Las chicas de la compañía Piel de Lava encarnan a cuatro trabajadores de una petrolera argentina para desarrollar una propuesta conmovedora y satírica

Los espectadores sabemos que esos trabajadores que se nos presentan como si fueran cromos de una colección o como estrellas de una teleserie son unas actrices que se han disfrazado de hombres. Disfraz y no caracterización perfeccionista e ultrarrealista; porque el disfraz vale para jugar irónicamente con nosotros y buscar el doblez cómico cuando el montaje va cayendo en cierto esperpento absurdo. Sus barbas y sus bigotes son carnavalescos, están perfilados, sus pelucas ni siquiera parecen de buena calidad y no digamos ya si una se saca finalmente su prótesis de pene fláccido y las observamos con piernas y axilas absolutamente depiladas —no es un fallo, desde luego, es una intención—. Ellas no se esconden totalmente detrás de sus papeles de machotes en una estación petrolera en la Patagonia y este es un choque que olvidamos en los momentos más profundos, aquellos en los que se discurre sobre sus derechos laborales o sobre las condiciones en las que trabajan. Sigue leyendo
Resulta muy desconcertante esta pieza en los inicios. Uno se siente sin asidero posible en la lentitud de esos individuos que cargan sobre sí a muñecos que visten como ellos, como un doble, como un muerto viviente y su espíritu a punto de salir hacia el cielo. No deja de ser una visión, a la postre, de unos mineros y su entorno, petrificados bajo la lápida, intoxicados, enverdecidos por el cobre que se debe extraer. Pero hasta llegar a esto, la deriva es fantasmagórica, cuasi surrealista, una ensoñación marciana de la que debemos atar cabos. Y eso el espectador lo logra justo en los últimos quince minutos, cuando el montaje cobra gran sentido y hasta grandiosidad conceptual; porque se adentra muy valiosamente en un teatro social sui géneris. 

Conviene no escuchar este monólogo con el runrún de la Ley Trans de fondo, no vaya a ser que uno llegue incluso a considerar tránsfobo al autor, al especular con este gesto tan pirandelliano como cervantino de autodeterminarse, no ya en un hombre, siendo, en apariencia, Clara Sanchis una mujer, sino en un tipo concreto, es decir, toda una usurpación de la personalidad, sin recurrir al deep face, simplemente acogiéndose al pacto mágico de la ficción. Ya digo, cuidado con los efectos performativos del transformismo y de las patologías de nuestra entidad, no vaya a ser que desviemos el tema.
Viene comandada por Carlos Sobera esta versión del clásico plautino tantas veces representado, y que tanto ha influido en las comedias de enredo. Ciertamente, se representa con esa pátina comercial —como si la propia obra no lo fuera ya suficiente—, que consiste en reducir un tanto el argumento y el número de personajes, y en dejar que la estrella televisiva se gane al público desde el primer instante con sus modos de sugestión. Tal es así, que su entrada es triunfal, cantando para autodescribirse. No solo atraviesa el pasillo principal de la platea con su gran penacho, sino que es capaz de hacer carantoñas y caricias a más de un espectador, con esa sonrisa franca que tiene aquí el destello de la fanfarronería. 

