El texto de Alda Lozano resulta demasiado explicativo en su intención de reflejar la trata de mujeres

La insistencia en ciertos procedimientos dramatúrgicos en nuestro presente nos deja con demasiada frecuencia proyectos insatisfactorios. El recurso narrativo como forma de avanzar y, peor, de explicar una historia, nos atenaza como espectadores. Esto ocurre con el texto de Alda Lozano. Lamentablemente, creo que es una mala obra, pues parece que no termina de cuajar. Confiemos en que algún problema que desconozco (falta de tiempo, por ejemplo) le haya impedido redondear la performance; porque no es comprensible que, en lugar de construir escenas donde los personajes crezcan y vayan matizándose, se incluyan discursos que relatan aquello que no se materializa dialécticamente sobre las tablas. Una función que debería durar más de noventa minutos se queda en apenas setenta.
La inexcusable referencia que nos viene a la cabeza es Prostitución, de Andrés Lima. Aquella propuesta de teatro-documento ya contaba con sus propias arengas; pero al menos se ejecutaba de un modo más inteligente. Aquí la dramaturga se echa encima toda clase de precauciones para que nadie se vaya sin la lección aprendida. Primeramente, poco después de que el grupo de borregos irrumpiera en un burdel llamado Utopía, la actriz nos avisa de la evidencia. Ella hará de todas esas chicas que se «hospedan» en el local. Ella, como «hembra» blanca, embutida en un mono con todas las líneas de corte. Original prenda diseñada por Anna Tusell, que lo mismo sirve para evocar un despiece animal que para señalar que sus pieles son intercambiables ─tal y como aparecen en un burro colgados al fondo─. Y ese es el asunto, que sus buenas intenciones, esa lucha particular en pos del abolicionismo y de la denuncia contra la trata de personas (y otras formas de esclavitud) no se elaboran como un drama. Igualmente, en el epílogo todo el reparto va exponiendo con poca efusión y algo de torpeza toda una serie de mensajes inapelables. Sumémosle titulares proyectados sobre pornografía y costumbres prostibularias de los consumidores patrios para que todos hagamos nuestro propio acto de contrición.
Por si esto fuera poco, los cinco tíos que muestran su euforia al llegar al club carecen de carácter. Meros estereotipos sin fundamento utilizados torticeramente para caer en el maniqueísmo más ramplón. No niego que se alejen de la realidad; pero sí que en escena constituyen un engrudo inextricable. No hay más que fijarse en el monólogo prototípico que suelta el individuo interpretado por José Juan Rodríguez sobre los supuestos servicios sociales de la prostitución. El actor le pone sutil ironía; pero son proclamas introducidas de manera incongruente en un montaje que se configura como una tragedia, casi destinada al thriller (el joven Roberto Hoyo es quien más expele su propia tensión en el desastre). Se busca en exceso la carga moralista. Luego, Rafa Núñez encarna al dueño del establecimiento, el tipo se expresa con sencillez para normalizar su actividad, como si su ingenuidad le restara responsabilidad. Por su parte, Jorge Machín se ajusta a su breve rol de hombre trajeado que necesita «desfogarse» de vez en cuando. Mientras que Txabi Pérez es quien resulta más descolocado en la disposición general.
Muy distinta es la dirección. El planteamiento de Concha Delgado y Sandra Ferrús logra que los asistentes nos veamos interpelados e involucrados en esa pulsión lúbrica y desasosegante de esa manada. La colocación de sillas diferentes, de butacas, de sillones por la escueta Sala de la Princesa nos inserta en el espectáculo de estos «machos» penetrando en los vericuetos del lupanar. Se desplazan entre nosotros con aire chulesco y animado, con excitación y desenfado. Resulta muy conveniente la escenografía de Javier Burgos, pues el sistema de paneles favorece la ocultación y el dinamismo. El horror que se nos traslada permanece apenas sugerido. Se le suman sus propias videoescenas donde alcanzamos a observar pueblos africanos, inhóspitos y subdesarrollados de donde proceden las mujeres a las que se alude. Como esas «señoritas» de las que se nos narra su desgracia. Porque esa es nuevamente la cuestión en las dramaturgias contemporáneas. La representación se anula o se sustituye por algún gesto performativo como ocurre aquí. La voz de la autora hace transcurrir el relato y el público debe poner su atención en lo que escucha. Las esperables escenas que pudieran solidificar una estructura se desvanecen. ¿Qué ha pasado? ¿Quiénes eran? Así que difícilmente puede uno hacerse cargo del tema de la trata, pues queda expuesto en noticias tantas veces repetidas en la prensa.
Texto: Alda Lozano
Dirección: Concha Delgado y Sandra Ferrús
Reparto: Roberto Hoyo, Alda Lozano, Jorge Machín, Rafa Núñez, Txabi Pérez y José Juan Rodríguez
Escenografía y videoescena: Javier Burgos
Iluminación: Paloma Parra
Vestuario: Anna Tusell
Sonido: Sandra Vicente
Coreografía: Dácil González
Coordinación de intimidad: Rebeca Medina
Asesoramiento de caracterización: Sara Álvarez
Ayudante de dirección: Teresa Rivera
Ayudante de escenografía y vestuario: Arantxa Melero
Ayudante de vídeo: Natalia Moreno
Diseño de cartel: Emilio Lorente
Fotografía y vídeo: Bárbara Sánchez Palomero
Tráiler: Macarena Díaz
Realizaciones:
Escenografía: READEST
Ambientación de vestuario: Marisa Echarri y Lola Trives
Sastrería: Gabriel Besa y Carmen 17
Alumno en prácticas con Anna Tusell: Pablo Jiménez
Producción: Centro Dramático Nacional
Teatro María Guerrero (Madrid)
Hasta el 26 de abril de 2026
Calificación: ⭐
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