El Buscón

José Luis Esteban se transforma en el pícaro quevedesco para embaucar al público con sus artes interpretativas

El Buscón - FotoEs este un montaje de largo recorrido, pues se presentó allá por el 2009, y sigue con sus andanzas como el propio personaje. Si ya de por sí cualquier obra de teatro es una permanente actualización, más lo es si está abierta a que su protagonista dé cabida a improvisaciones que dialogan con el presente. Vamos, es lo menos que se podía esperar de un tipo que se mete en la piel de un pícaro, y más que un pícaro, pues tenemos siempre en la imaginación la «inocencia» de Lázaro, y hay que reconocer que Pablos va mucho más allá. La gran virtud de esta adaptación firmada por José Luis Esteban y Ramón Barea es la «suavización» del lenguaje quevedesco. El conceptismo está, pero sin barroquizarse. Todo resulta más coloquial y cercano a nuestra habla que lo que demuestra el libro. Por supuesto que escuchamos algunas expresiones de germanías; aunque no se alcanza el enrevesamiento de las insinuaciones y de las dilogías. Si afinas el oído y atiendes a la gestualidad expresionista del actor, puedes atisbar metáforas bien complejas y sátiras que van de lo sexual y rufianisco, hasta el enjuiciamiento de tipos humanos revestidos de falsedad. Se logra, por tanto, en este espectáculo recoger la esencia y la intención de Quevedo, que no era otra que criticar la hipocresía de la sociedad del XVII a través de un buscavidas y exhibir la visión pesimista de la vida que cargaba encima el autor. En este sentido, José Luis Esteban se inviste de bufón y de don Juan, de titiritero y de trilero, de embaucador y de seductor; y se gana al público desde el primer minuto, departiendo con él de esto y de aquello. Sin ir más lejos, en la Fiesta Corral Cervantes, a pesar de las mascarillas que tanto impiden departir con claridad, la cercanía es máxima. Así que no podemos negar que el actor supera cualquier pega con el desparpajo de siempre, hasta el punto de ir, incluso, más allá, y modernizarse todo lo que puede sugiriendo la posibilidad de que hagamos fotos y vídeos con nuestro teléfono móvil. Este es teatro tan serio como popular, y un buen pícaro se vale de todas las artes para alcanzar la fama, que también es un objetivo a perseguir. Así que el prólogo no puede ser más cautivador. Y la misma tensión, y el tono vibrante y melodioso se mantiene durante todo el espectáculo. Podemos considerar que este se divide en dos actos. Y que, como «descanso», inserta en el medio una especie de compadreo y juego con el respetable, a modo de entremés, antes de adentrarse con el desenlace. Esa compensación tan atinada entre el relato monologado de su biografía y la participación de los espectadores (a veces la suerte propicia que algunos individuos salten al ruedo con verdaderas ansias interpretativas y eso es de agradecer para la comicidad general). En el primer acto, se ocupa Esteban de pasar revista a su familia, al padre barbero y a la madre que, en el sentido más positivo, debemos considerarla bruja (de la estirpe de Celestina). Delicioso es en Quevedo el retrato del Licenciado Cabra, y aquí resuena con florituras oratorias. Una caricatura que se suma, sin tanta complejidad, a otras descripciones. Y dentro de esa fluidez que expele sin decaimiento, la sencillez del espacio escénico, un teatrillo a la vista, con mesas y sillas, producto del cachivache, se va despojando de unas vestimentas propias de un chulo (putas) de los de ahora, para acomodarse la camisola inocentona de las de antes. De buscón a Buscón, y de episodio a episodio, rondando por España, desde Sevilla a Alcalá, y de Madrid a Sevilla. De heredero de unos cuantos ducados a tramposo con los naipes marcados. Si a la adaptación del intérprete y de Ramón Barea —quien se ocupa de la dirección, con la sabiduría de propiciar el dinamismo—, se puede poner una pega, habrá que aducir que el final es abrupto, que le falta oxígeno. Que tampoco es que don Francisco se demore demasiado con la presentación de la Grajal; pero las tablas piden una despedida de mayor empaque con un personaje que nos había tomado de la mano con tanta confianza desde el preludio. Este último punto no le quita consistencia al montaje en general, donde se demuestra, insisto, el equilibrio estructural. Consigue, desde luego, José Luis Esteban, con una interpretación espléndida, donde va atravesando con distintas voces impostadas el fresco catastrófico de aquella época de crisis perenne en la que el hambre se convierte, no solo en un efecto, sino en un símbolo. No obstante, aunque se pueden concluir diferentes visiones quevedescas de la realidad, lo cierto es que este Buscón está cargado de comicidad y entretiene a los asistentes desde el principio hasta el fin.

El Buscón

Autor: Francisco de Quevedo

Adaptación dramatúrgica: José Luis Esteban y Ramón Barea

Dirección y espacio escénico: Ramón Barea

Reparto: José Luis Esteban

Producción: María López Insausti

Iluminación: Bucho Cariñena

Vestuario: Beatriz Fernández Barahona

Producción: Teatro del Temple

Fiesta Corral Cervantes (Madrid)

Hasta el 9 de julio de 2021

Calificación: ♦♦♦

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