El conflicto de pareja en el contexto del capitalismo consumista vuelve a ser el tema que exprime el dramaturgo francés Pascal Rambert a través de su genuino estilo

Pascal Rambert se repite y repite a Bergman o al Noah Baumbach de Historia de un matrimonio para volver a desenredar la ficción creada por una pareja de actores y su estertor amoroso. Digo ficción, claro, puesto que no hay más que observar una discusión de este calibre como para demostrar que uno es capaz de convencerse de que las cosas han ocurrido de cierta manera y para aseverar que desde siempre fue esto o aquello. Monólogos falaces ambos donde cada contendiente se acoge al cherry picking, es decir, a la selección de aquellos acontecimientos o comportamientos del cónyuge que justifican su tesis demoledora, obviando, por supuesto, todos esos instantes que nos llevarían a pensar lo contrario. Cada uno se ciega en lo suyo, mientras agoniza o se desespera. Sigue leyendo

Cuando Lluís Pasqual ciñó la corona a la Espert y Ricardo Iniesta hizo lo propio con Carmen Gallardo, en la versión de
Se nos presenta esta idea de Paco Mir como otra más de esas incursiones metateatrales que tanto abundan en el panorama teatral en las últimas décadas. Tanto es así, que este estilo resulta muy recurrente en las propuestas para adolescentes y en funciones escolares. Es una forma, inicialmente, de introducirlos al teatro en sí como arte ficcional con el fingimiento (o no) de la cuarta pared; y, si se quiere continuar hasta el final por esos andurriales —como ocurre en la función que nos compete—, pues como forma de captar la atención y habilitar otras derivas ficcionales que, en este caso, no son demasiado ingeniosas.
Será inevitable intuir una moral particular en el trasfondo de este montaje, si viene firmado por un jurista, nuestro actual presidente del Tribunal Constitucional, Pedro González-Trevijano. Plantea, en esta su primera obra teatral, un diálogo entre Adonay (Dios) y Belial (el Diablo), quienes se hacen compañía en el Camino de Santiago, durante el jubileo de 2020, o sea, en plena pandemia. Asunto tan imaginativo nos llevaría a inducir una disputa mucho más maniquea que la que se presenta. Aunque, según vamos avanzando en su devenir por la ciudad gallega, comprendemos —y este sería, a la postre, el auténtico fundamento y significado de esta propuesta— que ambos polos se necesitan.
Quizás, de alguna manera, sea esta una de las piezas más asequibles de María Velasco. Y es que se descubre cierta linealidad que no se abandona, aunque se trabaje oníricamente con otros tiempos. Además de que únicamente nos tengamos que centrar en su única protagonista, la Niña. Dicho esto, el gran valor estético —ya veremos si político— es el paralelo que va estableciendo con la Naturaleza (la referencia a Spinoza es directa y sirve de contrapunto al tradicionalismo católico de su familia) desde distintos puntos de vista. Una amalgama de metáforas que nos destinan a una suerte de ecofeminismo, en la alguna de esas corrientes entre utópicas, infantiles y hasta espiritualistas. Una comunión de las féminas y su poder engendrador con la dinámica divina de los ecosistemas. 
Sería bastante adecuado discriminar la sustancia filosófica que contiene esta obra de toda esa capacidad para destrozarse cada quince minutos o, incluso, descomponerse según llegamos al final. Porque Variaciones enigmáticas posee un planteamiento dialéctico, tan empleado en Francia desde el siglo XVIII, donde dos visiones aparentemente opuestas sobre el amor descubren sus propias incongruencias. Por ello, los primeros envites resultan sugerentes y te pueden llevar a la reflexión. 