Teatro del Temple se enquijota a través de una fantasía irónica y absurda con el clásico de Cervantes
El Teatro del Temple lleva unos meses en Madrid mostrando sus trabajos y evidenciando cuáles son sus concepciones estéticas. Lo hemos comprobado con Los hermanos Machado y con El Buscón, que todavía se puede disfrutar en la Fiesta Corral Cervantes. Presentan ahora Don Quijote somos todos y detectamos la misma línea intermedia entre la delectación y la didáctica. Un montaje lleno de curiosidades en relación a nuestro clásico por antonomasia; pero con el freno echado respecto de visiones políticas que se insinúan y que tienen mucho que ver con unos pensamientos actuales bastante pujantes. En este último término, la idea de la «España vacía» puesta en circulación tan exitosamente por Sergio del Molino, un autor afincado en Zaragoza (como la propia compañía), y que ahora vuelve a las andadas con su nuevo ensayo Contra la España vacía, sirve de espita para dejar que la ensoñación quijotesca surja como un hálito de esperanza ilusorio; pues, al igual que le ocurre a todos esos pobladores de las zonas más deshabitadas de nuestro país, exigir atención a su estado es como luchar contra gigantes. Sigue leyendo
Es este un montaje de largo recorrido, pues se presentó allá por el 2009, y sigue con sus andanzas como el propio personaje. Si ya de por sí cualquier obra de teatro es una permanente actualización, más lo es si está abierta a que su protagonista dé cabida a improvisaciones que dialogan con el presente. Vamos, es lo menos que se podía esperar de un tipo que se mete en la piel de un pícaro, y más que un pícaro, pues tenemos siempre en la imaginación la «inocencia» de Lázaro, y hay que reconocer que Pablos va mucho más allá. La gran virtud de esta adaptación firmada por José Luis Esteban y Ramón Barea es la «suavización» del lenguaje quevedesco. El conceptismo está, pero sin barroquizarse. Todo resulta más coloquial y cercano a nuestra habla que lo que demuestra el libro. Por supuesto que escuchamos algunas expresiones de germanías; aunque no se alcanza el enrevesamiento de las insinuaciones y de las dilogías. 
El Teatro de La Abadía ha querido cerrar su peculiar temporada con algo «fresquito» para el verano (como se suele decir). Ronejo es una obra que ha ganado, sin querer, gracias a las circunstancias; pues fue creada en 2018, pero parece que el tiempo le ha dado la razón. Si usted es un conspiranoico, claro. Aunque parece que el futuro no irá muy desencaminado, ya que el hombre más rico del planeta (o el segundo, qué más da), Elon Musk, está con Neuralink preparando el abordaje. La cuestión es que esta propuesta no es más un entretenimiento, un cómic para frikis, sin más ambiciones que jugar cómicamente con un destino, el de la humanidad, que se aproxima distópico en nuestra imaginación y que, probablemente, sea tan luminoso en el aspecto exterior como oscuro en nuestro control. Los problemas, eso sí, con los que nos topamos son, al menos, dos. A saber, que el humor no sea desbordante, cuando uno lo esperaba ansiosamente. 



Ya debemos de estar acostumbrados a que los dramaturgistas biempensantes purifiquen su conciencia atormentada de blancos (probablemente heterosexuales) y judeocristianos —aunque sea por tradición—, y occidentales; ser, además, español supone una asfixia cerebral irreparable. Yo creo que España debería desaparecer, porque no existe nación en La Tierra que haya propiciado mayor daño a lo largo de su historia. Por eso a Carlos Martínez-Abarca le ha parecido que, en Amar después de la muerte, Calderón de la Barca, a pesar de escribir desde una perspectiva favorable y conmiserativa respecto de los moriscos, necesitaba traernos la cuestión hasta el presente para unirlo con la inmigración marroquí, con la islamofobia europea y todas esas controversias que provocan tanto dolor. Aspectos que también se insertan en el epílogo, puesto que debe quedar claro que de aquellos lodos estos barros y que el islam es una religión de paz y que las costumbres de los musulmanes son tan respetables como cualquier otra.