joan Solé ofrecen una compacta actuación, una manifestación de grupo llena de entusiasmo y altas dosis de desconcierto. Hacen desembocar todo su recorrido vital en las necrológicas de aquellos malhadados; aspecto  que da buena cuenta del desgarro y la estulticia de aquel episodio. Perfectamente hubiera podido ser en catalán toda la obra y no en esa mezcla algo artificial en ciertos momentos. Si así hablaban aquellos muchachos de todos esos pueblos de donde los trajeron, con ese acento tan marcado (algo que fuerzan en escena), bien hubiera estado darle un realismo completo. Hubiera cobrado mayor simbolismo político en los tiempos de disputa que corren. Lluís Pascual ha querido cargar las tintas en esa mirada que va fraguando desde el interior, desde el verdadero acercamiento de estos chicos de hoy en día a lo que debieron pasar aquellos. Ha reducido la escenografía al mínimo y se ha apoyado en la potente ambientación musical, lo que le confiere al espectáculo un tono emotivo que nos impacta más por el sentido auditivo, tanto por lo que escuchamos de los protagonistas como por lo que oímos de los músicos que habitan la escena. Este hecho logra una síntesis fenomenal de discurso e impacto sensitivo. Refrendado, a su vez, por la imágenes en vídeo que se proyectan en la enorme pantalla y que sirven para ilustrar todo el suceso. De esta manera, todos los elementos, envueltos en una aparente austeridad, tienden hacia el punto en el que esos chavales se nos escapan. Indudablemente, In memoriam. La quinta del biberón escarba en la historia desde una posición concreta, desde un lado; algo que no nos debe llevar a olvidar que frente a estos también hubo muchachos casi tan jóvenes como ellos, y con una conciencia del acontecimiento tan endeble como la suya. Al salir, tras los merecidísimos aplausos, será imposible no arrastrar fuera del teatro los dilemas que desgraciadamente aún generan divisiones.

In memoriam. La quinta del biberón

Texto y dirección: Lluís Pascual

Cía.: La Kompanyia Lliure

Reparto: Joan Amargós, Enric Auquer, Quim Àvila, Eduardo Lloveras, Lluís Marquès y Joan Solé

Músicos:

         Violines: Oriol Algueró / Isaac Bachs / Ricart Renart

         Violonchelo: Guillermo Martínez / Joan Palet

         Clave y órgano: Dani Espasa / Marc Díaz

         Voz: Robert González

Dirección musical: Dani Espasa

Escenografía: Lluís Pascual

Iluminación: Pascal Merat

Vestuario: Alejandro Andújar

Caracterización: Eva Fernández

Sonido: Roc Mateu / Igor Pinto

Vídeo: Franc Aleu

Ayudante de dirección: Iban Beltran

Asistente de dirección: Òscar Fabrés

Ayudante de vestuario: Maria Albadalejo

Asistente de vídeo: Carles Tamayo / Enric Vilageliu

Profesor de dicción: Pere Navarro (URV)

Profesor de canto: Xavier Mestres

Diseño de cartel: ByG / Isidro Ferrer

Fotos: Ros Ribas

Producción: Teatre Lliure y Temporada Alta – Festival de Tardor de Catalunya Girona /Salt

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 12 de marzo de 2017

Calificación: ♦♦♦♦

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Escuadra hacia la muerte

La nueva incursión en la famosa pieza de Alfonso Sastre no consigue cautivar como antaño

Foto de Pedro CHamizo
Foto de Pedro CHamizo

Esta obra de Alfonso Sastre, estrenada en 1953 en este mismo Teatro María Guerrero, a pesar del éxito que ha ido cosechando históricamente, ha envejecido mal, puesto que requiere un contexto con el que dialogar que se ha perdido, aunque se mantengan ciertas pulsiones belicistas ahora reconfiguradas. La versión que presenta Paco Azorín sobre este grupo de jóvenes encerrados en un búnker (sustituye a la casa del guardabosques del original) a la espera de verse sacrificados en aras de una victoria durante la Tercera Guerra Mundial, aporta un cambio que podemos juzgar de trascendental para la interpretación del texto. Hablo del final ─no me queda más remedio que destriparlo─. Alfonso Sastre marcó que Pedro, mientras dice unas palabras, le ofrece su primer cigarrillo a Luis, el más joven e inocente de todos, y luego baja el telón. Sin embargo, Azorín ha optado por una resolución que puede tener múltiples lecturas. El caso es que nos topamos con este chaval, interpretado por Jan Cornet, con una fuerza expresiva que va de más a menos y que definitivamente remonta, se desnuda y sube esperanzado hacia las escaleras que llevan a la salida. Sigue leyendo

Los temporales

Un coach visita a los empleados de una ETT para una sesión que desencadena todo tipo de conflictos internos

Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Ya sabemos que lo último de lo último es que seas feliz en el trabajo. El nuevo mantra ha sustituido aquel otro de que el trabajo dignifica al ser humano (y el stajanovismo fortalece a la patria). Alienaciones. El mundo laboral se ha desencorsetado estéticamente para que te sientas como en casa. Se han tirado las paredes, han llegado los colorines, la música relajante (o acelerante, dado el caso), las ludotecas para mayores con piscinas de bolas, dianas con dardos, mesas de ping pong y de billar, gimnasio. La confraternización profunda con todos tus compañeros como si fuera una secta con propósitos trascendentales. Viste como quieras, todos somos hipsters. Tu jefe es tu colega. Siéntete como en casa. Quédate 14 horas seguidas, somos un equipo (somos tu familia). Cuando el estrés crece en tu interior hasta que te ves sentado frente a un siquiatra recetándote unos ansiolíticos, entonces puede que ya no haya marcha atrás, has quedado atrapado por un modo de vida similar al engranaje de una gran maquinaria. En una muestra de lo que podría ser este ambiente, nos encontramos en una empresa de trabajo temporal. Cuatro empleados reciben la visita de un joven coach, alguien avalado por las ventas de su libro-milagro, de su método de transposición de personalidades, un psicodrama en el que se intercambian los papeles y cada uno debe hacer de su compañero; un sistema, al fin y al cabo, para insuflarles altas dosis de absurda positividad, que es lo que hacen estos mercachifles que se nos cuelan por todos los lados. La cuestión es superar las crisis, fundamentalmente la de Olivia, una mujer desquiciada que ha sufrido un desvanecimiento y que parece dispuesta a tirar la toalla. Sigue leyendo

La rosa tatuada

Un Tennesse Williams menos melodramático en la versión de Carme Portacelli en el María Guerrero

Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

En el imaginario de muchos espectadores colea una adaptación cinematográfica en la que Anna Magnani completó un papel creado ex profeso para ella, donde consigue ─aparte del Óscar─ una interpretación que encajaba excelentemente con unas circunstancias históricas, sociales y una consideración de lo que implicaban los extranjeros provenientes de Sicilia a Estados Unidos. También es cierto que el film no es fiel al texto escrito por Tennessee Williams. La cuestión principal radica en: ¿cómo se puede modernizar un relato en el que las costumbres de los protagonistas nos parecen ahora fuera de todo tiempo y lugar? Carme Portaceli se ha embarcado en la difícil tarea de encajar unos modos anticuados, en una sociedad más estilizada. Si la historia de Serafina delle Rose (¿existe alguna otra obra literaria de calidad en la que se abuse tantísimo de un símbolo como en esta? Uno acaba pinchándose con esas rosas por todos los lados), una costurera, inmigrante en un pueblo cercano a Nueva Orleans, enamoradísima de su marido ─a la sazón, un camionero que transporta plátanos y mercancías de otro cariz─ que muere abrasado durante una persecución policial, nos parece increíble; no hay más que fijarse en cómo acaba con un hombre que se define en estos términos: «¡Scusami, Signora, soy nieto del tonto del pueblo de Ribera!». O sea, después de idealizar a su esposo, un hombre, por lo visto, muy atractivo, varonil e impetuoso, que la mantenía y la mantiene en perpetuo encantamiento, esta se «cura» con alguien que de tan bueno, es tonto (incluidas unas orejas de soplillo que le regala el dramaturgo). Sigue leyendo

…y la casa crecía

Una sorprendente escenografía da cobijo a una inocentona comedia que critica a los advenedizos

Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Como si las clases medias (sean lo que sean) no hubieran recibido su merecido con creces, por querer encaramarse a la clase superior con la ingenuidad de los crédulos homeopáticos, llega Jesús Campos García para aplastar a sus advenedizos protagonistas con el peso del lujo delicado. Una pareja es seleccionada para alquilar una mansión con el único inconveniente de limpiar y cuidar cada una de las piezas artísticas y decorativas que allí se encuentran. Sorpresivamente, el casón comienza a crecer al mismo ritmo que llegan nuevos artículos desde la aduana. Lo que en un principio estaba destinado al disfrute nobiliario, ahora se torna condena y enredo burocrático con absurdos tintes kafkianos. Y este planteamiento más el despliegue escenográfico son lo mejor de la función; el cómo ha trenzado el argumento, ese es otro cantar. Sigue leyendo

Los dramáticos orígenes de las galaxias espirales

La dramaturga Denise Despeyroux vuelve a mostrarnos su peculiar estilo en una trama tragicómica y familiar

Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Una de las señas de identidad del teatro que trabaja Denise Despeyroux es la presencia de personajes dedicados a los peculiares asuntos de lo paranormal. Hace muy poco lo pudimos comprobar con su obra Ternura negra y, ahora, con este nuevo texto que presenta en el Centro Dramático Nacional, Los dramáticos orígenes de las galaxias espirales, también. Generalmente, en el cine, en el teatro o en la literatura estos personajes suelen ocupar el espacio de los extravagantes que generan momentos irrisorios con toda su sarta de sortilegios; no llegan a bufones, pero, desde luego, no se les puede dar gran crédito. Sin embargo, aunque nos movemos principalmente en el ámbito de la comedia, aquí todos los individuos que se plantan sobre el escenario creen y practican estas artes esotéricas. Sigue leyendo

