El Borbón rojo

La tercera parte de la tetralogía Todo por la Corona de Ignacio Amestoy dedicada a Juan de Borbón sube a las tablas del Círculo de Bellas Artes

Una vez que cayó el velo de la censura a conveniencia que los medios de comunicación habían asumido sobre los tejemanejes de los Borbones, hemos podido contemplar varias obras de teatro sobre nuestra insigne estirpe a través, generalmente, de la sátira. Como hizo Els Joglars con El Rey que fue o el Club Caníbal con Alfonso el Africano. Asimismo, con la parodia que montó Alberto San Juan en 2015 con El Rey. Por su parte, Ignacio Amestoy tiene escrita una tetralogía ─sería interesante observarla completa sobre las tablas─ compuesta por Violetas para un Borbón (sobre Alfonso XII), ¡Adiós, Borbón! (sobre Alfonso XIII), El Borbón rojo (sobre el Conde de Barcelona) y Un Borbón en el desierto (sobre Juan Carlos I). Y si bien ya se puede tratar sobre los soberanos ─y ya tenemos ejemplos─, tampoco es que algunos periodos auténticamente esenciales de nuestro pasado reciente se hayan abordado. Por eso mismo, esta propuesta es tan pertinente.

Como en los demás textos de la tetralogía, Francesillo de Zúñiga (1480-1532), el bufón de Carlos V, revive para establecer la liturgia de las horas que exige la vida conventual, según estableció san Benito. En el fondo se sitúan veinticuatro retratos de los reyes y de las reinas de España ─faltarían dos─ que están enterrados en la Cripta Real del Escorial (diría que habría que colocar en su lugar correspondiente a la esposa de Carlos III). Una llamativa escenografía de Tomás Muñoz, que permite aprovecharla como sacristía para que nuestro «guía espiritual» pueda ir extrayendo ropajes y utensilios de detrás de los lienzos (e incluso utilizarlos como ventanal). De esta manera, los personajes se ven arropados por la historia. Aunque a mí no me parezca buena idea emplear a un pillo para atravesar esta «larga jornada», sí que es cierto que Borja Cortés refuerza todo el ritmo del montaje con su agilidad tan verbal como física. Resulta muy apropiado en sus movimientos y Ainhoa Amestoy lo ha dirigido con gran astucia para librarnos del estatismo que impone no salirnos del cuadro. En la réplica está el auténtico protagonista, el llamado Juan III, el Conde de Barcelona, encarnado por un Ernesto Arias que resulta más creíble cuando se enfurece y manifiesta el orgullo de su formación como Teniente Honorario de la Royal Navy (con sus tatuajes en los antebrazos y el rastro de la sífilis), o cuando lucha denodadamente por recuperar el trono. Esa actitud favorece el contraste. No obstante, en otros muchos instantes, cae en la órbita cómica de su compadre, mientras camina rápidamente en el andador eléctrico (algo molesto en ocasiones) o porta vestimentas igualmente payasescas en su combinación (camiseta con la señera o boina de requeté entremezcladas con otros adminículos). El propio actor ya protagonizó uno de los principales proyectos de Amestoy, Dionisio Ridruejo. Una pasión española, representada en el Teatro Valle-Inclán en 2014, y que ofrece paralelos sugestivos para definir la época con nuestro espectáculo.

Quizás se quieran aunar dos estéticas. Podemos aceptar con más coherencia que se nos remita a Carlos I y al resto de los Habsburgo a través de un pícaro, pues literariamente hallamos motivos auriseculares; pero si hablamos de Borbones parece que la estética mejor trazada sería la valleinclanesca, a partir de la mirada de Goya. Aspectos de don Ramón se pueden también intuir, sin embargo, menos que los propiamente picarescos. No se esperpentizan tanto las escenas como ocurre en El ruedo ibérico (en breve asistiremos a Farsa y licencia de la reina castiza).  No afirmo que las concomitancias no existan, aunque quizás el dramaturgo prolongue demasiado la estela del pasado, cuando el meollo de la posguerra es suficientemente jugoso. Por otra parte, creo que es tal la profusión de datos y referencias que se conjugan con nombres que se insertan para que los oídos cultos puedan seguirlos, que se pierde la profundización sobre episodios verdaderamente trascendentales como, por ejemplo, cuando Juan Carlos mató «accidentalmente» a su hermano con un disparo ejecutado con una pistola que le había regalado Franco. Pero, sobre todo, la función nos revuelve en el caos. Se echa en falta un poco más de claridad. Las distintas estrategias, golpes de efecto e incongruencias se van espolvoreando, mientras se continúa con el vía crucis autoimpuesto de este «Job», el ejercicio físico y los chascarrillos. Es decir, el discurso se barroquiza en un recorrido biográfico que para muchos resultará inédito y útil; no obstante, evita posibles escabrosidades amatorias. El repaso por intríngulis palaciegos en el exilio, en Estoril, el Contubernio de Múnich, el encuentro con el dictador en su barco por el Cantábrico y otros tantos avatares hasta que se ve en el trance de abdicar en su hijo nos pueden dejar exhaustos. Puede que alguna pausa en algún momento determinado y una mayor hondura en las cuitas de este defenestrado provocaran una mayor atracción por el personaje: «hijo de rey, padre de rey, nunca rey».

El Borbón rojo

La larga jornada del Conde de Barcelona

Autor: Ignacio Amestoy

Dirección: Ainhoa Amestoy

Reparto: Borja Cortés y Ernesto Arias

Iluminación: Ion Aníbal

Espacio sonoro: David Velasco

Escenografía: Tomás Muñoz

Figurinista: Rosa García Andújar

Asesoría de movimiento: Mar Navarro

Dirección técnica: José Miguel Hueso

Ayudantía de dirección: Alejandro Cavadas

Ayudantía de escenografía: Vera Morcillo

Asistencia de dirección: Víctor Arlegui

Asistencia técnica: Paulina Sandoval

Distribución: Ginés Alberto Sánchez

Una producción de Círculo Bellas Artes de Madrid y Estival Producciones

Círculo de Bellas Artes (Madrid)

Hasta el 28 de junio de 2026

Calificación: ⭐⭐⭐

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