El Teatro Fígaro vuelve a abrir sus puertas después de su reciente reforma para acoger la obra del juez Pedro González-Trevijano. Un diálogo respetuoso entre Adonay y Belial en pleno camino a Santiago de Compostela
Será inevitable intuir una moral particular en el trasfondo de este montaje, si viene firmado por un jurista, nuestro actual presidente del Tribunal Constitucional, Pedro González-Trevijano. Plantea, en esta su primera obra teatral, un diálogo entre Adonay (Dios) y Belial (el Diablo), quienes se hacen compañía en el Camino de Santiago, durante el jubileo de 2020, o sea, en plena pandemia. Asunto tan imaginativo nos llevaría a inducir una disputa mucho más maniquea que la que se presenta. Aunque, según vamos avanzando en su devenir por la ciudad gallega, comprendemos —y este sería, a la postre, el auténtico fundamento y significado de esta propuesta— que ambos polos se necesitan.
El bien y el mal son el complemento pertinente para no caer en el nihilismo que habría venido a sustituir al Ser Supremo (y a su contraparte), a partir del Ateísmo, el Agnosticismo, el Relativismo y la Indiferencia. Unos avatares ausentes y sin desarrollo en un epílogo, que se concreta más en un emotivo retablo viviente, al ritmo del tema «Crimen», de Gustavo Cerati.
En este sentido, pienso que el texto no termina de profundizar en temas de mayor calado que pudieran justificar el desenlace, y que sirvieran como enjuiciamiento general a la sociedad de nuestra época, como ya ocurría en algunas célebres obras barrocas de nuestras letras, verbigracia, El diablo Cojuelo, donde se conjuga la crítica social con un humor descarnado. Aquí el humor también se trabaja; pero resulta muy naíf y, en ocasiones, tan blanco como si hubiera sido pergeñado por algún guionista de la actual RTVE.
Además, es verdad que la impronta que le ha dado Gabriel Olivares a esta función, con esas ansias modernizadoras, nos deja ante escenas poco convincentes y pasadas de rosca. Véase el bailecito del elenco con el Rescue Me, de Fontella Bass, que nos lleva directamente a Sister Act (por no hablar del guiño Locomía). O dejar que los protagonistas se nos planten como unos Faemino y Cansado sin la más mínima gracia. O sea, volvemos a pensar únicamente en el entretenimiento del público. Porque se carece de un argumento que filosóficamente nos destine a una elucubración mayor. Se va directo al didactismo inicial con el repaso explicativo de algunos pensadores franceses altamente denostados, como Voltaire o Sade, interpretados por David Justel, sin posibilidad de darle fuste a esos personajes.
Por su parte, Javier Martín, como Adonay, y Abraham Arenas, como Belial, la luz y la oscuridad, se emplean con gran oficio para exprimir unos caracteres reblandecidos. El primero, con la omnipotencia a la altura de un mago amateur; y el segundo, con una maldad de chiquillo enrabietado. Sí que Arenas dispone de oportunidades para ofrecer respuestas más ingeniosas (como preguntar irónicamente si tiene fuego, antes de encenderse un cigarro) y algunas hasta brillantes, ante la pacatería lógica de su compadre. La pena es que el resto del grupo está más de acompañamiento, a veces, molesto (qué mal queda retirar el atrezo de esa manera tan evidente). Aunque sí que Raúl Peñalba, casi al final, tiene la oportunidad de resolver con soltura su arcángel san Gabriel.
Después, la factura del espectáculo es notable, gracias a la escenografía minimalista de Marta Guedán, con unas planchas metálicas móviles que dan bastante juego, y una larga mesa que desciende para que en la última cena se desarrollen las disputas musicales, como dos enfebrecidos melómanos. Luego, el vestuario orientalizante de Mario Pinilla nos deriva hacia una visión más global de la religión.
Jubileo parte de una buena idea; a pesar de ello, no acaba de entrar en los vericuetos teológicos y existenciales que tanto atañen a una sociedad tan secularizada como la nuestra.
Texto: Pedro González-Trevijano
Director: Gabriel Olivares
Reparto: Javier Martín, Abraham Arenas, Raúl Peñalba, Paola Pozzo, Jesús Redondo, Violeta del Campo y Adrián Justel
Escenografía: Marta Guedán
Iluminación: Carlos Alzueta
Vestuario: Mario Pinilla
Diseño de sonido: Ricardo Rey
Diseño vídeo: Sergio Avargues y Daniel Esteban
Director de producción: Gaspar Soria
Teatro Fígaro (Madrid)
Hasta el 17 de septiembre de 2022
Calificación: ♦♦
Texto publicado originalmente en La Lectura de El Mundo.