Cocina

Los avatares de una pareja de clase media volcada en su ascenso social mientras su intimidad fracasa

Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Resulta patético asistir a una cena de esas en las que el nivel de esnobismo y estupidez asciende en la misma medida que se ingiere alcohol y varios de los contendientes ven peligrar su victoria dialéctica. Escuchar la conversación durante un prólogo extensísimo te lleva a imaginar gestos y miradas de envidia, a generar odios y prejuicios sobre unos directivos, que no vemos, compartiendo mesa con su «querido» jefe, dueño de una editorial de renombre. La experiencia a la que nos someten el director y la autora marca un punto de distorsión dramática y una leve ansiedad por conocer verdaderamente a los invitados que, salvo ciertos gestos premonitorios que únicamente se entienden más adelante, nada nos hace sospechar que algo inverosímil vaya a ocurrir. Pero después lo que tenemos es un thriller, una revisión del Hitchcock más maquiavélico, con esas influencias de las peleas burguesas que suele plantear Yasmina Reza (como en Un dios salvaje) o filmes, sobre todo franceses, como Arcadia, de Costa-Gravas. Y, evidentemente, en Cocina tenemos a una nueva Lady Macbeth sibilina, meticulosa y con una perspicacia estomagante. Sigue leyendo

Insolación

La adaptación de la novela escrita por Emilia Pardo Bazán resulta larga y demasiado cargada hacia el romanticismo

Foto de Luis Malibrán
Foto de Luis Malibrán

Se presenta un dilema siempre que asistimos a las adaptaciones de textos literarios y más si estas pertenecen a otro género (ya lo hemos visto con Los hermanos Karamázov). ¿Debemos juzgar la función como una obra auténtica, ajena a los presupuestos del autor o, inevitablemente, debemos comparar ambos hechos artísticos? Desde mi punto de vista, Pedro Víllora tiene todo el derecho a interpretar a Emilia Pardo Bazán como quiera y Luis Luque a dirigir la versión como estime oportuno, pero el espectador que se haya acercado a la novela Insolación (aunque habría que afirmar que más que novela es un «estudio episódico» ─según comentaba la novelista) observará que el realismo intimista con recursos naturalistas que la gallega pretendió desarrollar, empleando varios narradores que juegan a recrear la conciencia de la marquesa de Andrade, se convierte en escena en romanticismo tardío y en pudoroso recato. La trama es de lo más sencilla. La susodicha, joven viuda residente en el Madrid de 1887, con ideas bastante avanzadas para la época, aunque, en el caso de la obra, destinadas únicamente a la disputa alegre en las tertulias de los salones aristocráticos, y católica de misa inapelable, se encuentra con el gaditano Diego Pacheco, un donjuán al que ha conocido la víspera en casa de la condesa de Sahagún. Ese encuentro y la posterior excursión a la pradera de san Isidro durante la romería, suponen todo un desafía moral, una experiencia erótica y, sobre todo, un conflicto interno para Asís. Lo demás consiste en resolver su comedura de cabeza y esto, sinceramente, no da para casi dos horas de duración. Sigue leyendo

Rapsodia para un hombre alto

Los tres tiros libres de un baloncestista ofrecen siete posibles desenlaces de una historia con trasfondo político

Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Uno de los elementos más interesantes dentro del arte moderno es el de la incertidumbre. A Félix Estaire le motiva tanto el concepto que mientras a pocos kilómetros de distancia alguien del público decide cuál de las parejas (estas se conforman de manera distinta cada día) es la ganadora en la versión de Danzad malditos, aquí en el María Guerrero un joven baloncestista se enfrenta a tres tiros libres decisivos para el desenlace de un partido trascendentalmente personal. ¿Cuántas canastas encestará en cada función? Siete finales son posibles y, aunque, apenas ningún espectador vaya a contemplarlos, el solo hecho de que asistamos a un momento crucial en sentido estricto, bien vale la tensión que se genera; y esto es un punto a su favor. En el primer acto se plantean todas las cuestiones acerca de las decisiones vitales, de la necesidad de tomar partido, pero todo ello de una forma conceptual y epistemológica, sin centrarse en nada concreto. Es luego, según avanza la obra, cuando se introducen contextos históricos más determinados que nos remiten a la extinta Yugoslavia, a la guerra, a la vida de jugadores como Vlade Divac y su amistad rota con Petrovic. Serbia contra Croacia. Mientras, se lanza el primer tiro (en mi caso, encestó), y la presencia del padre da pie al cuestionamiento lógico del absurdo de las fronteras, de las banderas, de la manipulación política. En una de las reflexiones el público aceptará que la referencia a Cataluña es una evidencia absoluta. Poco más se puede afirmar de la trama, puesto que únicamente la muñeca del protagonista determinará su devenir. Sigue leyendo