Insolación

La adaptación de la novela escrita por Emilia Pardo Bazán resulta larga y demasiado cargada hacia el romanticismo

Foto de Luis Malibrán
Foto de Luis Malibrán

Se presenta un dilema siempre que asistimos a las adaptaciones de textos literarios y más si estas pertenecen a otro género (ya lo hemos visto con Los hermanos Karamázov). ¿Debemos juzgar la función como una obra auténtica, ajena a los presupuestos del autor o, inevitablemente, debemos comparar ambos hechos artísticos? Desde mi punto de vista, Pedro Víllora tiene todo el derecho a interpretar a Emilia Pardo Bazán como quiera y Luis Luque a dirigir la versión como estime oportuno, pero el espectador que se haya acercado a la novela Insolación (aunque habría que afirmar que más que novela es un «estudio episódico» ─según comentaba la novelista) observará que el realismo intimista con recursos naturalistas que la gallega pretendió desarrollar, empleando varios narradores que juegan a recrear la conciencia de la marquesa de Andrade, se convierte en escena en romanticismo tardío y en pudoroso recato.

La trama es de lo más sencilla. La susodicha, joven viuda residente en el Madrid de 1887, con ideas bastante avanzadas para la época, aunque, en el caso de la obra, destinadas únicamente a la disputa alegre en las tertulias de los salones aristocráticos, y católica de misa inapelable, se encuentra con el gaditano Diego Pacheco, un donjuán al que ha conocido la víspera en casa de la condesa de Sahagún. Ese encuentro y la posterior excursión a la pradera de san Isidro durante la romería, suponen todo un desafía moral, una experiencia erótica y, sobre todo, un conflicto interno para Asís. Lo demás consiste en resolver su comedura de cabeza y esto, sinceramente, no da para casi dos horas de duración.

Lo que vemos en escena se aleja por la vía romántica (no hay más que fijarse en cómo se representa la borrachera de excitación de la marquesa, con esas lucecitas que bajan a modo de constelación de Casiopea) de lo que ocurre en el libro. La versión de Víllora suaviza el lenguaje, la profusión de regionalismos se reduce, el barroquismo de algunas expresiones se aplaca y la intensidad de las emociones tortuosas deriva en una especie de enamoramiento juvenil y alocado. Está claro que esta obra se puede representar con cuatro actores (como así ocurre), pero sería necesario insistir mucho más en la vertiente social, urbana y clasista. Falta llevar el jolgorio de la pradera a la viveza teatral. Si la Pardo Bazán dirige a sus protagonistas hasta allí es para que se codeen y se embarren con las clases populares e, incluso, con el hampa. Que Asís se atemorice con una pelea y se moleste por el agobio de las gitanas que se les acercan. El cometido de la autora es buscar el contraste, manifestar desde su ideología que esas gentes existen y que, ante ellos, la protagonista se siente distante y cohibida, aunque paradójicamente hubiera afirmado ideas políticas acerca de la igualdad. Su «insolación» es una mezcla de calor asfixiante, del vaivén de la marabunta de chulapos y chulapas, de su propia desubicación, del tintorro y, entre todo eso, del contacto carnal con un hombre que la ha subyugado. Creo que sin plasmar esa intensidad no se entiende auténticamente la esencia de la novela. Ya Émile Zola, uno de los principales maestros de Emilia Pardo Bazán, había publicado en 1875 La culpa del abate Mouret, en la que un clérigo también sufría en conciencia por su enamoramiento de una mujer y, también, desde un narrador intimista se expresaban las emociones que tal conflicto suponía para el personaje.

Tampoco creo que la escenografía, a pesar de lo sugerente que resulta, sea la más adecuada para representar los entornos del río Manzanares o las calles de Madrid, demasiado simbolista y, mucho menos, si todo se plasma como en el atardecer infernal en el desierto de Mojave. Quizás la precariedad pueda justificar estas opciones estéticas. En lo que sí sobresale la función es en la actuación de sus intérpretes, principalmente María Adánez, a pesar de que cueste imaginársela tan sensiblera en las intenciones de la novelista, agarra con soltura su papel y se mueve por el escenario con la gracia que acostumbra, aportándole, en ciertos momentos, una leve picardía. Su partenaire, José Manuel Poga, destila desparpajo; de la misma forma que Pepa Rus, sobre todo cuando hace de criada y ventera. Finalmente, Chema León, como pretendiente excesivamente precavido, aporta un toque de seriedad y de visión intelectual que encuadra muy bien la obra, tanto al principio como al final.

En definitiva, quienes hayan leído la novela se quedarán un tanto desengañados por el tono que el director le ha imprimido a la función (pensada en exceso para un amplio público), mientras que el resto se recrearán con los momentos álgidos de una historia de amor dentro de un contexto de costumbres opresivas.

Insolación

de Emilia Pardo Bazán

Dirección: Luis Luque

Versión: Pedro Víllora

Reparto: María Adánez, Chema León, José Manuel Poga y Pepa Rus

Escenografía: Monica Boromello

Iluminación: Juan Gómez-Cornejo

Vestuario: Almudena Rodríguez

Música: Luis Miguel Cobo

Coreografía: Mattia Russo

Ayudantes de dirección: Eduardo Mayo / Hugo Nieto

Diseño de cartel: Isidro Ferrer

Fotos: Luis Malibrán

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 24 de enero de 2016

Calificación: ♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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4 thoughts on “Insolación

  1. Me gusta que tengas un blog desde donde puedas hacer tus críticas y recomendaciones. No sé cuantas entradas tienes, ¡en un día! pero dice mucho que un país tenga teatro bueno, malo o rancio, como se atine criticar, eso mide el nivel intelectual, aquí en mi país los actores emigraron, algunos son más atrevidos y hacen teatro. Incluso se atreven a criticar al gobierno. Creo que se industrializaron tanto con las novelas, ustedes les llaman comedias, que cuando ya no había como hacerlas, no había recursos, optaron por hacer teatro en la Capital, me centro en lo positivo, pero es una verdad un país que no tiene cultura teatral cae en crisis como la que tenemos ahora. Así que desde mi ser positivo es bueno que un país tenga teatro así sea como sea, lo intentan, se atreven y lo hacen. Abrazos desde Venezuela.

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