Troyanas

Carme Portaceli presenta la versión de Alberto Conejero sobre el clásico de Eurípides con una mirada a las guerras actuales

Foto de Sergio Parra

Desde luego, no es fácil conseguir que una obra como Las troyanas de Eurípides resulte atractiva. Apenas se puede considerar una tragedia, y más tendríamos que tomarla como un largo epílogo de un extenso ciclo (perdido). Digamos que Alberto Conejero ha utilizado procedimientos similares a los que empleó el dramaturgo griego. Si aquel interpretó su época, inyectada de racionalismo, en aquel siglo V de Pericles, para construir textos que se han llegado a denominar «aburguesados» y que tomaban como base tanto la sofística como la retórica; nuestro versionador, mutatis mutandis, ha hecho lo propio. Auspiciado por una corriente del feminismo que la directora Carme Portaceli abraza gustosamente y que expone en el programa de mano: «Hoy seguimos viendo cómo las mujeres son seres de segunda categoría a las que no importa excesivamente lo que les suceda: después de cada guerra, e incluso durante la guerra y sin guerra, a las mujeres se las viola reiteradamente, se les falta al respeto, se les maltrata sin ningún respeto (sic), sin ni siquiera temor a las leyes que prohíben la violencia… No pasa nada, sus problemas, sus sufrimientos siempre quedan en la cola, siempre hay problemas más importantes: los niños, el hambre, los refugiados…». Es decir, al público emeritense, y a nosotros ahora, se nos vende que unas mujeres en el marco de un mito —es decir, no solo son entes de ficción, sino que pertenecen a un mundo simbólico—, pueden compararse perfectamente con unas sirias convertidas en refugiadas o con las pobres jóvenes secuestradas por Boko Haram. Desde mi punto de vista, propuestas teatrales escoradas de esta forma les hacen un flaco favor a las mujeres que verdaderamente sufren en el planeta. Y es que la posmodernidad, entre sus pecados, ha caído en el reiterativo error de juzgar con valores que nosotros, en nuestra sociedad del bienestar occidental, consideramos incuestionables, hechos que se pierden en la historia o que directamente son inventados. Homero pergeñó unas epopeyas que tenían, ante todo, intenciones proselitistas, ya fuera en el campo religioso o el político. Eurípides quiso aprovechar la materia de Troya para «humanizar» esos personajes, alejando a los dioses hasta hacerlos casi insignificantes; porque su intención era didáctica. Conejero desmitifica el texto, lo recontextualiza con una línea anacrónica que une aquella época legendaria con el presente para reducir las ideas a una tesis única y sin matices: «Las mujeres son el botín en todas las guerras». Nada más es relevante, ni la clase social, ni si era una estructura tribal, ni si tenían esclavos, ni si poseían una educación parecida a la nuestra, ni otras cuestiones antropológicas.

Nos situamos después de la famosa guerra; la ciudad aún humea. Taltibio, un heraldo griego, interpretado por Ernesto Alterio, inicialmente con cierta hondura y luego con un patetismo que nos confunde; uno no sabe si ha envejecido de repente o es la pesadumbre que lo atormenta. Es una especie de viajero en el tiempo, conocedor de las conflagraciones actuales y de las antiguas. Es el encargado de comunicarle a las vencidas qué futuro les depara. Enseguida Hécuba, la viuda de Príamo, toma la palabra. Aitana Sánchez-Gijón recoge parte de esa fuerza que imprimió en Medea y logra los momentos más potentes y dolorosos. A ella le ha tocado ser criada de Ulises, definido como bestia, como hombre cruel e inmoral. Es cierto que la actriz es algo joven para lo que estamos acostumbrados; si nos fijamos, por ejemplo, en Katherine Hepburn en la película de Michael Cacoyannis de 1971 o Concha Velasco, en el montaje dirigido por José Carlos Plaza hace tres años. Principalmente, porque el contraste con sus hijas no es tan acusado como debiera. Llama la atención el espectro de Alba Flores con sus movimientos rituales, quien interpreta a Políxena, la hija pequeña, que «descansará» eternamente en la tumba de Aquiles. Luego, el resto del elenco me ha parecido bastante deslavazado. La Helena de Maggie Civantos resulta demasiado prosaica en sus explicaciones sobre los orígenes del enfrentamiento entre griegos y troyanos y su belleza. Miriam Iscla es una Cassandra que lanza con ímpetu verosímil sus terribles presagios. Mientras que la Andrómaca de Gabriela Flores es un personaje por definir, endeble, frente a la furia de su suegra. Algo parecido ocurre con Pepa López, quien se encarga de Briseida, un personaje que Eurípides no incluyó, pero que conocemos de la Ilíada. Por otra parte, el vestuario de Antonio Belart posee la inconveniencia de quedarse a medias entre la noche de gala para unas aristócratas y unas desgraciadas que se abrigan tras un bombardeo. En cualquier caso, un embellecimiento fuera de lugar. Por otro lado, la escenografía de Paco Azorín, si no fuera por el pegote tan evidente y molesto de esa T gigante en el medio del escenario como si fuera un anuncio luminoso, hubiera logrado un ambiente sombrío y propicio. Por supuesto, la iluminación de Pedro Yagüe es de lo que mejor funciona, desde el foco directo contra Alterio del comienzo, como las sombras que se dibujan en el espectáculo. Ciertamente, posee instantes de hermosura e intensidad; pero la función carece de movimiento y de interés suficiente, de profundidad conceptual. Cuesta tomarse en serio algunos parlamentos donde parece que se reclama la supuesta cultura y educación de unos griegos europeos. Troyanas termina por ser otro de esos productos revestidos de clásico destinados al entretenimiento «culto» de un público que va gustoso a llenar el Teatro romano de Mérida. Quizás en el Español se exija más.

Troyanas

Autor: Eurípides

Versión: Alberto Conejero

Directora: Carme Portaceli

Reparto: Ernesto Alterio, Maggie Civantos, Alba Flores, Gabriela Flores, Miriam Iscla, Pepa López y Aitana Sánchez-Gijón

Diseño de luces: Pedro Yagüe

Escenografía: Paco Azorín

Vestuario: Antonio Belart

Música y espacio sonoro: Jordi Collet

Audiovisuales: Arnau Oriol

Coreografía y movimiento escénico: Ferrán Carvajal

Diseño y fotografía de cartel: Sergio Parra

Ayudante de dirección: Judith Pujol

Con el asesoramiento de: Maragarita Borja

Una Producción de: Festival Internacional de Teatro de Mérida, Teatro Español y Rovima Producciones.

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 17 de diciembre de 2017

Calificación: ♦♦

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