Carlota Ferrer e Isabel Ordaz se ponen al frente de una adaptación de la tragedia euripídea con estéticas dispares

La recurrencia a esta obra es abundante. Esta adaptación se suma a otras dos que hemos podido contemplar en los últimos tiempos. Ángeles González-Sinde se apoyó en Séneca y Alberto Conejero en Eurípides. Ahora Carlota Ferrer e Isabel Ordaz se han unido o, más bien, se han juntado para lanzarnos dos perspectivas estéticas que pretenden empastarse en escena sin lograrlo. La veterana actriz encarna a la reina Hécuba. Ella se cubre con una sencilla túnica negra y adopta el rictus pertinente para que su discurso resuene tan pertinaz como doliente. Únicamente ella consigue que el espectáculo tenga un cañamazo medianamente sólido, cuando hablamos, además, de una tragedia con un esquema episódico muy palpable, pues básicamente debemos enterarnos de la suerte de cada una de esas troyanas que han sobrevivido después del desastre. Es una mujer fuerte, capaz de soportar su destino (será entregada a Ulises, que es el hombre que más repudia); pero también una ciudadana sensible que no puede tolerar la resolución que se ha tomado sobre sus dos hijas. La pobre Políxena verá reducido su cuerpo a cenizas en la tumba de Aquiles, y Ana Erdozain nos permitirá intuir tal sufrimiento con su tímida presencia. Mientras que María Vázquez ofrecerá una desafortunada actuación, cuando oímos de su boca esputarnos una mala canción de una forma muy poco convincente y con un sonido deficiente. El modo de irrumpir de la actriz, más allá de que tenga que manifestar su trastorno, porque es una sacerdotisa de Apolo, que tendrá que yacer con Agamenón, aunque jure venganza, resulta excesivamente atrabiliaria.
Cuando asistimos a proyectos comandados por Carlota Ferrer, quien interpretará a Andrómaca con suficiente genio en el claro enfrentamiento con la soberana, debemos asumir que sus concepciones performáticas pueden discurrir por vericuetos muy diversos. Aquí, distintas elecciones llevan a la inconsecuencia la estética del montaje. Como afirmaba más arriba, Ordaz cumple con su cometido y brinda una hondura que nos remite al «clásico», a la vez que el resto de elementos ansía dialogar con otros conflictos bélicos que transcurren a nuestro alrededor. Es decir, el empeño está en modernizar; sin embargo, en este caso, no se emprende de una manera total. Ya desde el inicio observamos en la pantalla unas imágenes con dos tipos trajeados que debemos suponer haciendo negocios y que desentonan. Más molesta es la tienda que ha situado la propia directora en un lateral y que disminuye la visión a algunos espectadores, además de que le resta limpieza a la función. Este aspecto se nota más con algunas de las coreografías, donde se evidencia que algunos actores no están muy duchos en la faceta del movimiento. Por otro lado, parte del elenco porta camisetas con números y la cabeza embozada para configurar una mortaja de seres anónimos después del exterminio. Es la habitual disrupción de la autora, que se añade al traje con corbata que viste Taltibio, el mensajero de los griegos que representa Cristóbal Suárez con sobriedad, no obstante, sin entablar sintonía con el resto. Igualmente le ocurre al Menelao de Carlos Beluga. El artista multidisciplinar no posee la apariencia de un guerrero, aunque, dado el planteamiento, debe darnos lo mismo. Nos cantará con gran ímpetu «A Change is Gonna Come», de Sam Cooke, tema que nos remitirá a las luchas sociales estadounidenses de los años 60. Podemos argüir que, ante todo, prima la mezcolanza sin acogerse a un significado mejor aquilatado. Todavía alcanzaremos a escuchar varios diálogos de cierta potencia cuando aparezca Mina El Hammani metiéndose en la piel de Helena. Apreciaremos una ironía paradójica en su excusación, pues ella culpa de todo a Afrodita, ya que fue ella quien la impulsó. Definitivamente, Selam Ortega, como corifea, bailará con más brillo mientras suena el «Je t’aime… moi non plus». Será una peculiar forma de trasladarnos al epílogo. Convendremos que la escena playera tiene que ver, quizás, con esa idea de convertir en un resort la franja de Gaza, una vez sean aniquilados todos sus pobladores. En los lugares donde han sucedido diferentes matanzas puede anidar el turismo más evasivo.
Puede que las representaciones en Mérida, donde se estrenó, tuvieran más atracción y las decisiones estéticas cobraran más sentido ─pudo ayudar, incluso, que Astianacte, el heredero que iba a ser sacrificado, fuera interpretado por un niño─; pero lo que vislumbramos en La Latina está lejos de confluir en una propuesta conceptualmente bien trazada.
Autor: Eurípides
Adaptación: Isabel Ordaz y Carlota Ferrer
Dirección: Carlota Ferrer
Reparto: Isabel Ordaz, Carlota Ferrer, Mina El Hammani, Cristóbal Suárez, Carlos Beluga, María Vázquez, Selam Ortega y Ana Erdozain
Ayudante de dirección: Francesc Galcerán
Diseño de escenografía y vestuario: Carlota Ferrer
Diseño de iluminación: David Picazo
Diseño de sonido: Tagore González
Diseño de videoescena: Emilio Valenzuela
Coreografía: Ana Erdozain y Carlota Ferrer
Ayudante de escenografía: Isidoro López
Dirección de producción: Eva Paniagua
Jefe de producción: Juanfran García
Distribuye: Fran Ávila
Una producción del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Producciones Come y Calla
Teatro de La Latina (Madrid)
Hasta el 28 de junio de 2026
Calificación: ⭐⭐
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