Don Quijote somos todos

Teatro del Temple se enquijota a través de una fantasía irónica y absurda con el clásico de Cervantes

Don Quijote somos todos - FotoEl Teatro del Temple lleva unos meses en Madrid mostrando sus trabajos y evidenciando cuáles son sus concepciones estéticas. Lo hemos comprobado con Los hermanos Machado y con El Buscón, que todavía se puede disfrutar en la Fiesta Corral Cervantes. Presentan ahora Don Quijote somos todos y detectamos la misma línea intermedia entre la delectación y la didáctica. Un montaje lleno de curiosidades en relación a nuestro clásico por antonomasia; pero con el freno echado respecto de visiones políticas que se insinúan y que tienen mucho que ver con unos pensamientos actuales bastante pujantes. En este último término, la idea de la «España vacía» puesta en circulación tan exitosamente por Sergio del Molino, un autor afincado en Zaragoza (como la propia compañía), y que ahora vuelve a las andadas con su nuevo ensayo Contra la España vacía, sirve de espita para dejar que la ensoñación quijotesca surja como un hálito de esperanza ilusorio; pues, al igual que le ocurre a todos esos pobladores de las zonas más deshabitadas de nuestro país, exigir atención a su estado es como luchar contra gigantes. O sea que Kafka también se pasea por el escenario; pero de la mano del espíritu de José Luis Cuerda. Así que a José Luis Esteban hay que agradecerle que haya escrito un texto repleto de modestia y respeto por Cervantes; pues está muy apegado a las aventuras de andar por casa, de los héroes que se saben derrotados y aun así lo intentan. La agilidad humorística e irónica en los primeros compases —el preámbulo es la escena mejor, muy bien elaborada en cuanto que da oxígeno a cada personaje, dejando que todos muestren ya virtudes y debilidades— es formidable, pues le va enhebrando a cada individuo las pinceladas de sus futuros roles. Partir del famoso lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiso acordarse don Miguel, es ya encontrarnos en una especie de coordenada espaciotemporal que solo la imaginación debe reconstruir. A no ser que pensemos en Argamasilla de Alba, o que le hagamos caso a un ingeniero que afirma tajantemente que es Villanueva de los Infantes o, si nos confiamos a una de las últimas teorías, pues habrá que pensar en Munera (Albacete). Preferible es, en este caso, mantenernos en la inopia, ya que bastantes problemas tienen los habitantes de este célebre enclave ignorado con tener de vecinos a los del Toboso, que bien que se han quedado con los famosos molinos. La llegada del alcalde, un día de esos que se convocan elecciones absurdas, porque únicamente se cuenta con un candidato y los vecinos se conocen de la cara de más, permite marcar el rumbo. Ha logrado que las autoridades competentes construyan un parador nacional para que aumente el turismo. Se lanza, entonces, una idea que deja construir una obra alternativa, pues se especula con actuar «cervantina» y «unamunianamente» como personajes «genuinos»; es decir, como los auténticos barbero, médico, Marcela, etc. Extraordinaria posibilidad que no se desarrolla tanto en esa medida como en una exploración de sus propias metamorfosis. Así que, internamente, esta propuesta, además, cumple con una de las intenciones del propio Cervantes, que sería la del escapismo que propicia la fantasía exacerbada. Ante la desidia y una vida repetitiva y sin mucho interés, por qué no jugar a ser los personajes de la novela más importante de la historia. Otro de los méritos del dramaturgo ha sido ceder a varios actores, en distintos momentos, la máscara de los máximos protagonistas. Así que tenemos varios Quijotes, desde Carlos Martín Bazán, que no solo dirige desde fuera como director, sino también desde dentro como alcalde, más luego encarnarse en el hidalgo caballero con la batería de cocina puesta al cuerpo que le ha plantado originalmente Ana San Agustín, que se encarga del vestuario. El actor aglomera retranca manchega y baturra, es decir, bonhomía y algo de tozudez, e ironía que se plasma en el vector absurdo-intelectual que va de Azcona, Berlanga y Cuerda hasta sus herederos los chanantes (el clan albaceteño con Joaquín Reyes a la cabeza). Porque pullas e indirectas se dan a diestro y siniestro, y de principio a fin en un combate dialéctico que merece escucharse. En ese plano lingüístico, José Luis Esteban no da puntada sin hilo. Al dramaturgo le podemos achacar, no me queda más remedio, que haya sido timorato en las posturas políticas (él mismo había abierto la puerta) y que se haya quedado tan solo con los capítulos más señeros de la novela (entiendo que abordar más es verdaderamente complejo). El propio autor se queda también con don Quijote y le da una redondez mayor al forzar la locura con brío hasta plantarse ciego a los lomos de Clavileño. Además, hace de cura, y con él demuestra lógica, ilógica burocrática e inteligencia de líder. Luego, Francisco Fraguas pasa de médico matasanos y pánfilo, prendado de Marcela hasta la bobería, a Crisóstomo y después a Sancho. Se muestra muy inocentón y objeto de gracias que lo anulan como galán. Hecho que aprovecha Alba Gallego, para acogerse a esa visión protofeminista con la que se ha resignificado el personaje de la pastora Marcela, y esa relación que Cervantes tuvo con el mundo femenino a través de su familia, las llamadas Cervantas. Teoría traída de los pelos, que aquí tiene más sentido porque surge del presente. La actriz está magnífica, muy suelta y poderosa; también se hace Quijote, y se muestra en todos los roles segura. Ironiza, precisamente, con el feminismo; para después aunarse al «todos somos Quijotes», con el «todas somos Quijotes». El signo de los tiempos también se engarza en esta obra; aunque sin apabullarnos teóricamente. Como grandes segundarios, Félix Martín configura un Sancho alegre y optimista; pero, además, estereotípicamente miedica. Mientras que Irene Alquezar dibuja una Dulcinea —entre otros papeles—, que va ganando presencia según avanza la obra hasta afiliarse al movimiento puesto en marcha por su compañera Marcela. Por otra parte, sí que parece que el espacio se les queda un poco reducido; Tomás Ruata ha situado una especie de torreón que vale igual como molino que como para ubicar a la cabeza parlante de la Cueva de Montesinos; mientras que, al otro lado, ha colocado la típica casa manchega, que oculta una celda. Son elementos versátiles y que favorecen la imaginación; no obstante, el elenco se ve un tanto agolpado en el centro. También, seguramente, sea una obra que gane más a la luz de los focos que a la del sol vespertino de Madrid. En cualquier caso, entre los toques musicales que aporta Gonzalo Alonso y el buen hacer general de los intérpretes, Don Quijote somos todos deja un gran sabor de boca y la idea clara de que la unión hace la fuerza, y de que para ello se debe provenir de la pulsión idealista. El público general se podrá entretener y quien quiera aceptar el reto de jugar con los paralelos literarios, podrán divertirse con satisfacción.

 

Don Quijote somos todos

Autor: José Luis Esteban

Dirección: Carlos Martín Bazán

Reparto: José Luis Esteban, Carlos Martín Bazán, Félix Martín, Irene Alquézar / Alba Gallego, Minerva Arbués, Francisco Fraguas y Gonzalo Alonso (músico en directo)

Producción: María López Insausti

Coordinación técnica: Alfonso Plou

Escenografía: Tomás Ruata

Iluminación: Tatoño Perales

Vestuario: Ana San Agustín

Fotografía: Marcos Cebrián

Equipo de producción: Pilar Mayor, Alba Moliner y Pilara Pinilla

Teatro del Temple

Fiesta Corral Cervantes (Madrid)

Hasta el 11 de julio de 2021

Calificación: ♦♦♦

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