Juan Luis Iborra ofrece una adaptación vivaz de esta célebre película en el Teatro de La Latina
Después de los esperables resultados obtenidos en el Informe PISA, uno debe hacer el esfuerzo de interesarse por la educación que recibían en un colegio de élite estadounidense unos adolescentes destinados a continuar por el estrecho camino marcado por sus familias. Desde que se estrenara en 1989, El club de los poetas muertos se ha convertido en un clásico de las películas que representan la relación entre docente y pupilo. Ahora, observando la adaptación teatral, con el propio guionista, Tom Schulman, de visita en España, contemplo esta historia de un modo muy diferente. Por un lado, el discurso que desarrolla nuestro afamado maestro me resuena a las soflamas de algunos de esos coachs e influencers que aparecen por las redes. Sigue leyendo

Antes de que Horacio estableciera su sentencia docere et delectare en el siglo I a. C., Terencio había ofrecido su arte bajo estas premisas. De esta manera, en Adelphoe (Los hermanos), nos quiere proponer una cuestión y ayudarnos a dirimirla: «¿Qué influye más en la conducta de un hijo: la educación o la naturaleza?». Para dar respuesta, Chiqui Carabante maneja con su habitual dominio distintos procedimientos para la diversión y el entretenimiento. Por otra parte, la pregunta no puede ser más pertinente en nuestra contemporaneidad. Un asunto en el que están enfrascados los neurocientíficos de renombre (véase a Sapolsky y su libro Compórtate), los filósofos especializados en la identidad de género y toda la colección de psicólogos conductistas. El tema permea en debates y llega hasta la política en la aprobación de leyes harto polémicas. No tengo claro quién firma la adaptación, si el propio director o Josu Eguskiza (así se especificaba en el estreno en Mérida el año pasado); en cualquier caso, es un acierto enorme. Y eso porque se le da una pátina de color y de humor que reconocemos a la perfección. 




