Rafa Castejón realiza un notable ejercicio de arqueología teatral para redescubrirnos a Francisco Arderíus en el Teatro de la Comedia

Merece la pena ─se hace así en la función que nos compete─ acudir a los orígenes del término bufo. Aprovechemos que el Diccionario Histórico de la Lengua lo recoge. En él se lee: «pieza que tiene carácter cómico o burlesco». Acepción atestiguada desde 1787. Poco nos aclara, desde luego; sin embargo, entendemos perfectamente que es un cúmulo de gestos, de desbarajustes, de carnavaladas, de barroquismos satíricos, de eso que podría ser un sainete de Ramón de la Cruz (traigamos a la memoria La comedia de maravillas), llevado hasta lo grotesco y exagerado para la época. O sea, el XIX. Sigue leyendo
La garantía que tenemos los acérrimos espectadores de Nao d´amores es que cualquier montaje ofrecerá una factura impecable; aunque el contenido no llegué a satisfacer del todo, como ocurre en este caso, con un Calderón poco sondeado y que brinda un lenguaje tímidamente más claro, menos sentencioso. El castillo de Lindabridis se debió de estrenar en torno a 1661, estaba escrita para la familia real. Es una de esas comedias novelescas que escribió el autor español. En este caso se apoyó en la obra El espejo de príncipes y caballeros, de Diego Ortúñez de Calahorra. Lo cierto es que, más allá de admirar el genio y la apostura de su heroína, poco se saca de un enredo trillado en el asunto de caballería. 
Apenas se ha representado esta tragedia histórica de Calderón de la Barca —una propuesta de la RESAD, donde participó David Boceta, y nada más que se sepa—, que la Compañía Nacional de Teatro Clásico, con esta hornada de jóvenes repescados de diferentes de distintas promociones —reconozcamos que la coyuntura hace de esta idea algo muy conveniente y con sentido—, pretende entroncar el tema romano que vertebra, de algún modo, la temporada (



